Prostitución: llamemos a las cosas por su nombre

hch-15-cervantes HCH 15 / Marzo 2017

Prostitución: llamemos a las cosas por su nombre, por Cruz Leal Rodríguez

A pesar de la fidedigna referencia inicial a la actividad de la prostitución y sus calamitosas condiciones y consecuencias con las que el profesor Víctor Bermúdez introduce su artículo “El tabú de la prostitución“, no tiene empacho en acabar el mismo proclamando que la prostitución es el oficio más antiguo del mundo. Esta es una de las falacias repetida durante siglos hasta el hartazgo, sin atender a los efectos de dicha sentencia en la pervivencia y legitimación de la actividad. Proclamar la antigüedad como descarga y aceptación deriva en la naturalización de la actividad, y lo natural se rige por leyes biológicas incuestionables. Por ejemplo, es natural a nuestra condición morir algún día: envejecer y morir son los únicos argumentos de la obra, como decía el poeta. Afirmar que la prostitución siempre estuvo ahí, además de falso, alimenta la dificultad de su erradicación, la naturaliza como algo inevitable. Contraponerlo al habitual recurso interrogativo del «¿qué se puede hacer?» es un recurso buenista y justificativo de lo que nunca se ha hecho y ni tan siquiera hay intención.

 

Si somos displicentes con la verdad es porque lo evidente y manifiesto nos ofenden. Que cientos de millones de mujeres no deseamos prostituirnos, pese a la pobreza o la desigualdad, es obvio. Pero nuestra palabra no vale nada y tienen que convencernos de que prostituirse es una excelente opción. Lo que ofende es nuestra tozudez.

Cuando la comprensión de los sucesos nos desasosiega tanto por su complejidad y magnitud, preferimos negarlos. Un fenómeno que afecta a millones de mujeres en todo el planeta, sobre el que hay suficiente bibliografía y documentación para ser abordado, es apartado sistemáticamente de la agenda política. Aun cuando sus vinculaciones con el crimen organizado están suficientemente probadas y se conocen sus indeseables consecuencias, siguen sin destinarse recursos y sin implementarse políticas, se despacha a la ligera como un asunto que afecta a las mujeres y se cede a la presión de los lobbies de proxenetas y traficantes intentando que la legislación se adapte a sus intereses.

Hablamos de corrupción y nos centramos en los corrompidos, los corruptores, su organización y sus tramas. Hablamos del comercio de estupefacientes o de armas y lo hacemos al mismo tiempo sobre el crimen organizado. Hablamos de prostitución y, en cambio, nos centramos en exclusiva en la elección de las mujeres ¿dónde están los análisis sobre las redes del tráfico y de explotación? ¿Por qué no se carga el discurso sobre el proxeneta, por qué no se habla de su voluntad criminal, de sus sistemas de captación, de despersonalización, de venta de lo que para él es simple mercancía? ¿Por qué no hablamos de sus negocios e inmensos beneficios, o de las consecuencias en términos de costes sociales, del aumento de la criminalidad o de su vinculación con la violencia de género? Un proxeneta no es un tipo delincuencial cualquiera: en su ejercicio también puede hablarse de oficio. Los proxenetas están organizados, son profesionales del crimen, saben captar niñas y mujeres en situación de vulnerabilidad, conocen la psicología y necesidad de sus víctimas y también las estructuras del poder, conocen los mecanismos para romper voluntades y subyugar, saben crear las situaciones adecuadas para que las mujeres lleguen a pensar que estar en sus manos es lo mejor que les puede suceder en su vida.

¿Por qué no se habla ni se insiste en los puteros? Ahora que esta crisis nos ha inculcado unas nociones elementales de economía, resulta que el sagrado dogma de la demanda como generadora de consumo sirve para cualquier mercado menos para el de los cuerpos. Existe la prostitución porque hay hombres que son consumidores de la misma. Existe trata porque no hay suficientes mujeres dispuestas a prostituirse y las más vulnerables son arrancadas de su territorio, una vez despersonalizadas y sin redes de apoyo. Son solo cuerpos humillados y maltratados para el mejor postor. Una vez rotas, son abandonadas a su suerte.

