La libertad del artista

HCH-11-CAFE-DES-PHILOSOPHES-AIX HCH 11 / Julio 2016

La libertad del artista, por Juan Antonio Negrete Alcudia

Los expertos en estética, o en esta o aquella área de la estética, se preguntan qué tiene que tener algo para ser bello. Creen, en general, que hay buenos y malos artistas, personas más capaces que otras de descubrir y recrear lo bello. Pero ¿en qué sentido puede explicarse lo estético? ¿Qué es lo Bello? Esta es la cuestión más fundamental de la estética, o sea, de la Filosofía de lo Bello. Sin embargo, ahora me gustaría tratar un asunto preliminar a ese, y que puede ayudarnos a evitar ciertas confusiones: ¿puede la Belleza (y el Arte como dedicado a ella) ser “reducida” a otra cosa (a la Utilidad, al Bien, a la Verdad…), o es autónoma y tiene sus propias leyes, irreducibles a, e inexplicables en términos de, otro ámbito de nociones?

Parece que cuando nos preguntamos en qué consiste lo bello estamos intentando explicarlo a partir de otra cosa, reducirlo. Pero, en un sentido muy esencial (exactamente el punto de vista del artista), es posible y más que apropiado decir: “lo bello es lo bello; punto”. ¿Ganarían algo los artistas sabiendo que aquellas cosas que solemos considerar bellas resultan ser muy adaptativas biológicamente, o muy “verdaderas” (muy heurísticas para buscar la verdad, como han creído tantos científicos –“esta teoría es demasiado fea como para que sea buena teoría”–), o muy enaltecedoras del ansia de Justicia? No ganarían nada. De ciertas cosas se predican propiedades estéticas, y, en un sentido fundamental, estas propiedades son irreducibles: si las reducimos, nos cargamos la estética.

Igual que es una falacia en el ámbito de la moral decir “esto es adaptativo, por tanto es bueno” (pues ya se presupone ahí que, con carácter a priori y normativo, es bueno sobrevivir) o “esto es adaptativo, luego es verdadero” (pues ya se presupone ahí que necesariamente la verdad es útil), es una falacia decir “esto es adaptativo, luego tiene que ser bello”, o “esto es heurísticamente rentable, luego tiene que ser bello”. Ello no impide que, en verdad, todo lo bello sea adaptativo y heurístico. Pero no es un criterio que el artista, en cuanto artista, pueda utilizar, ni es un ingrediente que aumentará el disfrute estético de la obra. En esto consiste la autonomía del artista, de la actividad estética: tiene sus propios criterios.

Por tanto, en un cierto sentido, lo bello es lo bello, y es autónomo. Pero, por otro lado, esto no impide que se pueda y deba relacionar lo bello con otras cosas: con lo bueno (y útil), y con lo verdadero. Esto es lo que quería significar la tradicional teoría de las propiedades trascendentales del ser (“trascendental” no en el uso kantiano, sino significando que se trata de algo tras-categorial, que inunda todas las categorías del ser y de la realidad). Lo bello se “convierte” con (se solapa completamente, o, por usar un término más de moda, “superviene” a) lo bueno y lo verdadero, aunque lo bello es lo bello, y no se reduce a lo verdadero ni a lo bueno. De la misma manera que lo bueno, aunque fuese cierto que se convierte con (o superviene a) lo verdadero-ideal (es decir, que lo bueno se corresponde con las propiedades formales esenciales de un ser, con su entelequia), lo bueno es lo bueno, un ámbito relativamente irreducible a lo real.

Ahora bien, precisamente en estas irreducibilidades se asienta, erróneamente, todo antirrealismo moral o estético, todo subjetivismo y relativismo. Es fundamental aclarar este malentendido. El razonamiento antirrealista es algo como esto: puesto que no hay una conexión analítica (tautológica, no negable sin contradicción) entre lo bello y lo bueno, o entre lo bueno y lo esencial, o entre lo bello y lo esencial, entonces lo bello (y lo bueno, en su caso) pueden desconectarse de lo esencial.

