Zapatos

hch-14-prioritaires HCH 14 / Enero 2017

Zapatos, por David Cerdá

«Puede saber qué clase de persona tienes enfrente con solo mirarle los zapatos».

¿Cuántas veces lo habré oído? Y no solo en el cine —sombrero ligeramente escorado, traje de dos mil pavos, sonrisa aviesa, reloj espectacular—, sino en muchas situaciones ordinarias, y de labios de gente de toda condición. La idea, manida y para algunos exhaustivamente cierta, es muy osada: conocer a una persona hasta un punto que rebase lo banal es una de las cosas más complejas que existe, y ello incluso respecto de quienes jamás mencionarías en una misma frase junto a la palabra «complejidad». En última instancia, cualquier juicio sumario y taxativo sobre la índole de una persona es falaz y ridículo. Sostener que el alma de una mujer o un hombre espejean en la superficie de su calzado, que pueden inferirse del lustre de sus zapatos, de la calidad de su cuero o la entereza de sus cordones o remaches, es una simpleza propia, precisamente, de espíritus muy simples.

Con todo, es verdad que la fascinación de los humanos por los zapatos tiene un alcance peculiar. Es, según parece, un atavismo que nos resistimos a dejar de lado; lo volví a comprobar hace poco en un curioso documental que trata esta materia. Resulta que la zapatología es prácticamente una filosofía de vida; que esta inclinación rastrera es mucho más que una variante consumista altamente adictiva. Como industria, resulta impresionante: no solo mueve cientos de miles de millones, sino que ni la crisis financiera la dejó tiritando, como a tantas otras, porque hasta quien dejó de tener dinero para vestidos, se aferró con uñas y dientes a la différence que propicia un par de zapatos adicional. Según se nos explica, de eso va el asunto, de «sentir que cada día es diferente». Calzar es, por lo tanto, otra variante de la lucha contra el tedio, la transitoriedad y la muerte, un acto metafísico; y es solo anecdótico que haga facturar cada año millones de dólares a la zapatería neoyorkina promedio. La mujer norteamericana hace anualmente unas siete u ocho de estas incursiones trascendentes.

La capacidad que el calzado tiene para reconfigurar vidas no es comparable con la del resto de prendas de vestir. Como señala una de las interpeladas del citado documental «los zapatos son un accesorio que puede cambiar tu estado de ánimo. El resto de accesorios no tiene ese poder». La cosa funciona así: a cada par que una se pone, muta la personalidad. «Es como si interpretara un personaje distinto», aduce otra; la ligazón entre zapato y sentimientos está por lo visto atestiguada, y es poderosa. Como el premio es grande, la competencia puede devenir un engorro: en Central Park, y también en Europa, se organizan carreras de zapatos de tacón con diversos fines, carreras de relevos en las que algunas féminas se emplean a conciencia, sufriendo incluso, era de prever, aparatosas caídas y esguinces varios.

La tontería zapatera no es en modo alguno un asunto femenino; el gran propalador del fetichismo de los pies es el varón. El tacón de aguja, nos cuentan, «pide sexo a gritos», y no solo eso, sino que además «imita la forma del pie durante el orgasmo» (hay gente, según parece, que se fija en la curvatura del pie ajeno en dicho trance). Los psicoanalistas se frotan las manos con estas cosas: como a algunos no les sobra sutileza, ahí que se ofrecen para contarnos que el pie remite al pene, y el zapato a la vulva (está por descubrir la trivialidad humana que no sea reconducible a este esquema por un sagaz psicoanalista). De modo que, nos cuenta una estríper, el «pie es la puerta de entrada a la vagina de una mujer». De ahí a los Fuck-me shoes, que no son una balandronada que se haya inventado servidor sino una cosa existente, hay solo un paso.

Este mundo del calzado sugerente y transformante es en realidad de lo más rancio. El juego de la seducción fetichista es más viejo que la tos, aunque ahora quieran elevárnoslo, mucha pretensión mediante («los zapatos son arquitectura»), a otra dimensión. La reactualización del mito proviene del final de la segunda guerra mundial, cuando la mujer ha de dejar la fábrica y volver a casa, cediendo su puesto al sobreviviente soldado —«muchas gracias, ya la avisaremos la próxima vez que nos dé por matarnos—, y ponerse otra vez muy mona, ser una princesa, una Cenicienta, o una Pretty Woman, a escoger. Por eso los tacones altos, según relatan, no son para el trabajo, por «lo mucho que incitan»; y porque lanzan un inconfundible mensaje de que la mujer «vuelve a ser una damisela en apuros». Ya ven que el deleznable paradigma de la mujer santa o puta nos acecha una y otra vez.

Naturalmente, concluye el docudrama, «los zapatos dicen quién eres». Vaya por Dios. Se me ocurre, con todo, que hay una mejor manera, siquiera más fatigosa, de saber quién tenemos enfrente: conversar con dicha persona. De paso, porque además hace falta para que un diálogo no sea un simulacro lastimoso, podríamos pensar un poco más en y con quien tenemos enfrente, y mirarlo o mirarla menos, y más arriba, por ejemplo, a la altura de los ojos. Las miradas no se compran, y pensar duele más que calzar unos stilettos; pero se trata de un medio incomparablemente más certero, cuando de indagar la naturaleza humana se trata.

david-cerda-y-daniel David Cerdá, Sevilla, 18 de julio de 2016

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