Cuando la injusticia y la crudeza de la realidad dañan más nuestro narcisismo que motivarnos a la acción, y la impotencia y la frustración hieren más nuestra untuosa sensibilidad que provocar la más elemental empatía, hay quienes prefieren agarrarse a la fantasía de la postverdad y toda su imaginería (imposición de la mentira, con su desfachatez del -atrévete a desmontarla, total, tengo otra-). Y otros, influenciados por su formación, se agarran a la sofística y, dentro de ésta, a la herramienta de la retórica. También cabe la posibilidad de que sea simple desconocimiento del tema; en este caso hay que preguntarse por el empeño de algunas personas en generar opinión aun a expensas de la simple desinformación.

La afirmación de la prostitución como oficio atávico, sin base probatoria alguna, contribuye a su naturalización como algo tan anclado en nuestro acontecer histórico, tan irrenunciable e imbricado en nuestra propia socialización y evolución humana que califica cualquier intento de erradicación de la misma de acto ilusorio. Desde este posicionamiento se abandona la vía de comprensión del fenómeno. Entender no es comprender.

Desde las ciencias sociales para entender cualquier fenómeno acudimos al análisis sistémico del mismo; definimos los diferentes actores y sus relaciones e intereses, sus búsquedas y significados, y sabemos de antemano que una variación en uno de los elementos que lo componen afecta a todo el sistema. Si lo que queremos es comprender tenemos que acudir a los significados profundos y simbólicos, a la empatía, y al final calzarnos los zapatos del otro. Solo así llegaremos al punto más cercano del sentimiento y la comprensión compartidas.

La prostitución tiene historia y contextos; no ha existido siempre. No es algo consustancial a cualquier cultura. Siempre ha estado regulada y cumple una función social. En el momento actual fortalece la estructura patriarcal y sostiene la desigualdad otorgando a los hombres un plus de masculinidad y de poder sobre las mujeres. La prostitución no siempre ha tenido unas connotaciones peyorativas, su significación no siempre fue la misma. Y en algún momento, en nuestro entorno europeo, estuvo a punto de desaparecer. El análisis histórico es tan imprescindible para su comprensión como el hecho de abordar el aquí y ahora. Dado que es imposible desarrollarlo en un artículo, creo necesario enmarcar el momento. La prostitución actual se estructura en la complementariedad de países pobres abastecedores de cuerpos y países ricos consumidores. Las multinacionales del sexo tejen sus redes con el crimen organizado, se expanden por las vías abiertas de la globalización, y mueven cantidades incalculables de dinero. A partes iguales conviven un sistema capitalista depredador sustentado en una cultura del consumo, fijado a su vez sobre uno de los sistemas sociales de explotación más antiguos: el patriarcado. Y, por último, el apoyo conceptual se disfraza de transgresor sobre un pensamiento lábil y emotivo, sustentado en exclusiva sobre el propio deseo y los derechos, al margen de los deberes y el compromiso social, con el yo-individual-protagonista en exclusiva amparado en el mito de la libre elección y la total autonomía frente a cualquier construcción social o comunitaria. Todo este entramado se sirve del total descrédito de la ética política y del rechazo de la ética sexual como modo de interrelación y descubrimiento de la alteridad, hecho que ha sido aprovechado por el patriarcado para imponer su propia construcción del deseo masculino frente a los logros del feminismo en la construcción de unas relaciones de alteridad cargadas de valor social. En una aproximación al fenómeno, Celia Amorós advierte: es como la cabeza de la Medusa, cuando cortamos una cabeza, surge otra peor que la anterior.

