La vida personal vista como crédito otorgado por el propio beneficiario: el final de Cesare Pavese y su prolongada preparación en el diario, El oficio de vivir

HCH-12-MAIMONIDES HCH 12 / September 2016

La vida personal vista como crédito otorgado por el propio beneficiario: el final de Cesare Pavese y su prolongada preparación en el diario, El oficio de vivir, por Ángel Repáraz Andrés

1

       Aproximación fenomenológica perfectamente imposible a una situación desarrollada en la segunda planta de un albergo turinés hace ahora casi 66 años: su protagonista ha decidido la destitución de sí de una vez por todas. No ha cumplido los 42 años pero está poniendo en ejecución lo que habían estado sugiriéndole desde pronto sus voces interiores. Probemos entonces cuando menos a rescatar a Cesare Pavese de la filología, de las evocaciones compasivas, hasta de sí mismo; a quien, para alguien que lo conoció bien, Natalia Ginzburg, “fue uno de los hombres más apasionados, más humildes y menos cínicos que hayan pasado nunca por la tierra”[1]. Fue asimismo un importante agente en la vida editorial y cultural italiana y muy central en una red de amistades y relaciones que compusieron “la geografía de lo mejor que se ha dicho y escrito en Italia entre las dos guerras y también después” (O. Trioschi; algunos de sus amigos y colaboradores: N. Bobbio, L. Ginzburg, G. Einaudi, G. Pintor, G. Carlo Argan, V. Pratolini, I. Calvino). Sobre el color de algunos de sus días nos da idea cuatro años antes de su muerte una nota muy apodíctica del diario: “Lo que ha sido, será. No hay remisión. Tienes 37 años y todas las condiciones favorables. Tú buscas la derrota.”[2] En algún sentido con ese diario ha llevado Pavese lejos como pocos la funcionalización de sus saberes -literatura clásica y contemporánea, mitología y etnología, literaturas en inglés- al objeto de dar razón del curso de una vida que, lo supo siempre, acabaría por interrumpir. También acusa la sobriedad que reconocemos en Lucrecio o en Séneca, y está suscrito a un deseo de honestidad y claridad que certifican la anterior cita de la Ginzburg. Una inclaudicable autoexigencia, un programa ideal de vida regulado por una fuerte disciplina moral: su forma mentis recuerda mucho a la de Antonio Gramsci.

       El diario abunda en páginas iluminadas sobre su afán por hacerse con una poética y, más en general, valiosísimos apuntes sobre el desarrollo de su propia eficiencia como escritor, y muy perspicaces notas críticas. Al lado de eso, y con frecuencia que crece con el tiempo, aparecen confesiones sobre la propia emoción de vivir muy polarizadas en la insatisfacción (de El diablo sobre las colinas: “… se trata siempre de un tedio, de un vicio inicial, así nacen las cosas.”[3]) Pero Pavese puede también tener la madera de moralista de un Nietzsche o un La Rochefoucault cuando hace cuentas sobre sus días. 

2

       Es el año 1929, Pavese cursa el penúltimo año en la Universidad de Turín y aparece la que él ha llamado ‘la mujer de voz ronca’. Se llama Battistina Pizzardo, Tina, y, esto lo desconoce el estudiante, es activista del clandestino partido comunista. Tiene un carácter resuelto, es dura y voluntariosa: exactamente la mujer que él cree necesitar. El encuentro tendrá consecuencias. En 1930 Pavese presenta una tesis ‘Sulla interpretazione della poesia de Walt Whitman’, y se licencia con 108 puntos sobre 110. Frustrada la posibilidad de ir a la Columbia University, no deja de ocuparse de América; es desde muy pronto clarividente con su proyecto personal, y sabe orientar su actividad. Impone su precocidad cuando, por ejemplo, escribe sobre Melville o la Dickinson con 23 ó 24 años. Son años de intenso trabajo y, en un grado seguramente importante, de aceptación de sí; estudia, da clases particulares, y, como quien no quiere la cosa, se pone a aprender griego clásico solo. Por insistencia de la hermana, se inscribe (1932) también en el partido fascista. Gracias a él -y a Vittorini y a Cecchi, que desempeñaron un papel análogo- los trabajos de Melville, Dos Passos, Joyce, y después de G. Stein, de Faulkner y de Steinbeck comenzaron a circular en la Italia de Mussolini. En 1946, cuando recensione extensamente el American Renaissance de Matthiessen, ya es simplemente soberano.

