¿Hay que seguir repitiendo lo obvio?

hch-14-prioritaires HCH 14 / Enero 2017

¿Hay que seguir repitiendo lo obvio?, por Cruz Leal Rodríguez

 
El soldado entró, pero volvió a salir inmediatamente, porque Eréndira quería hablar con la abuela. Ella se colgó del brazo el cesto de dinero y entró en la tienda de campaña, cuyo espacio era estrecho, pero ordenado y limpio. Al fondo, en una cama de lienzo, Eréndira no podía reprimir el temblor del cuerpo, estaba maltratada y sucia de sudor de soldados.

 

–Abuela –sollozó–, me estoy muriendo. La abuela le tocó la frente, y al comprobar que no tenía fiebre, trató de consolarla.
–Ya no faltan más de diez militares –dijo.
Eréndira rompió a llorar con unos chillidos de animal azorado. La abuela supo entonces que había traspuesto los límites del horror, y acariciándole la cabeza la ayudó a calmarse.
–Lo que pasa es que estás débil –le dijo–. Anda, no llores más, báñate con agua de salvia para que se te componga la sangre.
Salió de la tienda cuando Eréndira empezó a serenarse, y le devolvió el dinero al soldado que esperaba. “Se acabó por hoy”, le dijo. “Vuelve mañana y te doy el primer lugar”.
Luego gritó a los de la fila: – Se acabó, muchachos. Hasta mañana a las nueve.”
(La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, Gabriel García Márquez)

 

Estos diálogos novelados son una plasmación literaria de lo que es la prostitución. Pero la ficción es superada por la realidad que hipócritamente se silencia porque es áspera y bronca. El dolor y la rabia cortan la palabra testimonial de aquellas que han sobrevivido a su práctica conservando el valor de sí mismas. Y quienes intentan hacer de la prostitución un negocio que proclaman como el mejor trabajo posible evitan siempre mencionar los hechos en bruto, mienten deliberadamente para intentar convencer de lo que consideran las innumerables ventajas de la actividad.

 

La prostitución femenina en la Europa del siglo XIX ocupaba a un tercio de las mujeres censadas. El problema era alarmante para los gobiernos debido a sus consecuencias: enfermedades, muerte, violencia, sufrimiento y degradación social. Estaba legalizada como una actividad a la que las mujeres podían dedicarse desde los trece años. Sus condiciones paupérrimas eran mucho más miserables que las de la clase obrera en general. El testimonio del horror fue recreado por la novela social.

 

A la par que los movimientos obreros surgieron los feministas que denunciaban la situación de las mujeres y exigían la abolición de la prostitución como práctica esclavista. Pero en su suerte nunca cayó una revolución y fueron necesarias dos guerras, un contrato social y la apuesta por un Estado de bienestar para que a mediados del siglo XX se pronosticara su desaparición. Al modificarse las condiciones de vida de las mujeres (poder acceder a un puesto de trabajo, al ejercicio libre de la ciudadanía y de su sexualidad), el número de prostitutas cayó en picado.

 

Este hecho es el testimonio palpable de que las mujeres, en cuanto tienen una mejor opción, simplemente no eligen y no quieren prostituirse ni ejercer de tal. De hecho resulta difícil creer que alguna quiera hacerlo. Otra cosa muy distinta es que las mujeres deseemos hacer uso de nuestra sexualidad libremente. Salvo para algunas personas que han crecido en un mundo de derechos y cuya memoria está sesgada por el desconocimiento o el interés, cuesta imaginar que el deseo de prostituirse surja de modo vocacional en ninguna mujer. Que las mujeres no deseamos ser prostitutas es una obviedad que se confirma por el hecho de que solo algunas lo hacen y, como reconocen algunas entrevistadas en los medios, es solo por dinero, por lo tanto por necesidad y a falta de otras opciones laborales mejores. Todas tienen proyectos personales distintos y la prostitución es una opción pasajera.

