El patito feo

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El patito feo, por Juan Guillermo Tejeda

En los enmarañados y agrestes jardines de una casa de verano danesa rodeada de un foso con aguas de color verde amarronado o según algunos amarillentas, palúdicas casi, con burbujas de aire emergiendo aquí y allá entre restos podridos de peces, una pata empollaba sus huevos. Llevaba muchas semanas en ello y cabeceaba de tedio. Los demás patos preferían nadar y sumergirse en las cenagosas aguas del foso antes que ir a conversar con ella.

Finalmente los huevos empezaron a crujir y se abrieron uno tras otro. Al asomarse, cada patito decía cuic, cuic, y mamá pata orgullosa les respondía cuec, cuec, estableciéndose de ese modo tan natural el vínculo temprano que según se ha sabido es relevante para el desarrollo emocional de una vida adulta en pareja.

Los patitos aprenden todo muy rápido, es decir que salen del cascarón caminando y hablando (a su modo), cosa que a los humanos nos cuesta varios años, aunque también es cierto que jamás aprenden a escribir. A ellos no les importa, porque carecen de dedos.

—¡Oh, qué grande es el mundo! —exclamaron los patitos. Y ciertamente disponían de un espacio mayor que el que tenían dentro del huevo.

—Esto no es nada —exclamó mamá pata, explicándoles con voz temblorosa que más allá del jardín los esperaba el bosque repleto de depredadores, por ejemplos los jabalíes, o las serpientes, o los zorros, o los tejones, y luego la carretera por donde pasaban veloces unos vehículos aun más letales, y para qué decir de las ciudades repletas de restaurantes especializados en pato a la naranja, maigret de pato y otros platos tan finos como espantosos.

—Y aun más allá —prosiguió— amplias zonas de bombardeo, depredación, guerra bacteriológica, asesinatos masivos, campos de tortura, rapiña, acumulación insensata de riquezas, desigualdades, pandemias diversas, cambio climático, sacerdotes turbios, políticos corruptos, empresarios insaciables, jóvenes parasitarios con ínfulas de rebeldes, programas de televisión vendidos a sus auspiciadores, ideologías totalitarias, redes sociales espías, vecinos indiferentes y naturalmente dispuestos a la envidia o a la delación…

Al conocer estas malas nuevas los patitos intentaron regresar a sus huevos pero vieron con desaliento que estaban rotos y resultaba imposible reconstituirlos. Sólo estaba entero el último de los huevos, muy grande en verdad, con una forma extremadamente abombada y un tono sombrío.

Una vieja pata muy proclive a meterse en vidas ajenas le comentó a la pata empolladora que ese huevo tan raro podía ser de pavo o incluso de ñandú, un ave que jamás había visto y de la que tenía las peores referencias. Mamá pata no hizo caso de estos cuentos y continuó, digna, empollando. Por fin empezó a crujir y se rompió el huevo. La pata vio lo grande y feo que era aquello que salía de dentro, y exclamó:

—¡Dios mío, qué patito tan deforme! No se parece a ninguno de los otros.

No quiso por tanto establecer vínculos tempranos con aquella cosa de plumaje denso, oscuro y punzante, triste la mirada y que apenas si sabía emitir un sonido del tipo coucs, coucs, del cual le irritaba a la pata sobre todo la “s” final, tan cursi. Nunca nadie, en su familia, había jamás emitido un graznido de ese tipo.

Al otro día hizo un tiempo maravilloso. El sol resplandecía en las verdes hojas gigantescas, y por entre las hierbas cubiertas aun de gotas de rocío que asomaban por entre raíces o protuberancias rizomáticas, se relacionaban entre sí, cada cual a su modo y siguiendo su instinto, gusanillos con termitas, larvas con escalopendras, babosas con escarabajos, huevos de insectos con reptiles minúsculos, desplegando la naturaleza de ese modo misceláneo sus mágicos atributos.

La mamá pata se acercó al foso con toda su familia y, ¡plaf!, saltó al agua.

—Cuec, cuec —llamaba. Y uno tras otro los patitos se fueron abalanzando tras ella. Cuic, cuic, decían los patitos, aunque no todos porque el último, el feo, insistía en decir su famoso coucs.

Todos, incluso él, nadaban con gran habilidad y elegancia, en diversos estilos, por lo que mamá pata despejó la posibilidad de que fuese un pavo. Empezó entonces a encontrarlo guapo, decidiéndose a establecer con él si no la totalidad, al menos una porción prudente de vínculos tempranos que por lo demás ya no era tan tempranos, aunque para el afecto jamás es tarde.

Salidos del agua se ducharon y fueron luego a dar un paseo en formación geométrica, marchando delante la orgullosa pata y detrás los patitos con el patito feo rengueando a la cola, pues tenía un andar desgarbado. Alterna …ron un poco con otros patos, que se encontraban más allá de un seto de flores peleando por la cabeza de una anguila.

Dos de esos patos enrabiados le propinaron uno que otro picotón como lateral al patito feo, aduciendo que al ver algo no convencional se disparaba en ellos un impulso animal homogenizante, depurador, que les era irresistible. Algunos patitos recién nacidos sintieron eso mismo y también picotearon un poco o pisotearon a ritmo de rumba, para divertirse, a su atribulado y presunto hermano, que pese a ser más grande no atinaba a defenderse.

Peores se les fueron poniendo las cosas al patito feo a medida que transcurría el día. Con las gallinas y pollos le fue pésimo (no vale la pena consignar aquellas humillaciones sin fin) y para qué decir con una bandada de cuervos que en sus picos cargaban unos unas joyas y otros unos ojos quitados de las órbitas de un cervatillo recién muerto. Al ver al pobre pato no pudieron contener la risa y dejando caer sus presas se abalanzaron con gran entusiasmo sobre él. En eso estaban cuando dos gansos de gran tamaño… (CONTINUARÁ…)

GUI-ANTONIA-ITAY Juan Guillermo Tejeda, Santiago de Chile, 5 de noviembre de 2015

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