3

       En mayo de 1935 es atrapado en una redada de la policía política -un chivatazo-, que se salda con unos 200 detenidos de Giustizia e Libertà, un grupo de intelectuales antifascistas. Las actas conservadas dejan claro que Pavese se condujo con decoro ante la policía y no comprometió a nadie. Pero en su domicilio se descubren cartas que, desde una cárcel romana, un camarada de Tina escribía a ésta; Pavese había accedido a recibirlas a su nombre para entregarlas después sin abrir a su verdadera destinataria. Es encarcelado y después desterrado a Brancaleone, en el sur; Tina le escribe alguna postal. Asimismo comienza el cuaderno de notas que será El oficio de vivir. Le publican el volumen de poesías Lavorare stanca, donde ha ensayado un lenguaje muy pegado a la grisura y el sinsentido en la vida de seres marginales. Son versos largos, narrativos, a ratos ‘sentenciosos’, con un ritmo muy aprendido en los hexámetros latinos y todo lo distantes que quepa imaginar del hermetismo a la moda (la edición ampliada es de 1943). (En noviembre de 1945, cuando se ha emitido por Radio Trieste un programa con partes del poemario, escribe al responsable: “Querido Apollonio, […] yo valgo infinitamente más de cuanto resulta de tu discurso. Mi libro no es solo un documento apreciable, sino gran poesía.”[4])

       Falta por llegar lo peor. Al año siguiente se le levanta inesperadamente el confinamiento y Pavese se presenta en Turín, en cuya estación le está esperando su amigo Sturani. La primera pregunta del recién llegado es por la inevitable mujer de la voz ronca. “No pienses más en eso”, le espeta, “está a punto de casarse”[5]. Pavese cae desmayado al suelo. Con su presciencia para las catástrofes, empieza a entender el mensaje del destino: nunca la protección cálida de una familia, nunca una mujer. Más tarde va a verla; el prometido es un polaco, pero él puede verla en más ocasiones antes del 19 de abril, día de la boda. Pavese le pide que se divorcie; maestro del autosabotaje, en sus exposiciones explota suficientemente sus propias miserias. Durante un año se repiten los encuentros. Tina cede puntualmente porque, dice, es chantajeada con amenazas de suicidio, hasta que su embarazo decide la ruptura. En su último encuentro, en julio de 1938, el escritor le entrega las páginas de El oficio de vivir. Ella se niega a leerlas.

       La guerra avanza y los bombardeos aliados aumentan, los alemanes tienen ocupada buena parte del norte del país y él, poniendo tierra por medio, encuentra refugio en casa de su hermana y una ocupación en Serralunga, donde da clases en un colegio de religiosos -tiene también una fugaz y poco clara recuperación de la fe infantil- y donde permanece con identidad falsa hasta la liberación. Se incorpora entonces al partido comunista, y comienzan sus colaboraciones en el diario ‘L’Unità’. Da noticia de ello a un amigo desde Roma en una observación al pasar de curioso laconismo: “Yo he regulado por fin mi posición inscribiéndome en el PC.” El artículo en el citado periódico que inaugura su nueva condición de autor comprometido -20 de mayo de 1945- lleva por título Regreso al hombre. Mondo supone razonablemente que entre los motivos de su adhesión al “movimiento popular” ha tenido que encontrarse la batalla contra sus propios males. Traduzcamos: la mala conciencia. La batalla tiene un éxito parcial, por supuesto episódico, toda vez que a principio de 1946 se confiesa: “¿Eres feliz? Sí, eres feliz. Tienes fuerzas, tienes ingenio, tienes cosas que hacer. Estás solo. […]. No has luchado nunca, recuérdalo. No lucharás nunca. ¿Cuentas algo para alguien?”[6] El reconocimiento público es de esta época; en mayo de 1948 le ofrecen la colaboración en la ‘página tres’ de ‘Il Tempo’, de Roma (que rechaza); el ‘Mercure de France’ publica una crítica de El bello verano y le llega noticia de que en Gallimard hay interés por traducir cosas suyas.