 

Dado que las mujeres somos seres inteligentes y según se piensa llevamos puesta nuestra propia empresa ¿por qué razón no nos dedicamos todas en cuerpo y alma a prostituirnos ¿por qué no sacamos beneficio personal de este inmenso y lucrativo negocio que es la prostitución? ¿por qué preferimos engrosar las estadísticas de la pobreza pudiendo vivir como reinas? Detrás de todas las explicaciones, interpretaciones y lecturas del fenómeno por el cual las mujeres rechazamos el ejercicio de la prostitución hay una razón incontestable: no queremos, simplemente nos negamos. ¿Por qué hay que repetirlo tantas veces? ¿Tanto cuesta aceptar que nos revelamos contra aquello que se espera de nosotras, el sagrado mantra de que nacemos para putas y no servimos para nada más? ¿Por qué molesta tanto esta transgresión?

 

No queremos ser prostitutas. No queremos despertar cada día para aceptar que nuestro cuerpo sea penetrado, manoseado, maltratado… exhibiéndolo semidesnudo haga frío o calor, expuesto a miradas enjuiciadoras que valoran la carne en relación a su uso y precio. No queremos ser cosificadas y enajenadas de nuestra dignidad de personas para ser tratadas como escupideras de fluidos de desconocidos. Cualquier mujer conoce intuitivamente en qué consiste prostituirse y tenemos grabada en una memoria ancestral el temor a una agresión sexual por alguno que sin consentimiento ni deseo traspase las distancias. El conocimiento de este hecho es tan tácito que la violación y las agresiones sexuales son un arma de guerra efectiva desde siempre, no solo contra las mujeres, sino también como ataque a sus comunidades. Porque sus efectos sobre la mujer y su comunidad son tan catastróficos que desestructuran la vida comunitaria y la deja indefensa para la resistencia. Son tácticas de guerra. ¿Su parecido con los efectos de la prostitución son simple coincidencia?

 

El movimiento feminista a mediados del pasado siglo planteó la reivindicación de la sexualidad femenina y de su ejercicio en libertad, la sexualidad como disfrute y placer, la libertad de elección, la diversidad sexual y la posibilidad del descubrimiento personal y de la alteridad en unas relaciones elegidas y aceptadas en igualdad. El feminismo y las mujeres orquestaron un descubrimiento de su sexualidad, de sus propios cuerpos y de control sobre los mismos desde lo más íntimo, proyectando el cambio desde las relaciones interpersonales hacia toda la sociedad. En pleno siglo XXI los hombres tienen pendiente la asignatura de su propia evolución personal, su propia revolución sentimental y sexual, tienen pendiente ubicar su lugar en una sociedad igualitaria, una vez destronados como amos de la creación.

 

La nueva situación fue aprovechada por la industria del sexo para aumentar su volumen de negocio hasta cifras astronómicas. Con la ayuda de los medios y la industria de la imagen, la industria del sexo nos vende cada día y con insistencia que el hecho de ser mujer y prostituta es un regalo divino. Los medios mercenarios nos agotan los argumentos de manera permanente imponiendo su mentira que ahora llaman postverdad, repitiendo machaconamente cada una de las falacias. Retuercen el discurso hasta el hastío para vender la prostitución como una opción laboral más, naturalizándola como actividad y consumo. Lo peor es la censura y el silencio cómplice de la industria del sexo, sus efectos y consecuencias para toda la sociedad y la ocultación de los intereses y de los interesados en lo que denominan mercado. Y mientras oculta a sus protagonistas, la industria del sexo distribuye entrevistas con la cara amable del negocio de manera calculada. En ellas, algunas mujeres que dicen elegir la prostitución nos cuentan sus fantasías con naturalidad y caen permanentemente en contradicciones que sonrojarían a un niño, propagan las mentiras con total desfachatez revestidas de supuesta progresía, en un delirio mentiroso e interesado. Ellas defienden el negocio de otros con falsa candidez, esperanzadas de algún beneficio, antes de que la propia industria que defienden las deje en la estacada cual muñecas rotas. Son los escudos humanos de una industria salvaje y esclavista que las expone como cebo de incautas.

