Proyecto Amicitia: Trazas históricas de la amistad excepcional. Primera parte: Pre-modernidad. II. La amistad en Sócrates, Platón y Aristóteles

hch-15-cervantes HCH 15 / March 2017

Proyecto Amicitia: Trazas históricas de la amistad excepcional. Primera parte: Pre-modernidad. II. La amistad en Sócrates, Platón y Aristóteles, por David Cerdá

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(Estatua de Sócrates. Leonidas Drosis (+ 1880), Atenas. Foto de C messier)

Platón hace decir a Sócrates en Lisis:

Uno desea tener caballos, otro, perros, otro, oro, otro, honores; yo, en cambio, no me preocupo de estas cosas, pero deseo tener muchos amigos y preferiría más un buen amigo a la codorniz o el gallo mejores y también a un caballo o a un perro, y creo que preferiría tener un amigo más que el oro de Darío, y más que al propio Darío.

El Lisis ha formado parte prácticamente de todas las antologías de textos clásicos sobre la amistad. En cualquier caso, como otros diálogos socráticos, Lisis es un texto aporético: no acaba del todo bien en cuanto a la posibilidad de una amistad genuina. La consideración que Platón hace de la amistad es por entero problemática, y casi hay que circunscribirse a este diálogo para sacar conclusiones sobre lo que Platón postuló sobre este asunto. Como escribe Huhues-Olivier Ney («Liens d’amitié et constitution de la cité chez Platon»), en Platón «no hay una idea de amistad». En efecto,

La amistad en Platón no es una experiencia afectiva de la relación con otro, ni tampoco se procede a describir, metafóricamente, una relación ontológica, como quiera que se entienda metafísicamente esto. Se trata de una «espera de sí», que podrá devenir a continuación un cuidado o una preocupación por otra persona, pero que está, por entero, lejos de alcanzar una dimensión abstracta, rivalizando, pues, todavía, con las demandas del mundo, del que no se distingue […] la amistad de los otros no se encuentra ni se comprende más que como parte de una totalidad del pensamiento […] aunque no se realiza sino cuando es una amistad originalmente con uno mismo.

Sabemos que Platón bebió de fuentes pitagóricas; pero este aspecto no permea por igual todos sus escritos. En lo que hace a la amistad, como sugiere el texto de Ney y se desprende de la lectura de Lisis, su visión, por estar desprovista de ideales, resulta bastante solipsista. La suya es una philía que guarda un fuerte contraste con la relación afectiva de la que más se ocupó Platón, que fue el éros (paradigmáticamente en El banquete). Se diría que Platón, a resultas de su idea central —Bien y Belleza coincidentes en el Eidos—, apostó más por el éros que por la philía.

Álvaro Vallejo («Éros y philía en Platón y Aristóteles») señala que la relación éros es más intensa y tiene siempre connotaciones sexuales. Aristóteles la llama «hipérbole de la philía», en Ética a Nicómaco. En éros hay sujeto y objeto, mientras que, en puridad, no ocurre otro tanto en la philía. En Platón, en cambio, éros es una especie de summum de la philía; para él, todo apunta siempre al Bien, de modo que es del éros del que hemos de cuidarnos.

Jenofonte, en sus Memorables, pone en boca de Sócrates la siguiente declaración:

Antifón, así como a otro hombre le procura placer un buen caballo o un perro o un pájaro, a mí me deparan mayor satisfacción los buenos amigos. Y si encuentro algo bueno se los enseño a ellos; y los presento unos a otros para que mutuamente salgan beneficiados en la virtud. Con mis amigos saboreo los tesoros que los hombres del pasado dejaron por escrito. Y cuando encontramos algo interesante lo recogemos y lo consideramos de gran provecho si puede ayudar a otros.

Tenemos aquí, como en los cínicos (a los que visitamos en la primera entrega de esta serie), el elemento pedagógico que colorea la amistad, añadiéndole un sentido adicional que la torna esencial al ser humano en su devenir diario. Es claro que el Sócrates de Jenofonte es mucho más transparente, y tal vez por ello menos estimulante para el filósofo, que el de Platón. Pero no conviene descuidarlo, por si respondiese con más exactitud a la imagen real del Sócrates histórico, del que tantas lecciones sabias podemos aún extraer. Dadas las muchas vicisitudes por las que atravesó, y lo poco que sabemos sobre su vida y obras, el papel que jugó en Atenas, su biografía, en suma, resulta una tentación muy fuerte sostener que Sócrates hubo de practicar la amistad en un grado muy elevado. Además, la imagen clásica que hemos conservado de su final, tanto en el modo en que la describe Jenofonte como en el que figura en el Fedón, nos refiere a una persona rodeada de amigos (más, tal vez, que de discípulos), amigos que tratan por todos los medios de librarle de su dramático, aunque escogido desenlace.

Catherine Pickstock («The Problem of Reported Speech: Friendship and Philosophy in Plato’s Lysis and Symposium») sugiere que el aporético final colapsado al que asistimos en Lisis bien podría querer decir que el mensaje platónico, por intermediación socrática, es que la amistad «es, como la filosofía, un modo de vida, más que una cosa estática susceptible de ser analizada». Esto es, una toma de postura vital, un modo existencial de estar en el mundo, y, así pues, un modo de trascender al propio mundo y a nuestra restricta y mortal humanidad.

Pickstock tiene interesantes palabras para la transición entre Platón y Aristóteles a propósito de la amistad: «Platón suprime la significación última de la amistad en su persecución de lo bueno, mientras que Aristóteles ve la amistad como esencial para lo bueno». Es una afirmación que recoge con gran claridad el enorme salto que la amistad, tanto en sus aspectos específicamente éticos como, en general, vivenciales, efectúa entre ambos pensadores.