       Se producen rupturas, que lo reafirman en su pasión por la via dolorosa. Hay un distanciamiento de su exprofesor de italiano Augusto Monti, muy importante en su formación primera. En febrero de 1950 es objeto de un rapapolvo en el partido: “’Pavese no es un buen camarada’… Intrigas por doquier. Sucias maniobras que serán luego las palabras de los que más quieres.”[7] (‘Buen camarada’ no podía serlo, y las causas tampoco podían ser entendidas por los stalinistas). Un camarada sin embargo que hacía análisis cuya pertinencia no podía pasar por alto el duro secretario general: “[…]. Ahora bien, en esta actitud hay un peligro latente, que es el de ‘ir hacia el pueblo’. Sobre todo en Italia. Hacia el pueblo van los fascistas, o los señores. ‘Ir’ hacia él implica disfrazarlo, convertirlo en objeto de nuestros gustos y de nuestras condescendencias. La libertad no es eso. No se va ‘hacia el pueblo’. Se es pueblo.”[8] En enero había hecho un viaje corto a Roma y el día 1 consigna: “Roma calla. Ni las piedras ni las plantas dicen gran cosa. […]. La historia habitual. También dolor, el suicidio haciendo vida, estupor, tensión.” En ese estado de ánimo conoce a Constance Dowling, una actriz americana que había trabajado en Riso amaro con Vittorio Gassman y Raf Vallone. Se enamora.

       Ese año ve también la luz una revista comunista de cierto rango, Cultura e realtà; y en el número primero inserta Pavese un trabajo sobre el mito, muy viquiano, que no gusta entre los comunistas de las alturas. La dirección del PCI se pone en guardia; un artículo sin nombre publicado en ‘Rinascita’, con probabilidad alta de la pluma de Palmiro Togliatti, arremete contra la nueva publicación, poco sensible, se estima, a los sufrimientos y las esperanzas de la clase obrera (aunque al mismo Togliatti le había gustado mucho La luna y las hogueras). Entre tanto, Connie, en Roma, no contesta a sus cartas; ¿ignoraba Pavese que estaba liada con un actor? Como en otras fases de depresión, se presenta otra vez el conocido horizonte monotemático: “Uno no se mata por el amor de una mujer. Uno se mata porque un amor, cualquier amor, nos revela nuestra desnudez, miseria, indefensión, nada.”[9] Y compone entonces algo parecido a un diario poético, los once poemas líricos, casi todos en inglés, que aparecerán a poco de su muerte bajo el título Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. La dominante en la depresión es ahora la nota resignada. Puede que en esos días haya sido también relevante para él otro eco mortuorio: el 1 de abril de 1950 pone fin a su vida en Boston su muy admirado F. O. Matthiesen.

       El premio Strega que recibió en junio de 1950 no lo saca a flote. Vuelve a escribir a Connie con tonos de humildad desesperada: “Dearest, don’t be cross, if I am always speaking of feelings you cannot share. At least, you can understand them. I want you to know that I thank you with all my heart. The few days of wonder I snatched from your life were almost too much for me – well, they are past, now horror begins, bare horror and I’m ready for it. The prison door has banged again.”[10] La puerta de la prisión ha vuelto a cerrarse, en efecto, y él ha quedado atrapado dentro. De nuevo los automatismos; el 13 de mayo cita su “viejo pensamiento” y su “antigua tradición”. La política, además, introduce otras turbulencias, que lo aplastan. El 27: “La respuesta es una: suicidio.” En Feria de agosto había confesado un personaje: “Las humillaciones me quedan impresas más que las satisfacciones. Soy como un niño.”[11] Y el 18 de agosto, el último día con registros del diario: “Siempre sucede lo más secretamente temido.”[12] Muy en especial cuando no ahorramos esfuerzo en buscarlo.

4

       El diario constituye una forma mestiza de la literatura, y de ahí su atractivo. Así, Trotski en el exilio: “La ventaja de un diario, lamentablemente la única, consiste precisamente en que permite a uno no sentirse ligado a ningún tipo de compromisos o reglas literarias.”[13] Registro contable del deslizarse de una vida, destilado de un alejamiento del mundo, imagen narcisista en el espejo, confesión de una subjetividad: en cualquiera de sus formas, puede suponerse, las páginas del diario compondrán un dibujo con algún sentido de los días de la vida de quien lo escribe. ¿Cuál sería el lugar de Pavese aquí? Seguramente no muy lejos del de Kafka, enriquecido en ambos casos con componentes de lo que se ha llamado diario-taller de escritor. Pavese, muy poco enfático, necesita conversar con ese tú hipostasiado al que juzga (o que lo juzga) sin descanso. En 1940 se hacía ilusiones: “El interés de este diario sería el imprevisto repulular de pensamientos, de estados conceptuales, que de por sí, mecánicamente, indica los grandes filones de tu vida interior. […]. Hay una confianza metafísica en este esperar que la sucesión psicológica de tus pensamientos se configure en construcción.”[14]