Esto es un error, por una importante razón (entre otras). ¿Cuán interesante es la distinción entre lo analítico (tautológico) y lo sintético? Y ¿qué relación tiene eso con lo necesario o contingente? Desde la antigua dialéctica de los griegos se sabe (y ha sido recuperado por Frege y luego por Wittgenstein) que la única verdadera tautología, si acaso, es a = a. Ni siquiera una mínima ecuación informativa de la más formal de las ciencias (como a = b.c) se salva del hecho de que los dos lados de la ecuación son diferentes, lo que obliga a distinguir entre Referencia y Sentido, Extensión e Intensión, etc. No hay, en realidad, puras tautologías (recuérdese la paradoja de “lo que la tortuga le dijo a Aquiles”, de Carroll: la propia deducción que en cada momento se lleva a cabo depende de que, intuitivamente, aceptemos su validez). Pero, como vio Kant, esto no es lo mismo que la distinción entre Necesario y Contingente, o que Universal y Particular. Es una mera falacia decir que todo lo que no es tautológico puro es puramente “hipotético”, es decir, contingente. Necesario es todo aquello que no puedo concebir de otra forma, ya sea de manera directa (por ejemplo, las nociones axiomáticas, de las que no se puede dar una demostración pero no se puede ponerlas en duda) ya sea que está necesariamente implicado en cualquier cosa que uno cree como indudable (los auténticos “postulados”). Por ejemplo, un físico no puede demostrar (el postulado o axioma de) la regularidad de la naturaleza, o la conservación de la energía, pero es una premisa (implícita) en cualquiera de sus conclusiones. Un científico, del tipo que sea, no puede dudar del método científico, porque lo presupondría para ponerlo en cuestión.

Por más que no sea una mera tautología (insisto, en el caso de que exista algo así) que, por ejemplo, “lo que podemos comprobar empíricamente, es conocimiento válido”, por más que el escéptico pudiera decir siempre: “en todo caso, no hay necesidad lógica de creer que lo que me represento es cierto”, el científico tiene que presuponer la necesidad de ese axioma o postulado. Esto, que vale en el ámbito teórico, vale igual en todo ámbito normativo, aunque el absurdo del intento de poner en duda los principios no sea tan directo en la moral y la estética como lo es en el ámbito teorético. Por tanto, la (relativa) autonomía de lo estético no apoya lo más mínimo el subjetivismo o el relativismo, o siquiera el contingentismo estético.

***

Hay dos aspectos en que lo Bello, en su aspecto normativo (la normatividad estética, la Kalética Trascendental, digamos), es independiente y autónomo:

I) Es independiente, primero, de otras normatividades, como la ética o la teorética. Aunque pueda demostrarse la convertibilidad necesaria y hasta la dependencia de lo estético respecto de, por ejemplo, lo ético, la normatividad estética es autónoma para todo (y solo) lo estético. El artista no tiene por qué “saber” (consciente y reflexivamente) nada de lo moral o científicamente útil que resulta su arte.

II) Es independiente, segundo, respecto de los fenómenos estéticos. De la misma manera que ninguna teoría científica concreta puede falsar los criterios epistemológicos, porque son estos los que determinan a priori qué es ciencia y qué no lo es, y tal como ninguna legislación establecida pone en cuestión la ley natural y a priori con la que somos capaces de juzgar lo correcto o incorrecto de todas las leyes establecidas, así ningún juicio estético particular, sea privado o colectivo, ni ninguna costumbre, moda o tendencia, puede reducir o poner en cuestión los criterios estéticos, la estética trascendental. Cuando uno emite un juicio estético (“esto es bello”, “esto es feo”) está implícitamente implicando que hay criterios no dependientes de sujetos privados. Tan absurdo como decir “Dos más dos son cuatro, aunque no hay nada más verdadero que falso” lo es decir “El Partenón es bello, aunque no hay nada objetivamente más bello que nada”.

2016 137 Juan Antonio Negrete, Sax (Alicante), 2012–2016

Advertisements