En su artículo, Víctor Bermúdez abre un interrogante sobre la posibilidad de legalización de la prostitución y si este hecho introduciría mejoras en la seguridad y protección de las mujeres en condición de prostitución. Hay una realidad incuestionable que habla por sí sola a todo aquel que no tenga intereses en negarla. En aquellos países en los cuales la prostitución se ha legalizado la actividad no ha disminuido, sino todo lo contrario: ha aumentado la trata y la criminalidad en torno a la actividad, ha crecido el turismo sexual y la demanda de menores y niñas (lo que Richard Poulin denomina pedofilización de la trata). Como él mismo señala, en aquellos países que se ha legalizado, el Estado es ninguneado por una organización criminal cada vez más fuerte. ¿Por qué ha de extrañarnos este hecho cuando es justamente lo sucedido con los cárteles de la droga en diversos países latinoamericanos, en los cuales enfrentarse con la criminalidad es casi imposible dado que sus recursos económicos son superiores al PIB y se configuran como organización paraestatal absolutamente corrompida? ¿Por qué queremos pensar que una vez legalizada la prostitución, los proxenetas que hasta el momento eran delincuentes, traficantes, mafiosos, criminales, no mantendrán un comportamiento idéntico y no aprovecharán los resortes de un sistema capitalista depredador para mantener sus millonarios beneficios? ¿Por qué queremos creer que serán diferentes en su comportamiento al de otros empresarios, que no intentarán eliminar la competencia convirtiéndose en una gran multinacional del sexo a la que será imposible poner freno o no intentarán coludir para fijar precios en contra de los intereses de sus trabajadoras o simplemente eludirán sus responsabilidades sociales con el fisco? Ignoro qué nos hace pensar que un proxeneta criminal se va a convertir en un empresario modélico y que si demanda la legalización de su negocio es por la preocupación por las condiciones de sus explotadas, cuando el resto de empresarios está por la desregulación y la desprotección de los trabajadores. Una acusación recurrente de las mujeres en situación de prostitución en los países reguladores es que los únicos beneficiados has sido los dueños de los burdeles y la situación de las mujeres no ha mejorado. Hay quien gusta de apostar por un crecimiento de la autonomía de las mujeres y una posibilidad de autogestión colaborativa de su trabajo; cabe preguntarse qué es lo que impide que no hayan crecido por doquier cooperativas de mujeres en situación de prostitución en estos momentos; y creo que la respuesta confirma que la mayoría son obligadas a prostituirse y que aquellas que tienen independencia ya tienen un planteamiento de autónomas.

Los argumentos para la no legalización son interminables y a ellos se suma la necesidad de hacer políticas de prevención, de protección de las mujeres y de políticas paliativas para las que deseen abandonar la actividad o sean supervivientes a la misma. Y es imprescindible destinar recursos, algo que nunca se ha hecho o (o se ha hecho insuficientemente) para la erradicación y la persecución de la trata. La clave de la intervención está en la implementación de políticas, en la dotación de recursos profesionales y económicos y en la revisión metodológica de la intervención con la implicación de las mujeres afectadas, pero lógicamente no de los proxenetas. También es imprescindible aceptar que la realidad no se cambia a golpe de deseo y presupuestos; su transformación es un continuo y requiere tiempo e implicación de toda la sociedad, exactamente igual que en aquellos problemas que exceden fronteras, comunidades y niveles de intervención y que debido a su inmensa complejidad y dimensiones no son apartados con soluciones simples.

La abolición de la prostitución es un primer paso para la construcción de una sociedad igualitaria. Los beneficios sociales que introduciría la abolición de la prostitución se asemejan a los resultados de la abolición de la esclavitud, a pesar de lo cual debemos aceptar los tiempos de implementación y cambio junto a sus consecuencias inmediatas que no siempre son indoloras. Siempre que se desmonta un sistema social de relación, por mucho que éste sea indeseable o criminal, se producen consecuencias que afectan a los actores: unos salen favorecidos y otros resultan perjudicados o menos beneficiados. Es algo implícito en todo cambio social; no por ello hay que aceptar resignadamente el inmovilismo. Quiero introducir a modo de reflexión las palabras de Beatriz Gimeno que hacen referencia a esta cuestión: ¿La abolición en un país va a acabar con la prostitución? No, incluso puede tener algún efecto perverso que no puedo explicar aquí. Aun así lo que no es aceptable es la regularización, porque, como dice María Pazos, las leyes no solo regulan, sino que dan cobertura ideológica y moral a determinadas prácticas: “Reflejan, a la vez que potencian, unas determinadas (y no otras) estructuras sociales, normas y valores, aunque estas normas estén implícitas y no se reconozca su existencia. Las leyes (…) potencian unos u otros comportamientos”.

Las leyes afirman lo que la sociedad considera aceptable y legítimo, y lo que no:

Regular la prostitución significa aceptar que esa es una manera normal de relacionarse sexualmente hombres y mujeres y, sobre todo, que se renuncia a luchar contra ella. Esa es la gran hipocresía que subyace tras la demanda de regularización. No se puede luchar por la igualdad de mujeres y hombres y pretender, al mismo tiempo, dar cobertura a una institución que consagra la desigualdad; uno de los núcleos duros de la desigualdad entre hombres y mujeres.” Y que podemos subrayar diciendo que regular el sufrimiento es legitimar y que en las sociedades libres y democráticas no se regula aquello que es insoportable por ser contrario a sus propios principios fundacionales (Beatriz Gimeno, La prostitución; aportaciones a un debate).

