Pluralismo categorial

 HCH 6 / Septiembre 2015

Pluralismo categorial, por Jordi Claramonte

Pulchritudo multiplex est
Giordano Bruno
I
A finales del siglo XX, uno de los problemas que dieron en acechar –de modo más recurrente– a los intrépidos investigadores de la estética fue la incontenible diversidad de sensibilidades, estilos, tendencias y convenciones que daban y dan vidilla a nuestro campo. Como decía el gran historiador y teórico W. Tatarkiewicz “la multiplicidad de aquello que llamamos arte es un hecho; en diferentes períodos, países, tendencias y estilos, las obras de arte no sólo tienen formas diferentes, sino que cumplen funciones diferentes, expresan intenciones diferentes y funcionan de modos diferentes”.
Si además del arte del que habla Tatarkiewicz, incorporamos el dominio todo de la sensibilidad estética nos encontraremos con un campo que no sólo es diverso sino que, al hacer estandarte de la generatividad y convertir en valor la experimentación y el juego de las facultades, no puede sino seguir siendo cada vez más “diverso”.
Así las cosas, no es de extrañar, ni deja de tener su lado sensato, que un número considerable de estudiosos hayan desesperado de la posibilidad de formular algo así como una estética con validez general para todos los fenómenos estéticos habidos y –ahí duele- por haber.
También Tatarkiewicz defendió la insostenibilidad de un sistema estético universal. Estaban entonces las vanguardias arrancando, pero ya para el joven investigador polaco era evidente que siempre iban a aparecer hechos y juicios contrarios a los que hemos elegido para fundar nuestro sistema, hechos y juicios que –sin duda– requerirían otro sistema y otros más sucesivamente y sin fin aparente.
Siendo así, si a la ya mencionada y apabullante multiplicidad de formas artísticas y valores estéticos se le une la proliferación de los diversos sistemas de valores, el resultado no puede ser más que un lío descomunal, por lo cual –como hemos dicho– no es extraño que muchos teóricos renuncien no sólo a la posibilidad misma de pensar lo estético, sino que también opten por concepciones relativistas o subjetivistas de los valores estéticos.
Pero con eso ya no estaría de acuerdo nuestro héroe en este capítulo. Tatarkiewicz rechazó de plano estas concepciones como lo que son: muestras de mentes apresuradas y un tanto embotadas. A cambio sostendrá contra viento y marea que los valores estéticos no son ni subjetivos ni relativos, sino que simplemente son numerosos y susceptibles además de organizarse de formas diferentes.
Por tanto, si bien es cierto que puede resultar harto complicado construir un sistema universal válido de los valores estéticos, no por eso vamos a permitirnos pensar que todo vale ni mucho menos que resulte de todo punto imposible pensar cómo funcionan las constelaciones de valores estéticos. Sostendremos aquí –en la segura estela de Tatarkiewicz– que la estética puede construirse y mantenerse como una disciplina unitaria sólo en la medida en que convierta en su objeto teórico precisamente la irresoluble pluralidad modal de experiencias y procesos que abarca.
II
La estética modal, como si de una demonología se tratara, será entonces una teoría de la distribución, un estudio cuidadoso de los modos en los que la generatividad sucede en los más diversos planos materiales y procesuales. No estará interesada en acotar y limitar dichos planos, puesto que estos no van a dejar de proliferar. Su trabajo consistirá más bien en elucidar las leyes modales que organizan esa proliferación. Su posición, como la hubiera querido el maestro Tatarkiewicz, es la de un pluralismo no relativista ni subjetivo. Como siempre que se introduce la modalidad, esto supone un radical cambio de plano ontológico y epistemológico que es preciso entender adecuadamente.
Una buena forma de intentarlo puede ser mirar al cielo en cualquier momento pero mucho mejor si podemos hacerlo en una noche despejada y alejados de la contaminación lumínica de la ciudad. ¿Qué vemos en el cielo?
Pues de entrada no gran cosa, porque no tenemos la vista muy hecha a mirar tan, tan lejos, pero si tenemos paciencia y en verdad nos hemos podido alejar lo suficiente del ajetreo lumínico de la ciudad, empezaremos a ver planetas y estrellas, alguna nebulosa, la vía láctea acaso. Y claro está, empezaremos a reconocer constelaciones, la osa mayor seguro, a la menor la veremos dos o tres veces y es que buscando ponerle rabo a la osa vemos más y más estrellas… las constelaciones son muy útiles, ahora lo vemos.
