La Universidad nerd

 HCH 6 / Septiembre 2015

La Universidad nerd, por Juan Guillermo Tejeda

Las universidades son, desde el siglo 13 europeo, y desde las postrimerías de la era colonial en América, el reino oficial u oficializado del conocimiento. Fueron mayormente públicas, hoy ya no, y las fronteras que antes había entre lo público y lo privado se han hecho borrosas. Se supone en todo caso que la sociedad, mediante mecanismos diversos, sostiene estos espacios donde los especialistas debidamente jerarquizados investigan o crean, y los más jóvenes aprenden.

Investigar, crear y aprender son actividades que los humanos acometemos por naturaleza, incesantemente a lo largo de la vida. Según John Holt somos animales curiosos, necesitados de saber cosas, y crear algo nos brinda siempre un placer especial. Los problemas comienzan (lo muestra brillantemente Ivan Illich) cuando el espacio educativo, en este caso universitario, se institucionaliza, se jerarquiza, y se propone reglamentar mediante protocolos rígidos las operaciones naturales de investigar, crear y aprender. Lo que ocurre durante esas operaciones es que el fin declarado de la institución –el saber– se cambia por otro, que es finalmente la pervivencia de la casta administrativa, el mantenimiento en el tiempo de la institución, y lo demás da un poco lo mismo.

Desde que operan en el mundo las reformas a la universidad impulsadas hace treinta años por la señora Thatcher, Reagan y Pinochet, nos encontramos con un sistema –hoy globalizado– cuyo principal afán es financiarse y brindar servicio a sus clientes, para lo cual los actores académicos necesitan exhibir indicadores. De otra manera no hay sueldo para ellos. Los indicadores son una especie de dinero o fichas de pulpería con los cuales se compran recursos en el mercado del sistema universitario.

La clientela universitaria de hoy no es ya un grupo de seres de elite preocupados por el conocimiento, sino una masa de personas justamente ansiosas de validarse como miembros de un amplio segmento social transversal con acceso a los bienes que forman el equipo o kit del buen vivir contemporáneo: casa propia, auto, conexión a internet, smartphone, ropa de marca, educación privada para los hijos, ausencia de obligaciones en el trabajo manual, etc. Para este público la universidad funciona como una plataforma de promoción e inclusión, y así lo ven los políticos y en general la sociedad. Un curso o un grado, en este contexto, no tienen más sentido que sumar puntos para obtener las certificaciones que consolidan aquel estatus. Las dinámicas propias de la generación, transmisión y conservación del saber poco interesan en el nuevo esquema dominante.

Dentro de esta floreciente industria así instalada, los académicos operan como modestos proveedores del sistema, y deben a su vez validarse constantemente aportando a sus instituciones aquellas acciones y productos que sirven para sumar puntos. Se validan los clientes (estudiantes), se validan los proveedores (académicos) y se valida a su vez la institución-empresa (la universidad). Todas estas validaciones son administrativas, arbitrarias, a la manera de los puntos de un juego de cartas.

El académico como caballero andante, pionero, descubridor o conquistador de nuevos territorios siempre inciertos que se van agregando a lo que la humanidad conoce, ha sido reemplazado por este afanoso proveedor de servicios que es el académico evaluado, calificado, jerarquizado, acumulador de millaje académico, pasivo jugador de un sistema de reglas impuestas por burócratas y por formularios. Un alumno más del colegio en el cual se ha ido convirtiendo la universidad, antes refugio de los espíritus libres. Los estudiantes son hoy clientes, y el fangoso reino del comité, que obstaculiza sin producir, ocupa y tapona el espacio de la libertad.

Los indicadores que se imponen hoy en el sistema tienden a ser cuantitativos y estandarizados, porque de otro modo no podrían las autoridades políticas y económicas asignar recursos a lo que se va haciendo dentro de las universidades. Categorías como “interesante”, “cálido”, “participativo”, “público”, “emocionante”, etc., no son útiles para la asignación de recursos, en cambio sí lo son las cuantificaciones del tipo “tasas de retención”, “número de doctorados”, “edad promedio”, “papers publicados en revistas indexadas”, “citaciones”, etc.

En esta cultura de indicadores que opera como combinatoria de partículas, la identidad moral de las instituciones se desintegra: ante un dato mensurable como “cantidad de papers publicados en revistas indexadas en el último semestre” da igual que estemos en unauniversidad pública, o privada, o religiosa, o militar. Los números reemplazan a los valores, y el dinero público sigue magnéticamente al dinero privado.