 

Desmontar sus mentiras representa para el movimiento feminista un dilema moral. Como un ataque directo de las mujeres cuyos intereses defiende, cae atrapado en la vieja trampa del divide y vencerás, la encerrona propia de cualquier sistema de explotación y abuso. Buscan desmontarnos cuando afirman “somos putas y feministas” para pasar a hablar largo y tendido de la artesanía de su actividad y de las virtudes de sus clientes. Nada dicen de las condiciones de todas aquellas mujeres explotadas, niegan su sufrimiento, nada sabemos de lo que piensan con respecto a cualquier tema que afecte a la generalidad de las mujeres (la violencia, la pobreza, el miedo en un época de mentiras), solo están ellas y sus intereses. Disfrazan de sororidad y emponderamiento lo que es sumisión y obediencia. Lo llaman transgresión. ¿Qué norma transgreden ocupando el lugar que el sistema nos tiene asignado? ¿Qué crítica introducen en un sistema explotador explotándose a sí mismas? Ventilan de un plumazo los logros conseguidos con tanto esfuerzo en una lucha desigual durante tanto tiempo. Todos los esfuerzos por acceder a las ventajas de una sociedad en condiciones de igualdad, como sujetos de derecho y personas, el acceso a la formación y el trabajo, la defensa de nuestra dignidad… quedan pisoteados por el discurso del individualismo feroz del sálvate tú misma como culpable de tus desgracias. Si eres pobre, si tienes trabajos de mierda, es porque quieres, hazte puta y todo arreglado.

 

Algunas de estas mujeres no soportan el planteamiento de la duda más elemental de su sistema de pensamiento neoliberal ¿qué pasaría si de pronto todas nos dedicáramos? Hablemos con la brutalidad del cálculo para las mercancías, hablemos de cómo esos salarios maravillosos se quedarían en calderilla y el siglo XIX entraría en los anales de una época gloriosa para toda la clase trabajadora, incluidas las mujeres.

 

Los datos de aquellos países que han optado por la prostitución como la mejor ocupación femenina así lo confirman. En Alemania, de la misma manera que existen los minijobs para parados de larga duración, existen los minijobs en burdeles franquiciados. El precio de una felación es de tres euros. ¿Cuántas felaciones hay que hacer en un día para obtener un salario digno al acabar la jornada? En Nápoles por diez euros te ofrecen dos horas con una prostituta, cinco euros la hora. Si ampliamos la oferta ¿hasta dónde van a caer los precios? Durante los últimos juegos olímpicos en Brasil hubo un llamamiento masivo para la captación de jóvenes, incluso niñas. Los precios oscilaban sobre los cincuenta euros de los que se descontaban los usos de lavabo, habitación, toallas… Lo que se llevaba cada joven no llegaba a los cinco euros. Son demasiadas coincidencias. ¿Acaso alguien conoce a alguna prostituta rica? Cuando me pregunto por estas cuestiones tan obvias me refiero a alguien que tiene que aceptar la imposición de más de diez hombres al día. No estoy hablando de una mujer con una vida sexual libre y diversa. Éstas no son prostitutas por más que se insista en el empeño. Cuando una mujer hace con su sexualidad aquello que le viene en gana, cuando le viene en gana y con quien y cuantos le vienen en gana, no es una prostituta; es simplemente una mujer y lo único que se me ocurre decir de ella es que tiene tiempo. No veo en ello nada peyorativo.

 

En nuestro país la patronal de empresarios siempre sale a la palestra exigiendo un mayor esfuerzo a los trabajadores a cambio de menores salarios y peores condiciones laborales. El mundo de los negocios teje estrechos lazos con la industria de la prostitución y de las drogas, sus tratos y celebraciones siempre exigen un ritual de machismo al por mayor con drogas y putas que, cuando sale a la luz pública, genera repulsión. ¿De verdad alguien cree que, una vez reconocida la prostitución como un trabajo cualquiera, sus trabajadoras recibirán un mejor trato, mejores salarios, mejores condiciones que el resto de trabajadores? ¿Por qué la clase trabajadora en general no opta por esta actividad que ofrece tantas ventajas? La misma clase trabajadora ha abandonado a su suerte a sus propias mujeres.