Plantear la prostitución como un trabajo cualquiera es una falacia, además de repetida, hiriente ¿En qué trabajo regulado pueden encerrarte, golpearte o asesinarte si no complaces la voluntad del empresario o del cliente? Las propias mujeres reconocen que no es un trabajo normal. El trabajo establece y determina unas relaciones sociales; hablar de trabajo es hablar de utilidad social, de valor añadido, de derechos consensuados socialmente y regulados como derecho del trabajo; es hablar de democracia, ciudadanía y de un contrato social que excluye la esclavitud. Una trabajadora ofrece a cambio de un salario su capacidad laboral, traducida en tiempo, conocimiento, fuerza, habilidad, destreza… La prostitución no aporta beneficio alguno a la sociedad. Es la situación más cercana a la esclavitud, en la que la persona es despojada de lo que constituye nuestra humanidad o nuestra identidad como personas, usando las palabras de Víctor Bermúdez.

Los únicos beneficiados por la prostitución son el proxeneta. Los beneficios se traducen en cuentas bancarias millonarias que se ocultan en paraísos fiscales y eluden la responsabilidad social y al fisco. Y también, cómo no, su máximo protagonista, el consumidor putero, al cual quiero dedicarle un desarrollo más amplio, ya que estamos impelidos a intentar comprender sus motivaciones para el mantenimiento de una actividad que solo es útil a un sistema explotador y rinde pleitesía en su honor.

Pero antes quiero contestar a la pregunta del profesor Bermúdez sobre la diferencia moral entre vender el uso de las manos y el de los genitales. Con la excusa de la sexualidad, la prostitución permite al hombre acceder al cuerpo de las mujeres. En este caso, hablamos de un tipo de sexo determinado: el establecido como sexo normalizado por el sistema patriarcal que solo tiene en cuenta el deseo masculino. Un tipo de sexo configurado en base a fantasías de dominación, control y sometimiento. El tabú al que hace referencia el artículo de Bermúdez no tiene ninguna razón en una sociedad hipersexualizada y no hay nada transgresor en una sexualidad centralizada como gozo normalizado, salvo el abuso. El concepto del tabú sexual pudo ser funcional para la institución prostituyente en otro tiempo. Hoy en día es un concepto anticuado. La pregunta clave que hay que hacer es ¿por qué los hombres buscan sexo de pago y se relacionan con prostitutas pudiendo disfrutar de una sexualidad compartida en igualdad? Es probable que el tabú al que hace referencia el artículo de Bermúdez, y que pone en relación con la dignidad, sea una referencia al estigma sobre las mujeres en situación de prostitución. Dicho estigma es algo imprescindible para la prostitución, hasta el extremo de que su desaparición comportaría la desaparición del mismo. Lo que permite la compra de sexo es justamente poder imponer el propio deseo y la transgresión de las normas en el cuerpo de la mujer; poder imponerse y realizar las propias fantasías autocomplacientes al margen de los deseos ajenos y de su libertad; poder comprar la voluntad de elección: el que paga manda. Lo que se persigue es mercantilizar todas las esferas de la vida y que todas las relaciones de alteridad queden mediatizadas por el pago en efectivo, sin tener por ello derecho a réplica. Este hecho nos causa rechazo dado que contradice nuestro sistema conceptual de la persona como totalidad psico-física y su individualidad de sujeto, en el que el cuerpo posee una dignidad incompatible con su mercantilización. Nuestros «sistemas jurídicos occidentales tradicionalmente han entendido que, frente a la libre disposición de los objetos, las personas, incluyendo el cuerpo humano, sus órganos y funciones más esenciales, no pueden ser objeto de comercio» (Ángela Aparisi y José López).