En esta guerra diseminada, quienes construyen las tablas de indicadores y redactan los formularios del caso son los que retienen el poder y controlan el esfínter del sistema. Las universidades se guían hoy más por formularios que por cualquier otra herramienta, y en eso se parecen mucho al sistema médico, donde el doctor jamás mira a los ojos al paciente ni quiere escuchar cómo se siente, sino que se concentra en los resultados de los análisis, y antes de eso hay que pagar.

Está pendiente, quizá, un estudio de los formularios como herramienta de poder y como instrumento de perversión antojadiza de la realidad. Trozar la existencia reduciéndola a casilleros a cada uno de los cuales se ha asignado un valor de cambio constituye sin duda una operación audaz, y lo extraño es que esa metodología tan arbitraria goce de tan irresistible popularidad. Los formularios son instrumentos que permiten operar en la complejidad, pero los formularios son también las herramientas favoritas de las peores dictaduras. Al mismo tiempo, los formularios alimentan la burocracia y la burocracia es un mundo per se, y sobre eso las consideraciones de Max Weber o de José González García en su estudio bellamente titulado “La máquina burocrática: afinidades electivas Weber-Kafka”.

Las disciplinas científicas traducen de modo cristalino su empeño a través de determinados indicadores e instrumentos de medición. Sin embargo la traslación de esa metodología a disciplinas humanistas o artísticas resulta letal. Así, la vieja cuestión de la hipótesis, que es de gran utilidad en la investigación científica, resulta ociosa en el desarrollo artístico o literario. Lo mismo ocurre con aquello del problema. ¿Qué problema soluciona el diseñador de una nueva silla cuando el problema de sentarse está solucionado hace rato?

Pero si no llenamos como está mandado los casilleros del problema y de la hipótesis no es posible concursar a fondos, ni redactar informes, ni escribir papers, y entonces hete aquí que nuestros académicos de las áreas humanistas y artísticas se empeñan en llenarse de “problemas” y de “hipótesis” que jamás se han planteado, porque su auténtica inquietud intelectual es de otro tipo.

Se desliza así masivamente el mundo universitario al mortecino mundo de la simulación, o dicho simplificadamente, de la mentira. Mientras la verdad nos resulta siempre estimulante, la deshonestidad, aunque ocasionalmente atractiva en cuanto performance teatral, es finalmente fatigosa. Escuchar o evaluar mentiras es muy tedioso, si no irritante, y conduce a prolongar el estado mentiroso de las cosas.

Cuando en la creación de un diseño o de una pieza de teatro o de televisión pretendemos tener todo controlado de antemano, desafiamos el orden natural. La creación artística no opera de ese modo.

Paul Feyerabend, también Donald Schön, Nigel Cross en el área del diseño, y varios otros han querido refutar los métodos canónicos del trabajo académico tratando de validar por ejemplo aquello que durante el proceso se va haciendo y definiendo (“el conocimiento está en la acción”), pero la gracia de los métodos canónicos es que son inertes, estandarizados y eso le gusta a los ministros y a los funcionarios. Los esfuerzos de estos bravos refutadores epistemológicos han carecido hasta ahora de la fuerza testicular que sí fue capaz de mostrar la señora Thatcher, quien con sus políticas ha logrado destruir en tres décadas gran parte de la cultura europea de los institutos politécnicos y academias de arte que datan del siglo 17. Sobre esto hay un bonito libro de entrevistas a profesores de escuelas de arte europeas post Thatcher, se llama “ch-ch-ch-changes: Artists Talk About Teaching”, editado por John Reardon.

Pero entretanto hay que seguir viviendo. Los académicos que habitan en la falsedad exhiben indicadores visibles que delatan su traición valórica: cabelleras casposas, mirada opaca, oficinas sórdidas, conversaciones irrelevantes, vestimenta grisácea, gestos artificiales, cautela al decir, intriga al actuar, caminar ralentizado, atención siempre dispersa. Uno sabe, al hablar con uno de esos lagartos que somos o hemos sido un poco todos en esta universidad moderna que a ello nos obliga, que en aquel modo del discurso la verdad es apenas un acompañamiento anecdótico. Lo verdadero y lo real son categorías inciertas, y por ello escasamente atendidas.