 

Cuando una mujer dice que acepta la prostitución como un trabajo y alude a las condiciones de miseria que le reporta una actividad laboral cualquiera, está confirmando las condiciones de miseria y reconociendo la necesidad de prostituirse porque no tiene nada mejor. Que un organismo como la ONU diga en un supuesto informe sobre la prostitución que solo tres de cada siete lo hacen obligadas y el resto lo ejercen libremente, sin comparar con las cifras de pobreza femenina y su coincidencia geográfica con los centros de la actividad y las características sociopolíticas y económicas del entorno, es todo un ejercicio de hipocresía. La hipocresía de un organismo que ha vendido sus principios y que ha sido capaz de poner en el Consejo de Derechos Humanos a un país como Arabia Saudí, que ni tan solo los contempla, que mantiene un total desprecio por las personas en general y que no reconoce a las mujeres, que mantiene la pena de muerte por lapidación de las víctimas, los castigos corporales, no tolera la crítica o la disidencia, ejerce la esclavitud y no cree en la democracia.

 

Los verdaderos protagonistas de la prostitución no son las mujeres; los protagonistas jamás dan la cara, su poder está en la sombra. Hablar de prostitución es hablar de grandes cuentas en los bancos en paraísos fiscales, de inmensas cantidades de dinero que corren en negro para comprar voluntades y leyes protectoras del negocio. De lobbies que presionan gobiernos y rigen los mercados con mano de hierro y desprecio social. De todos aquellos que no aparecen en los medios; inversores aislados en burbujas que con pulsar una tecla arruinan países; de falsos empresarios que son en realidad proxenetas y no dudan en encerrar a sus víctimas para sacarles beneficios y cuya suerte les es indiferente; de traficantes de cualquier cosa que les lucre, seres envilecidos como lo fueron y siguen siendo los tratantes de esclavos; de chulos y macarras capaces de amedrentar, golpear, violar y, si la situación obliga, matar. Una historia conocida por todos y que los medios silencian y censuran deliberadamente.

 

Hablar de prostitución es hablar de lo que las mujeres no queremos hacer salvo obligadas. Y también es hablar de la hipocresía de un modelo económico caduco que ha llegado al límite y pretende retroceder hacia la esclavitud consentida, corrompido por la codicia y la basura en los discursos huecos de aquellos que temen perder su comodidad. Estos discursos nos cuentan mentiras sin pudor y son alentadores de un sistema salvaje porque les falta imaginación, talento y valor para enfrentarse al mismo. Hablar de prostitución es hablar de la cobardía de quienes piensan (hombres y mujeres) que a ellos nunca les va a pasar. Estos hombres y mujeres piensan que la prostitución es algo que afecta a las mujeres pobres y sin recursos; mejor que consientan y lo hagan contentas. Mejor es venderles una ilusión de libertad, responsabilizarlas de la elección de su desgracia.

 

Soy feminista, abolicionista por ello, porque el feminismo no se preocupa tan solo de algunas mujeres, incluye en su modelo social a toda la sociedad y habla de personas en igualdad. También soy trabajadora social y en mi trabajo están presentes de forma constante el dolor y el sufrimiento. Casi siempre están en relación con la pobreza y la desigualdad. Creo en la política como modo de convivencia y creo y exijo políticas de igualdad y recursos suficientes. Mi opinión profesional es que nunca se han hecho políticas para erradicar la prostitución, nunca se han destinado recursos, nunca se ha planteado el objetivo de su erradicación por considerarse que había otras prioridades. Se han necesitados siglos para abordar la pobreza y la desigualdad como un problema y no vivirlo como una desgracia ajena desde los primeros planteamientos. Es importante recordar la historia.

 

Hace tan solo unos años, la pobreza era la desgracia de algunos excluidos, inadaptados y poco cualificados, era algo ajeno. La mayoría creíamos ser clase media, qué cosas. En estos momentos atendemos casos de familias de clase media que tuvieron buenos trabajos, con cualificación, con prestigio y reconocimiento; han sido dejados en la cuneta, apartados por un sistema que no quiere compromisos con nadie, que le estorban las reglas y convenios, que solo le interesa la carne fresca y sumisa del que tiene miedo y calla y acata. Pero solo un tiempo, porque tiene mucho donde escoger. Puede que estas familias estén pensando que una salida sea la de prostituir a sus mujeres e hijas. Es seguro que algunas lo estén haciendo. Es infame que se las intente convencer de que prostituirse es lo único que pueden hacer, que es lo mejor, que además lo han elegido libremente y que con ello reventarán el sistema que las explota.

 

hch-cruz-foto Cruz Leal Rodríguez, Madrid, 6 de enero de 2017
Publicado en Moviment Democràtic de Dones el 6 de enero de 2017

 

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