Por otra parte, conviene ser pragmáticos y afrontar lo que supone definir la prostitución como un trabajo cualquiera y de qué tipo de compra-venta estamos hablando. Y de nuevo acudo a las palabras de Beatriz Gimeno:

«Si lo analizamos con calma y realismo tendríamos que pensar que si es un trabajo normal tendrán que pedir facturas, tendrán que tener un convenio en el que se defina, por ejemplo, lo que puede y no puede ser introducido por su vagina o por su ano, el nivel de humillación que tendrán que soportar, las palabras que se verán obligadas a escuchar y cuáles no. Tendrá que definirse qué tipo de prostitución será: S/M, penetración anal, penetración vaginal, sexo oral, orgasmos fingidos, satisfacción del cliente, libro de reclamaciones… Lo cierto es que si regulamos la prostitución en realidad estaremos empeorando la calidad de vida de la mayoría. Por sus propias características, al regular a una parte del negocio, lo que estaremos haciendo será crear un mercado paralelo en el que se obligará a ingresar a las más vulnerables en peores condiciones. Es decir, si se obliga al uso del condón o a la petición de facturas lo que ocurrirá es que se abrirá el mercado de prostitutas ilegales que ofrecerán muy barato lo que los clientes no quieren en los burdeles legalizados. Si en los clubs se impone, por ejemplo, que no se pueden introducir botellas por la vagina (como ocurre en los clubs de Filipinas) el cliente buscará allí donde pueda hacerlo. Porque no es el cliente el que se adecua a la oferta, sino el mercado el que se adapta a la demanda. Poca gente sabe que en Holanda el 80% de la prostitución es ilegal pues sólo se ha legalizado a las comunitarias o inmigrantes legales, las ilegales han quedado fuera y a merced de las mafias, la policía etc., más vulnerables que nunca (Chapkis, 2000). Con el tiempo las holandesas han abandonado la prostitución (como en España) y quedarán unas cuantas inmigrantes ilegales traficadas».

Todo lo anterior es en relación a la prostitución y a sus consecuencias sobre las mujeres que la ejercen. No he abordado nada en relación a las consecuencias sociales sobre el resto de mujeres y de toda la sociedad, incluidos los hombres no consumidores. Se puede pensar ingenuamente que nada tienen que ver en el tema, pero dado que la actividad se desarrolla dentro de un sistema social, sería como pensar que la corrupción política solo afecta a la imagen de los corruptos implicados, cuando en realidad sabemos que sus consecuencias se proyectan sobre toda la sociedad; desacredita las instituciones, genera desconfianza, deteriora la democracia… y al final salpica con la sospecha y el descrédito a los que son honestos, a pesar de su honestidad. La indignidad no está en las mujeres; está en la actividad de compra de sus cuerpos como mercancías, en su deshumanización y cosificación, hechos que envilecen al traficante y al comprador y ensucian a toda la sociedad por consentirlo.

Introducir en el artículo el tema de la discapacidad es un golpe bajo que denota por una parte un gran prejuicio sobre las personas afectadas, ignorancia y discriminación. Requeriría en sí mismo un artículo completo. Solo recalcar que las personas con diversidad intelectual tienen los mismos derechos que cualquiera, y son diversos en sus intereses y limitaciones y éstas no siempre les impide tener una sexualidad plena e igualitaria. Sus dificultades, cuando las hay, deben ser abordadas con profesionalidad y no como simple desahogo despersonalizado. Y para su atención hay profesionales suficientemente preparados en diversas disciplinas, también como terapeutas sexuales. La prostitución no tiene nada que aportar a la discapacidad por sí misma, más bien son muchas las personas con diversidad intelectual leve o moderada que son víctimas de explotación, abuso y trata… Por supuesto, que son necesarias muchas más políticas de integración, pero entre ellas la prostitución dudo que les aporte algo nuevo.

Por último, y como suele ser común en los artículos de buenas intenciones y pésimas ideas que abordan el tema de la prostitución desde la teoría del mal menor y centran la actuación sobre la mujer como causa del problema, no hay alusión alguna al putero. Sobre él y sus necesidades, sobre sus deseos, sobre la demanda se teje toda la industria. ¿Por qué los hombres demandan prostitución? ¿Por qué hombres no consumidores callan sobre la prostitución? ¿Qué tipo de sexualidad buscan los hombres en la prostitución?

La prostitución es un problema de los hombres que éstos cargan sobre las mujeres. En lo que respecta al consumidor de prostitución subyace el verdadero tabú, ya que los hombres no hablan en público sobre el tema (a no ser entre hombres afines), sino que prefieren que sean las mujeres las que defiendan su causa. Es a ellos a quien debemos interpelar por los motivos para mantener una institución que solo genera desigualdad y sufrimiento.

