La aparente sencillez de las horquillas

HCH-2-HANNAH-ARENDT-STRASSE-EYAL-STREETT HCH 2 / Enero 2015

La aparente sencillez de las horquillas, por Delia Aguiar Baixauli

(Este texto recibió la “mención especial” en el II Certamen María Zambrano de ensayo breve filosófico-literario organizado por la Universidad Complutense de Madrid en el año 2012).

He estado pensando en las horquillas. En las negras, en las de siempre. Creo que pueden llegar a ser tan sugerentes y reveladoras como un buen poema siempre que uno sepa mirarlas. Si sus dos partes se encuentran ligeramente separadas una de otra, como dadas de sí, la mente se dispersa pensando en una cabellera abundante, en que fue tal cabellera la responsable de tal forzamiento. De lo contrario, si están intactas, como salidas de fábrica, nos resulta más fácil abstraernos para pensar en el objeto tal cual y hacer un ejercicio que, en mi opinión, deberíamos hacer con todos los objetos y con cualquier idea que nos aparezca en la mente. Es necesario saber hasta qué punto llega nuestro conocimiento sobre ellos, que sin duda es bastante, seamos o no conscientes.

La horquilla viene a ser en el pelo lo que la pinza es en la ropa. Su función, en principio, parece básicamente la de sujetar. Pero, mientras que en la ropa la pinza se halla eternamente como castigada, con la abertura siempre hacia abajo, la horquilla goza de una libertad de movimiento de trescientos sesenta grados. En cualquier punto de la cabeza que se sitúe encuentra un horizonte abierto al que dirigirse; ligeramente hacia arriba, vertical por completo, en horizontal hacia la derecha o hacia la izquierda, etc. Todo este abanico de posibilidades hace pensar que no es entonces su única función la de la sujeción, sino que va mucho más allá. Tampoco sería exactamente la de adornar, ya que un adorno suele estar compuesto de más que un alambre negro barnizado con dos puntas redondeadas. La función propia de la horquilla tradicional parece que fuera domar. Domar significa hacer dócil. Por tanto, al ver una horquilla, podrían aparecer en nuestra mente esos vaqueros que, echando el lazo, capturan el ganado y lo arrastran hacia ellos, pues hay rizos y mechones que son turbulentos como animales de granja. Las tradicionales crestas, cuernos o remolinos siempre se han solucionado con una horquilla en el caso de las mujeres.

En una melena alborotada las horquillas son indicio de domesticación; en una corta, cuando por ejemplo acompañan un recogido que a duras penas alcanza, son indicio de aspiración. Pero en un caso y en otro están obligando.

Apartadas ya de su terreno de mando, de su selva rebelde que es el pelo, cuando están fuera de él, en un estado que se podría llamar latente, de reposo hasta nuevo uso, nos damos cuenta de que la naturaleza tiene un comportamiento variado con ellas, con las horquillas. Abandonadas en la repisa de una ducha no surten los mismos efectos que perdidas entre unas sábanas blancas. En el primer caso, el vapor y la humedad actúan sobre ellas dejando en sus alrededores una huella anaranjada, como de óxido, que difícilmente se quita si se trata de baldosas. Pero entre las sábanas o en sus inmediaciones, caídas por el suelo, si se quiere, producen un complicado efecto cuando se hallan en el cuarto de unos amantes y ella no utiliza jamás este objeto, o lo utiliza, pero de un modelo distinto. Entonces, el insignificante alambre, recogido del suelo por la mujer y puesto sobre una colcha, sobre una mesa o simplemente sostenido en la palma de su mano, se convierte en una pregunta, en algo que interroga por sí solo. A lo que en un principio se le atribuyó la propiedad de domar, ahora se le atribuye la propiedad de increpar, de pedir una respuesta. Y, al no obtenerla, se convierte en causa de dolor, de duda, de incomprensión. Se convierte en un clavo que se instala en el corazón, que lo revuelve, lo agujerea. Se le atribuye la función de torturar.

DELIA-AGUIAR Delia Aguiar Baixauli, Madrid, octubre 2011

PARA LEER EN PDF (pp. 35, 36): HCH-2-REVISTA-ENERO-2015

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