Oda al garabateador de biblioteca pública

 HCH 6 / Septiembre 2015

Oda al garabateador de biblioteca pública, por David Cerdá

¡Por fin querido, o querida! Cuánto tiempo deseando dedicarte unas líneas. Tantas veces me topé con tus obras, con tus sagaces incursiones en las letras —aquí, con tus sesudas aportaciones de fondo; allá, con tus fascinantes correcciones idiomáticas—, que no veía el momento de ensalzar tu nombre a los cuatro vientos. Tú, que con tanta modestia, oculto bajo el sagrado manto del anonimato, y con una persistencia brillante, propia de otros tiempos, has dedicado todos estos años a corregir, o mejor, a culminar las novelas y ensayos que caían en tus manos, bien merecías tu propio reconocimiento público. No dudo que has desarrollado tu concienzuda labor con una modestia indecible, bien alejado de la tentación de hacerte notar; no por espurrear cuanto cruzaba tu hermosa testa, no, sino por compartir, siempre compartir. Pero ya es tiempo de que alguien cante tus gestas. Sirvan estas pocas, insuficientes líneas, para tal fin.

¿Qué hubiera sido, es solo un ejemplo, de los cuentos de John Cheever, si se hubiese permitido que su desmañado traductor nos espetase un «rugby» donde debía ir justamente un «fútbol»? Y ¿qué decir de esas inteligentísimas acotaciones que haces a Derrida, a Foucault o a Comte-Sponville (como te gustan los franceses, rey, reina), o las imprescindibles notas de actualidad que adjuntas a las (gastadas) crónicas de los clásicos? Uno navega, desaprensivo que es uno, por páginas plagadas de inexactitudes y pensamientos bastos, pero ahí estás tú, para enmendarle la plana al filósofo o historiador de turno, con tu sutil pluma: « ¡claro que Dios existe, merluzo!», sugieres; «este autor no tiene ni pajolera idea de política», apuntas; «date una vuelta y toma el aire, Voltaire», donoso sentencias.

He notado con creciente curiosidad que te gustan más los clásicos que los bestsellers, que a veces dejas impolutos. Se ve que no te entretienes en menudencias; los seres más nobles sois así. Pero has de saber que, privándonos en estos casos de tus agudas enmiendas, nos dejas huérfanos por lo que respecta a algunos (no muchos, es verdad) autores. Carezco de autoridad moral para pedirte un sobresfuerzo; plantéate si acaso todo el dolor que estas puntuales ausencias tuyas están generando.

El do de pecho lo das en la ortografía. He contabilizado no menos de seiscientas veces en las que corregiste «cifra» con el adecuado «número», y por lo menos mil doscientas en las que tachaste «década» para situar el apropiado «decenio». ¿Qué te pasa con estas dos palabras, corazón mío? ¿Pero tú has escuchado una tertulia televisiva o te has sumergido en un internáutico foro al azar en los últimos días? Te sorprendería el nivel de la tropa, y por tanto, cuán sutil y encantador resulta que estos detalles sean los que a ti te conmuevan. Como escritor, qué decirte: de ningún modo podría ya yo cometer tales faltas. Mil ochocientas veces, qué entrega la tuya, grabaste a fuego la palabra correcta en mis propias páginas.

Todas estas cosas, mezquinamente, como hacemos el resto de los mortales, te las podrías haber guardado para ti. Pero no quiso tu generosidad; te tomaste la molestia de hacernos partícipes de lo que te soliviantaba. Y no entre tu círculo inmediato, o de viva voz, sino ahí, en el mismo sitio en el que el esforzado escritor las ha producido, al mismo nivel que él, para que no pueda contar con una ventaja frente a tu sabiduría, que es la acertada.

Y has resultado ser prolífico o prolífica, alma mía. No hay manera de sacar un texto que no lleve tu sombra. Los que somos ratones de biblioteca pública sabemos que sin importar la sección o procedencia del autor, daremos casi siempre con tu compañía. A quienes amamos los libros pero no podemos comprar todos los que leemos sino a riesgo de quiebra financiera y asfixia física, nos consta que te tendremos, servicial e ineludible, leyendo por encima de nuestros hombros. ¡Cuántas veces me sonreí, reconfortado, cuando te tuve a mi lado aquella noche cerrada que creía leer en una soledad perfecta! ¿De cuántas inexactitudes y errores de juicio me habrás librado?

Ves que me refiero a ti en singular, cuando a lo mejor sois varios. Cristalizo así, diría Stendhal, en tu sola persona, todos los bellos atributos que supongo a los garabateadores públicos. Tanto genio, me digo, sería sublime si perteneciese a uno solo. Llámame romántico, si quieres: te imagino recorriendo todas las bibliotecas públicas de la ciudad, trazando un plan de corrección por etapas, desfaciendo entuertos con una cadencia esforzada, minuciosa. No, ha de tratarse de una misma persona; o esa es la vía que escojo para concentrar mi agradecimiento. En verdad me estremezco al pensar que podríais ser muchos, una especie de hermandad secreta quizá; una suerte de masonería lingüístico-literaria del siglo XXI. Si es así, a lo mejor hay un hilo de esperanza para la especie, con tal de que extendáis vuestras sublimes acciones a otros campos anexos: el desarme planetario, el cambio climático, la paz mundial. Fruslerías así.

Dije que sería una loa breve y cumplo mi palabra. Una última cosa, querido, querida, antes de apagar las luces. Que no te pille yo en persona embadurnando con tu lúcida tinta otro libro público. Es tal mi devoción hacia tu persona, tanto lo que he esperado para inundarte con mi agradecimiento, que no sé, no respondo, ignoro por dónde podría salirme toda la adoración que en silencio acumulé durante todos estos años.

Podría comerte a besos, ¿sabes?

david-cerda-y-daniel David Cerdá, Sevilla, 28 de julio de 2015

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