El tercer velo (advenimiento de Trump: América, año cero)

hch-freud-museum HCH 13 / Noviembre 2016

El tercer velo (advenimiento de Trump: América, año cero), por David Cerdá

Alétheia es el término que el griego clásico tiene para la verdad. Su etimología remite al acto de des-ocultar el ser auténtico de las cosas, a un desvelamiento. La realidad es lo que es, y la verdad consiste en retirar todo lo que la emborrona y nos escamotea su aspecto; eso quiere decir el vocablo. Implica cierta epistemología, bastante precisa, por cierto, que en occidente nos viene de Parménides y llega hasta Heidegger, y en oriente tiene una base fuerte en el hinduismo. En todo caso, y en sentido lato, todo proceso de verdad recuerda a este aspecto: llegar a saber comporta retirar engaños e imposturas y obstáculos; desnudar al emperador del cuento.

Hoy, día 0 de la era Trump, es un día infausto para muchos. No deja de oírse el crujir de huesos y el rechinar de dientes porque un tipo de peinado imposible, machista, xenófobo, faltón y zafio se haya aupado al trono de la nación más poderosa de la tierra. Lo que pega, supongo, especialmente entre quienes se nos tiene por élites intelectuales (y a mí que me registren: tengo escrito que un filósofo es, antes que un pensador, un vividor), es que acompasemos este aullido de fondo y nos rasguemos la camisa y anunciemos como el resto que ha llegado el Armagedón. No cuenten conmigo. Tampoco vengo a decirles que son buenas noticias, porque no soy tonto. Lo que voy a tratar de explicarles es que el mensaje que nos trae la elección de este impresentable, antes que alarmante, resulta revelador.

El siglo XXI nos está ofreciendo un striptease de eso que llamamos «globalización», que viene a ser algo así como el campeón mundial de los términos políticamente correctos, o, dicho de otro modo, del atropello y la injusticia vestidos de hipocresía y buenos sentimientos. Abro paréntesis: la globalización del comercio y la ciencia y la tecnología nos ha deparado un abundante e indubitable progreso. Pero, cierro paréntesis, la globalización como sistema mundial de reparto del pastel económico y de quién se reparte los beneficios y quien los derechos, que es el sistema político que esencialmente entrevera nuestro mundo, es lo que se está quedando en cueros. John K. Galbraith, enorme economista que asesorase a Roosevelt y Kennedy, lo tenía tan claro que dijo esto:

(la globalización) es un término que nosotros mismos, los americanos, inventamos para disimular nuestra política de avance económico en otros países y para tornar respetables los movimientos especulativos del capital.

Ampliemos, si les parece, el ámbito de responsabilidad para incluirnos al resto, Europa en su parte, Canadá en la suya, Rusia desde que se subió al carro, etcétera. La globalización es eso: una pragmática del reparto del pastel de los recursos mundiales. Una idea que conjuga la democracia como sistema político, el capitalismo, y una compleja ideología sobre el progreso, la seguridad del mundo, hasta dónde ha de llegar la libertad, y qué curso tiene que seguir el planeta. Y todo eso, desde que comenzó el siglo, está revelando sus hechuras, su extrema fragilidad. Todo lo que era sólido, que diría Muñoz Molina, se está demostrando líquido o de latón.

El primer velo se nos cayó el 11 de septiembre de 2001. Creíamos que nuestro mundo era seguro; que, aunque en el mundo no occidental y por lo tanto no civilizado hubiera guerras y hambrunas y atentados nosotros no estábamos expuestos a tal devastación. Bastó que dos aviones atravesaran dos torres y murieran un par de miles de seres humanos (no nos damos cuenta de que baja es esa cifra en términos de conflictos mundiales) para que el sueño de la paz y la seguridad mundial se derrumbarse. La globalización, supimos entonces, no significa seguridad.

El segundo velo cayó el 15 de septiembre de 2008. Creíamos que nuestro sistema económico era sólido, pujante, invencible, que el ladrillo era seguro y la banca un refugio, hasta que uno de los mayores bancos del mundo se declaró en quiebra y hubo que rescatarlo, y de golpe y porrazo todo el dinero que nunca hubo para aliviar a los pobres afloró. Siguieron recesiones, gente que no tenía para comer, familias en las calles, y nació una categoría nueva de trabajador que ya no volvería a trabajar. La globalización, quedó claro, tampoco significa ineluctable prosperidad.

Hoy, 8 de noviembre, ha caído el tercer velo. El que decía que el progreso y la seguridad asegura la razonabilidad de los pueblos; el que entendía que la democracia era una salvaguarda contra los dirigentes chusqueros, una vacuna inefable contra los mandatarios estúpidos y la regresión. Resulta que en la crème de la crème del mundo pasa lo que en Grecia o en España y antes pasó en sitios como Siria o Paquistán: que hay un montón de gente que se siente expoliada y traicionada por la globalización, gente a la que las cuentas ya no le salen. Y lo que va a seguir es una recentralización de los Estados Unidos y el resto, el fin de la mentira de que todos vamos en el mismo barco y no pretendemos más que la ilustración del pueblo y la felicidad para el mayor número. Inglaterra ya se ha abandonado el sueño europeo, le seguirán otros, los nacionalismos beligerantes seguirán subiendo, y al final se desvelará del todo que la globalización no es solidaridad sino egoísmo, y que quienes han defendido que el progreso científico y tecnológico solventa sin problema alguno el resto de males, arrastrando el avance ético y produciendo una mayor justicia como un subproducto, creían en una torpe ilusión.

La buena noticia, por supuesto, es que sin verdad no hay cura posible para el enfermo. Falta todavía que caiga un velo, seguramente el más dramático, el medioambiental. No me gusta jugar a Nostradamus, pero esta vez correré el riesgo: no pasarán diez años, tal vez ni cinco, antes de que sea inopinable que o cambiamos el paso o no habrá fiesta de graduación para nuestros nietos. Ese día, me temo, lo de Osama Bin Laden y lo de Trump y lo de Lehman Brothers nos parecerá una broma. Pero, y esto es lo que de verdad importa, ya no podremos escondernos, ni seguir discutiendo si son galgos o son podencos.

Recuerden que al emperador del cuento lo descubre un niño. Las nuevas generaciones, nuestros hijos, van a tener que vivir sin milongas. Nadie sabe qué resultará de ello, pero conocer la verdad es siempre el principio. Tiene pinta de que vivirán mucho peor que nosotros: lo harán, en cualquiera de los casos, con los ojos mucho más abiertos.

david-cerda-y-daniel David Cerdá, Sevilla, 8 de noviembre de 2016