 

La prostitución es la representación de la desigualdad llevada al terreno sexual. Su representación como ocio y divertimento está enraizada en una construcción concreta de la sexualidad masculina vivida y expresada como normal. Después de que el feminismo incorporara el derecho de la mujer a disfrutar de su sexualidad con libertad y de su propio placer, hay hombres que necesitan para su disfrute comprar el cuerpo de una mujer que no los desea, pero que puede fingir acorde a sus fantasías. La prostitución permite a los hombres satisfacer su derecho incuestionable a una sexualidad sin compromiso social; una sexualidad de uso y autocomplacencia. Los puteros están convencidos de que este es el único modo de sexualidad satisfactoria. Es un modo de sexualidad que ha erotizado el ejercicio del poder y necesita cada vez más mujeres devaluadas y cosificadas, mayor juventud e inexperiencia como garantía de dominación. Como cita Richard Poulin, la edad de captación ha descendido hasta los catorce años, y cada vez es mayor la demanda de niñas. La cultura patriarcal ofrece una construcción de la sexualidad masculina al margen de su propia humanidad o sentimentalidad, en la cual la propia persona queda también devaluada y cae atrapada en su propia necesidad de humillar y obtener poder frente a otra alteridad. Esa construcción de la sexualidad ha sido gestada por el patriarcado también para el control de la sexualidad masculina, y es tóxica e incompatible con un sistema igualitario. El sexo como modo de control social de un sistema que se derrumba porque el feminismo rompió las barreras y supo apostar por el descubrimiento del otro pese al dolor, y fijó su ideal en la igualdad, sin revanchas. La aceptación de la prostitución como algo normal refuerza los mecanismos de control, de un sexo sobre otro y de sí mismo. Es la última carta que le queda al sistema, por eso se esfuerza en recrudecer la misoginia, el sexismo y el machismo más salvaje. El feminismo lideró un cambio para toda la sociedad y, en palabras de Luís García Montero,

«Lo primero que debe tenerse en cuenta es que el feminismo supone quizá la única de las grandes causas del pensamiento de izquierdas que no ha acabado en catástrofe.(…) Al feminismo le quedan muchas conquistas pendientes, pero sus logros reales no se han visto obligados a convivir con ningún tipo de infamia. Eso vale mucho para las personas que quieren conservar al mismo tiempo sus ilusiones y su conciencia».

Erradicar la prostitución exige una revolución por parte de los hombres equiparable a la revolución feminista, y que éstos sean capaces de erotizar la igualdad y romper sus propias cadenas. Hoy en día los tabús y represiones, la orfandad sentimental y el desarraigo de la subjetividad emocional están en su propio sexo. Es algo que les compete y que solo ellos pueden liderar. Es su labor reconocer la toxicidad de un sistema que solo les ofrece una sexualidad de mierda para poder robarles un mundo.

Quiero acabar recordando a Víctor Bermúdez que hace la friolera de 200.000 una hembra de rasgos humanos, con una vida muy corta, ya sentía el dolor, tan humano, por la ausencia de los suyos. Estaba curtida en pérdidas, pues casi seguro ya había tenido algunas que había enterrado con un rito perpetuador del recuerdo. Se sabía trascendente, se interrogaba y reiteraba pequeñas acciones que le ayudaban a conservar su mundo cada mañana. Había sentido en su cuerpo el dolor con el que siempre se anunciaba un nuevo ser, y esto le permitía empatizar con el dolor ajeno. Ante lo que acontecía como mayor dolor, ofreció su ayuda, basada en la observación propia y alguna trasmitida: iba a asistir un parto complicado. Fue la primera partera. Era una mujer y su oficio era tan importante que estaba vinculado a la supervivencia y al cuidado. Sus conocimientos fueron trasmitidos y ampliados generación tras generación, hasta que un día le fueron arrebatados. Nunca se le ha reconocido el mérito, pero estamos aquí gracias a su sabiduría y generosidad. Hace tan solo cuatro mil años nacía probablemente la primera prostituta; desde todos los altavoces nos recuerdan permanentemente que ese es nuestro lugar.

hch-cruz-foto Cruz Leal Rodríguez, por un feminismo como último ideal universalista. Madrid, 13 de marzo de 2017

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