Pero claro, viendo el cielo sucede más o menos lo mismo que sucede cuando se da en estudiar estética: como ya hemos visto muchas estrellas y muchas constelaciones, muchos valores estéticos y muchas poéticas –para entendernos– sacamos nuestro cuaderno y dibujamos cuidadosamente lo que vemos. Y ya está, ya tenemos un mapa completo del cielo. Un mapa completo de los valores estéticos y las poéticas verdaderamente relevantes, que podemos publicar para orientación y guía de perplejos.
Alguno habrá que se compre nuestro mapa-libro de estética y se lo crea a pies juntillas, sin molestarse en levantar la vista al cielo y arriesgarse a coger un resfriado con el relente nocturno. Pero si alguien lo hace, es muy posible que disienta de nosotros: bastará que salga al campo un día diferente del mes o a otra hora de la noche para que nuestro mapa le resulte muy inexacto o del todo inútil. Nuestro disidente observador se pondrá entonces a dibujar su propio mapa del cielo y procederá a publicarlo en justo desafío. Ya tenemos dos escuelas, muchos de cuyos adeptos seguirán sin molestarse –a todo esto– en salir al raso y mirar al cielo. Algunos de los que lo hagan quizá tengan la suerte de poder aprovechar uno o el otro mapa. Otros irán acaso un día y una hora en el que pueden aprovechar un poco de un mapa y un poco del otro. Caerán entonces del guindo y se proclamarán eclecticistas.
Cuando estén así las cosas: con dos mapas del cielo que no se pueden ni ver y un tercero que intenta hacer componendas entre los dos –no sé si la situación os resultará familiar– llegará un turista inglés, un señor muy educado y muy práctico a todo esto, y nos dirá que no hay porqué exaltarse, que esto de las estrellas es “relativo” y que ver unas u otras depende de cada cual: la astronomía debe ser considerada como un discurso subjetivo. Como nos parece un poco floja la respuesta, le insistimos al señor inglés y le decimos que necesitamos algo más sólido, quizá porque vamos a hacer un largo viaje a pie o navegando y necesitamos orientarnos por las estrellas. Ante nuestra persistente indagación, el turista inglés llama a un primo suyo de Chicago, el señor Georges Dickie, y este zanja la disputa diciendo que si tenemos que diferenciar una estrella de una farola o un avión y saber a qué atenernos, el criterio definitivo nos lo dará él, mandándonos una foto que sacó hace tres años desde la ventana de su buhardilla y en la que ha anotado cuidadosamente los nombres de las estrellas, su cotización en el mercado y quiénes son sus galeristas.
Algo huele a podrido en este panorama teórico y el olor no viene de Dinamarca esta vez.
Obviamente, aunque las estrellas sean las mismas, no vemos las misma franjas del cielo todas las noches del año, ni todos vemos igual de lejos, ni mucho menos las agrupamos de igual modo en todas las culturas: seguro que los chinos ven las mismas estrellas, pero las organizan en constelaciones diferentes y en vez de osas ven burritos comiendo bambú. Pero eso no significa que no podamos estudiarlas ni que al cabo las estrellas vengan a ser las mismas para todos
Obviamente las analogías entre la astronomía amateur y la estética llegan a donde llegan, pero no deja de ser interesante constatar cómo estamos dispuestos a asumir que del mismo modo que no podemos ver a la vez todas las estrellas, tampoco podemos ver a la vez todos los valores estéticos1. Hay que asumir la limitación, la estrechez por así decir, de nuestra mirada para el valor y no intentar –por tanto– construir sistemas teóricos tomando en consideración sólo los resultados de esa necesariamente estrecha y corta mirada, sino aprendiendo a modular las limitaciones de esa mirada e investigando las leyes gravitatorias –por así decir– que nos revelarán la existencia de sensibilidades y obras como cuerpos celestes que acaso no podamos ver pero cuyos efectos e interacciones advertimos.

JORDI-CLARAMONTE Jordi Claramonte, Madrid, 16 de enero de 2013

Publicado en el Blog de Jordi Claramonte el 16 de enero de 2013

1 Pero que no por ello damos en engrosar las filas de los que creen que todo es relativo, por supuesto que hay muchas cosas que lo son: nuestras poéticas y sus hitos lo son, la forma concreta en que agrupamos las estrellas en constelaciones y los nombres que les damos también son relativos, pero las estrellas mismas como los valores estéticos siguen ahí, los veamos o no.