5

       Está la sobada cita de Camus: “No hay sino un problema filosófico realmente serio: el del suicidio. Juzgar si la vida vale o no la pena de ser vivida es responder a la cuestión fundamental de la filosofía.”[15] Aunque estos enunciados son incontrolables en su validez si no acordamos una definición de ‘filosofía’, parecen hechos a la medida exacta de Pavese, adicto desde siempre al acto libre – aunque a Ringel no se lo parezca (tampoco le gustaba una forma alemana muy usual para el suicidio, Freitod: la utilizada por Jean Améry, por lo demás). Fue una cálida noche de fin de agosto de 1950 cuando “su disposición interior, su consciencia intencional”, para decirlo con los fenomenólogos[16], ha llegado al punto de afirmar su trascendencia. No se puede decir mejor a como lo hizo el helenista Untersteiner al poco de conocer el final del amigo: “L’epigrafe che scrisse sul libro di Leucò – a me particolarmente caro – è qualche cosa che stupisce: io sento la potenza di quel Va bene? (che io vedo nella sua calligrafia): è una parola di dominio e di fermezza.

E di distacco.

[…]. L’ultima parola di Pavese mi sembra luminosa di una moralità altissima.”[17]

       La luz estaba encendida cuando el empleado del hotel irrumpió en la habitación hacia las 20:30: parece por tanto probable que el asalto final de la depresión endógena, o como se desee apellidar su estado habitual en los meses previos, se produjera durante la noche anterior. Casi vestido y tumbado en la cama, con la ayuda de las bolsitas de somnífero había enfrentado la experiencia humana impensable, “[…] que ciertamente nunca se consuma sin mediaciones [Bezüge] sociales, pero en la que, sin embargo, a la postre el ser humano está solo consigo, [y] ante la cual la sociedad ha de guardar silencio.”[18] (Aquí se le escapa a Améry una ingenuidad: en un humano la sociedad no puede quedar atrás porque la llevamos inseparablemente con nosotros en la lengua y en los monólogos que nos acompañan de continuo; también las frases que Pavese dejó escritas son perfectamente sociales – y también las que dejó el propio Améry). En la mesa de su despacho en la editorial se encontró poco después, aparte de algunos poemas, El oficio de vivir. Por si hiciera falta, dejaba bien claro que desde pronto le había dado carácter de testamento, y hasta había encargado su mecanografía a una secretaria (uno de sus últimos amores tristes).

       Pulcritud taxonómica del especialista: Durkheim ha escrito sobre el suicidio egoísta, el anómico, el razonable, el fatalista (y el neurasténico es el tipo psicológico más extendido entre los suicidas, establece; algo que podríamos admitir si supiéramos qué se entendía por ‘neurasténico’ en París hacia 1897). Con 18 años Pavese se veía “incapaz, tímido, perezoso, incierto [malcerto], débil, medio loco”. La componente de autodestrucción fraguó sin duda pronto en la substancia misma de la persona que fue. Y la alimentó donde pudo. En 1926 y en poco tiempo se producen dos suicidios de compañeros suyos del instituto, que le eran cercanos. Pavese queda anulado y “la fiebre del vicio absurdo” (Mondo) le sube unos cuantos grados durante semanas; ¿habrá que recordar aquí a Meynard con su “constitución suicidógena específica”? (Lo de vizio assurdo merece una mención. Lo utilizó Lajolo en el título mismo de su excelente monografía, y Lajolo por su parte lo había adoptado de una de las citadas últimas poesías pavesianas: “Verrà la morte e avrà i tuoi occhi – / questa morte che ci accompagna / dal mattino alla sera, insonne, / sorda, come un vecchio rimorso o un vizio assurdo.”)

       Es como si en este diario -que, dato interesante, contiene múltiples referencias internas, retrospectivas- se acabara por producir la reasunción de una vida en la escritura: el yo escrito como auténtico ‘texto autoritativo’. La frase de un personaje de Unamuno es algo brutal, pero nos lleva todo lo lejos que se puede ir con Pavese: “los suicidas lo son de nacimiento.”[19] Algo, efectivamente, en los mecanismos internos de este hombre débil se había quebrado; una madre autoritaria, un padre que muere cuando él tiene 6 años: ofertas de interpretación para los psicólogos. Como quiera que sea, no pierde ocasión en el diario para aplicarse el flagelo; en abril de 1936: “Nunca he trabajado de verdad y, en realidad, no sé ningún oficio.”[20] Pero esto lo está escribiendo con 27 años quien era ya un consumado americanista y un traductor reputado. Una entropía fatalmente positiva arrastraba esta vida, que fluía irresistiblemente hacia el sumidero. Contrástese con el Trotski de por esas fechas (1935): es el diario por completo político de un ser intenso, redactado además en un momento personal horripilante: todo -lo cotidiano, las lecturas, la evocación de personalidades con las que ha tenido que ver- resulta referido al centro de esa vida, la pasión política.