Con tales modelos de humanidad autolesionada, los estudiantes no tardan en hacer lo mismo, cayendo también ellos en el opaco agujero de las notas, los intereses falsos, el lenguaje artificial, los trabajos absurdos, el copy/paste, la gesticulación a la medida de los evaluadores. La falta de espontaneidad es lo que caracteriza a las relaciones que hoy mayoritariamente se establecen en el aula y en las salas de reuniones o de trabajo, en los proyectos de título. Esos mismos espacios parecen ridículamente obsoletos en la cultura digital en que acelerada y burbujeantemente vivimos.

Una buena escuela o departamento se nota de inmediato por el modo como se mueve la gente, por su dinámica, y en el caso de las disciplinas artísticas o creativas por su productividad claramente visible, por su fecundidad, como anotaba Whitehead. El taller de Gaudí o el taller del Verrocchio mostraban el vigor de su hacer sin necesidad de planillas excel ni de papers. Los maestros de los talleres escribían, eso sí, algún tratado de vez en cuando, como lo hicieran Durero, o Leonardo, o Francisco Pacheco, o Vasari, o Kandinsky y Klee.

La universidad de hoy, sin embargo, premia a los nerds y castiga o ahuyenta a los espíritus creativos y a las almas dinámicas. El lenguaje entero de la universidad se ha vuelto insoportablemente nerd. No parece que nadie en el mundo coleccione papers o se los lleve a las vacaciones para leerlos o se los regale a un ser querido. El lenguaje y el fraseo positivista de los papers científicos es estiércol cuando lo llevamos al mundo de la creación artística. La creación artística es siempre nueva, sorprendente, y no arranca de hipótesis alguna. Tenemos al arte, apunta Nietzsche, para no morir a causa de la verdad. Pero eso no lo saben nuestros vicerrectores.

La verdad es insoportable (nos habla de nuestra fugacidad atroz, de cómo la muerte nos devora un poco más a cada acto de vida) y por eso ha sido arrojada fuera del sistema universitario, y el arte como sucedáneo soportable de esa verdad insoportable también está siendo barrido de allí.

Toda la basura de pruebas, exámenes y tesis con las que trabajamos en el ambiente académico no pasa en general de ser eso, basura. El conocimiento como algo que se debe demostrar en un test es un asunto lateral en la vida real. Las revistas indexadas son leídas exclusivamente por los autores de los artículos publicados, es decir que cada cual lee a lo sumo el suyo. Un comentarista especializado en educación superior del diario británico The Guardian hizo un cálculo somero de cuántos papers producen anualmente los académicos de todo el  mundo bajo la presión de los indicadores, y calculando que cada uno de esos papers ha sido aprobado y por tanto leído por un comité de tres o cindo integrantes, llegaba a unas cifras exorbitantes, increíbles, imposibles de digerir por la sociedad.

La jerga plana del paper, su previsibilidad estilística, el manierismo morfológico del título, palabras clave, abstract en inglés, citaciones insistentes y redundantes, lo convierten en una herramienta muerta antes de nacer cuando de conocimiento artístico o humanístico se trata. Las capas sucesivas del lenguaje artístico o literario, los repliegues de la forma, no tienen cabida en el estilo forzosamente cándido del paper, construido bajo la lógica anglosajona de declarar todo lo que se va a hacer y de hacer finalmente todo lo que previamente se ha declarado.

Dicen que los espacios artificiales son aquellos a los cuales si no hay castigo uno no concurre, por ejemplo las oficinas o las salas de clase, en tanto que a los espacios naturales como la casa, o un taller, llegamos de todas maneras y sin que nos obliguen. La universidad se ha vuelto un espacio crecientemente alienado y esclavo, del todo artificial, en manos de operadores burocráticos empeñados en convertir lo cualitativo en cuantitativo, una y otra vez.

En el fondo, lo que hay en juego es la eterna confrontación entre dos modos de ver y vivir la existencia. O mediante el miedo, o mediante el placer. O resignándose a ser esclavos, o intentando ser dueño cada cual de sí mismo. Nadie crea desde el miedo, y cualquier aprendizaje que desde el temor se hace es rígido y castrador, restrictivo. Todo lo que sabemos, lo que nos orienta y tiene sentido para nosotros, aquello que nos abre a la existencia, nace de convicciones cálidas y profundas, de nuestra humanidad compartida. Una humanidad que launiversidad de hoy no tiene como indicador.

Los autores y textos de referencia citados pueden rastrearse fácilmente en Google. Love to everybody, y saludos al comité.

GUI-ANTONIA-ITAY Juan Guillermo Tejeda, Santiago de Chile, 2013

Publicado en Revista Chilena de Literatura Nº 84, 2013, Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile

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