Aristóteles afronta la amistad desde la areté. En Ética a Eudemo le leemos: «La amistad no es sino cierta disposición moral»; «una de las virtudes más bellas y más deseables de que puede tratarse en moral». Puesto que en Aristóteles moral y justicia vienen prácticamente a coincidir, ambas encontrarían en la amistad su realización última y más fluida. A su vez, la amistad que toma pie en la areté sería un ápex de la humanidad: «La amistad por virtud es la propia de los hombres más distinguidos y mejores», ya que «si la primera y verdadera amistad está fundada en la virtud, resulta de aquí que los que la poseen son ellos también absolutamente buenos». Los amigos no se aman merced al estímulo del interés, sino bajo el paraguas de un ideal, y a partir de una comunidad de valores.

Amistad y benevolencia, dice Aristóteles, no se confunden; pero no puede existir la una sin la otra. La benevolencia se refiere a la amistad moral. Esto es: «Todo amigo es necesariamente benévolo, pero todo corazón benévolo no es un corazón amigo» (Ética a Eudemo). También hay una concordia genuina: la que se practica entre los buenos; el resto de relaciones de supuesta philía serían sucedáneos varios. Aristóteles tiene a la amistad por una benevolencia recíproca con conocimiento de causa, o mejor, de los causantes. En el apartado IX, V de Ética a Nicómaco, se insiste en que benevolencia y amistad se parecen, pero no coinciden: se nos dice que la primera es una intensidad menor a amar; que es condición necesaria pero no suficiente para hacer amigos. Tampoco la concordia (recogida en el apartado VI) es exactamente la amistad, aunque la «concordia supone siempre corazones sanos».

En Aristóteles, el principio rector es siempre el de la proporcionalidad; y su norte es igualmente siempre el de la justicia: «Cuando los hombres se aman unos a otros, no es necesaria la justicia. Pero, aunque sean justos, aun así tienen necesidad de la amistad». La amistad es una relación entre iguales: «cuando la afección está en relación con el mérito de cada uno de los individuos, se convierte en una especie de igualdad, condición esencial de la amistad». Para Aristóteles, la amistad es una relación de uno a uno, y así titula el capítulo VI de esta Ética a Nicómaco: «La verdadera amistad no se extiende a más de una persona». Esta proyección virtuosa que la amistad aristotélica plantea supone un compromiso sumo que no admite componendas.

Aristóteles, como buen argumentador en pro de la areté, estima que «La amistad, por lo demás, parece consistir más bien en amar que en ser amado […] parece que amar debe ser la gran virtud de los amigos». Aristóteles ve que buena parte de esto se traduce en una asistencia mutua en pos de la excelencia. La suprema nobleza de la amistad es sumamente visible desde esta postura etimológicamente «aristocrática»: se traduce en una generosidad sin reservas, un haz de comportamientos que se resume en dar sin esperar nada a cambio. La sobreabundancia personal (la megalopsychia) es la que aporta la energía y los elementos básicos para que pueda fraguarse esta clase de amistad.

En X y XI, Aristóteles extiende la amistad a la política, y sus conclusiones a las formas de gobierno. En XII, hace lo propio con la familia. En cualquier caso, Aristóteles no deja de insistir en que se trata de una relación que parte de la individualidad: «todo sentimiento de amistad parte ante todo del individuo, para derramarse después sobre los demás». Es decir: como sentimiento y disposición, como excelencia, la amistad nace siempre en el individuo, aunque termine derramándose a la sociedad entera, beneficiaria subsidiaria de una relación que es noble, trascendental, y construida entre pares.

Aristóteles, que contempla ciertos tipos menores de amistad, cree que esta solo merece tal nombre cuando es buscada como un fin en sí mismo: «los buenos son los únicos que se hacen amigos por sus amigos mismos; porque los malos no se aman entre sí si no encuentran en ello algún provecho», de modo que «es cosa bella hacerse un bien sin pensar en recibir nada». Como toda conquista virtuosa en el hombre, de lo que se trata es de favorecer el bien por el bien: «Esto es lo propio del hombre honrado: hacer el bien exclusivamente, hacerlo por sí mismo, por la razón de que está en él y constituye la esencia misma del hombre en cada uno de nosotros». Estamos, sin lugar a dudas, ante un ideal.

Aristóteles se refiere también en IX, III al rompimiento de la amistad:

Mientras haya esperanza de corregirlos, es preciso ayudarles a salvar su virtud con más esmero que si se tratara de reparar su fortuna, por lo mismo que es uno de los servicios más nobles y más dignos de la verdadera amistad.

Aristóteles dice que solo el bueno está en disposición de amarse a sí mismo; y solo este puede amar a algún otro. La vigorosa virtud que concibe dejará una honda marca en la historia de cara a la práctica de la amistad, siendo como es su filosofía parte de la trama esencial de la cultura occidental, sin dejar de extender sus tentáculos al mundo árabe, cuyos sabios profusamente lo estudiaron, incorporándolo a su propia tradición. Además, a partir de Aristóteles, ya no será posible estudiar la amistad sin detenerse en sus aspectos morales. Nada de esto aparece en Facebook y otras plataformas telemáticas contemporáneas en las que la amistad es solo una denominación barata, en algún caso cierta, y en la mayoría, un atributo impropio que la multimillonaria compañía astutamente emplea porque sabe que en este mundo —y en cualquiera— pocas cosas tienen el prestigio de la amistad.

david-cerda-y-daniel David Cerdá, Sevilla, 26 de febrero de 2017

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