       De acuerdo con Calvino, que tuvo amistad con él, en la posguerra y con la apoyatura moral de sus clásicos Pavese pretendió recuperar lo que no hizo durante la resistencia. De sus clásicos y de sus mitos privados; de una carta de agosto de 1945: “También yo soy por entero campesino de origen y de gusto, pero impenitente urbanita [cittadino] en cuanto a la vida.”[21] Un urbanita que nunca tuvo casa propia (siempre vivió con la hermana y la familia de ella) y a quien el reencuentro con sus colinas podía conmover profundamente. Puso letra en el diario a las vibraciones de lo que llamó su salvación -sus dudas, su vivirse indignamente al amparo de la literatura-; salvación que él había situado en el matrimonio, en la aceptación de su persona por una mujer. La cosa no podía funcionar porque, ya lo sabemos, su propia realidad era entendida como resultado necesario de la vida anterior, que le privaba de cualquier grado de libertad (“La pesadilla de la vida es este raíl que nuestras decisiones nos ponen bajo las ruedas.”[22]) En el poema Last blues, to be read some day, último de Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, encontramos una curiosa fantasía de su supervivencia en la memoria ajena:

Some one has died

long time ago –

some one who tried

but didn’t know.

¿Qué, cómo lo intentó?, ¿y qué es lo que no supo hacer?, ¿vivir sin más?

6

       Lo que ocurrió en el albergo Roma estaba en la fuerza de las cosas. Porque el escritor tercamente se obturó siempre el posible camino a la libertad. Ahora bien, poco después de su muerte se produjo una sorpresa con el descubrimiento de sus apuntes de la guerra, 29 hojas pequeñas redactadas entre agosto de 1942 y diciembre de 1943. Y donde, por ejemplo, encontramos: “Una guerra tan rica en traiciones denota una época revolucionaria. Como en los tiempos de Napoleón. […]. Nosotros hemos entrado en guerra poco preparados y sin embargo hace dos años que resistimos (agosto de 1942). ¿Quién lo diría? Cuando se acabe, tendrás que revisar todas tus ideas sobre el alma nacional. ¡No sabías que existía y aquí está! […] ¿Será verdad que M[ussolini] siempre tiene razón? Cuando se acierta, se tiene razón.”[23] Y también: “El f[ascismo] es esta disciplina. Los italianos farfullan pero al fin y al cabo les sienta bien. […]. La otra guerra fue la guerra de los pueblos. Ésta es la guerra de las personalidades. Los italianos de M[ussolini], los alemanes de H[itler], los españoles de Franco. Una vuelta a la concepción épica. Recurso viquiano.”[24] No falta la admiración por la Alemania agresora y por la disciplina que saben poner en juego los alemanes, que él asocia a su personal mitología (“Boden und Blut – ¿se dice así?”[25]). Pavese participa de la ilusión de la victoria militar de los ejércitos de Hitler y no “se deja turbar por las noticias sobre la crueldad de los alemanes (aunque evidentemente no puede conocer la existencia de los campos de concentración).”[26] Nada de inmadurez: éste es (también) Pavese, un Pavese en absoluto antifascista todavía en 1943. Un capítulo más para la historia del flirteo de los intelectuales con la inhumanidad: y en absoluto de los peores.

       En sus circuitos mentales del remordimiento él habrá visto esas páginas suyas como una mancha indeleble. Pero su fuerte no era exactamente el instinto político; fundamental para Pavese era la infancia, su elaborada prehistoria personal. El sol de los veranos lejanos, los viñedos virgilianos, sus colinas piamontesas: murió en su mito, que él pensaba inconciliable con el mundo de los demás. El diario, los relatos, la poesía que dejó son también en él “fragmentos de una gran confesión”, confesión de una vida cuya estructuración emocional lo preparó para el final que él mismo acabó por provocar. Pero también fue una vida estoica como commentatio mortis; abril de 1936: “Sólo así se explica mi actual vida de suicida. Y sé que estoy condenado para siempre al suicidio ante todo obstáculo y dolor.”[27] Obsérvese: “mi actual vida de suicida” de nuevo en un hombre de 27 años; la commentatio se había hecho pronto sangre propia. Poco después encontramos sin embargo un registro de moralista: “El pecado no es una acción en vez de otra, sino toda una existencia mal ensamblada.”[28] Sin meterme en complejidades sobre lo que bien podría ser un existenciario para cualquiera, justo aquí, me parece, está mucho de su vivirse trágicamente. Ante el juez que era su superyó esa vida “mal ensamblada” había perdido la partida de antemano, y la instancia no admitía recursos.

ÁNGEL-REPÁRAZ Ángel Repáraz, Madrid, abril de 2016

7 Bibliografía utilizada

Para las obras de Pavese y demás autores va entre paréntesis el año de la primera edición original.

Améry, Jean, Hand an sich legen. Diskurs uber den Freitod. Stuttgart: Klett-Cotta, 1976 (1976).

Bernabò, Graziella, “Dietro il velo di ‘Leucò’: Pavese, Untersteiner e il mito”. En: Atti Acc. Rov. Agiati, a. 259 (2009), ser. VIII, vol. IX, fasc. I.

Camus, Albert, El mito de Sísifo. Madrid: Alianza, 2004 (1942).

Durkheim, Émile, El suicidio. Madrid: Losada, 2004 (1897).

Ginzburg, Natalia, “Retrato de un amigo”. En: Las pequeñas virtudes. Barcelona:    Acantilado, 2009 (1962).

Ginzburg, Natalia, “Respetar a los muertos”. En: Las tareas de casa y otros ensayos.        Barcelona: Lumen 2016 (1990).

Mondo, Lorenzo, Aquel antiguo muchacho. Vida de Cesare Pavese. Pollença: Sol de Ícaro, 2006 (1961).

Lajolo, Davide: Il vizio assurdo. Storia de Cesare Pavese. Turín: Daniela Piazza, 2008 (1960).

Meynard, L., Le suicide. París: Presses Universitaires de France, 1970.

Pavese, Cesare, Feria de agosto. Buenos Aires: Ediciones Siglo Veinte, 1968 (1946).

Pavese, Cesare, Lettere (1926-1950), volumen 2. Turín: Einaudi, 1977.

Pavese, Cesare, El diablo sobre las colinas. Barcelona: Salvat, 1982 (1949).

Pavese, Cesare, El oficio de vivir. Madrid: ‘El País’, 2003 (1952).

Pavese, Cesare, El bello verano. Valencia: Pre-Textos, 2006 (1949).

Pavese, Cesare, La luna y las hogueras. Valencia: Pre-Textos, 2008a (1949).

Pavese, Cesare, La literatura norteamericana y otros ensayos,   prólogo de Italo     Calvino. Barcelona: Lumen, 2008b (1951).

Ringel, Erwin, SelbstmordAppell an die anderen. Múnich: Kaiser, 1984.

Togliatti, Palmiro, Il Partito. Scritti e discorsi. Roma: Sezione centrale stampa e propaganda (PCI), 1973.

Trioschi, Olivia, “Cesare Pavese e la ricerca della realtà simbolica”.

Trotski, Leo, Tagebuch im Exil. Múnich: dtv, 1983 (escrito en 1935).

NOTAS

[1]   Ginzburg (2016: 430).

[2]   Pavese (2003: 371).

[3]   Pavese (1982: 30).

[4]   Pavese (1977: 505).

[5]   Aquí discrepan las variantes del relato. Según otra se había casado la víspera de la llegada de Pavese.

[6]   Pavese (2003: 373).

[7]   Pavese (2003: 469).

[8]   Pavese (2008: 296 y s.).

[9]   Pavese (2003: 451).

[10] Pavese (1977: 715).

[11] Pavese (1968: 8).

[12] Pavese (2003: 482).

[13] Trotski (1983: 18).

[14] Pavese (2003: 210).

[15] Camus (2004: 8).

[16] Meynard (1970: 13).

[17] Bernabò (2009: 271).

[18] Améry (1976: 284). La cursiva es de Améry.

[19] En el cuento “Una tragedia” (1926).

[20] Pavese (2003: 44).

[21] Pavese (1977: 496).

[22] Pavese (2003: 266).

[23] Citado en Mondo (2006: 89 y s.).

[24] Citado en Mondo (2006: 91).

[25] La fórmula correcta aliterada es Blut und Boden, como se sabe.

[26] Mondo (2006: 92).

[27] Pavese (2003: 45).

[28] Pavese (2003: 54).