A favor de las redes sociables

hch-badajoz-joker HCH 18 / Septiembre 2017

A favor de las redes sociables, por David Cerdá

La vida, guste más o guste menos, se describe a golpe de oraciones adversativas. Estamos siempre escogiendo entre esto o lo otro, en conciencia o inadvertidamente. Está muy en boga reiterar que la vida es breve (N.B.: esta idea es mucho más discutible de lo que parece); no son tantos, en cambio, los que se aplican el cuento.

En toda vida tienen un papel destacado los otros. Compitiendo por nuestro tiempo con familiares, parejas, amigos y socios comerciales y laborales —los seres carnales de toda la vida—, surgen, hace ahora veinte años (SixDegrees.com), las relaciones sociales en la Red. ¿Cómo manejarse en ellas? ¿Cuánta atención y cuántas horas dedicarles? ¿En cuántos foros se puede estar sin patinar o desbordarse? Estas preguntas tienen una gran relevancia, y no todos se las hacen. La postura general es dejarse llevar, o emular lo que hace el vecino, con el agravante de que, se nos dice, en estas plazas cibernéticas hay que estar.

Podríamos empezar diciendo que se las llama mal cuando se aborda su novedad bajo la denominación de «redes sociales», porque las redes sociales han existido siempre, y siempre existirán. Esto es común a ciertas innovaciones tecnológicas: se presentan como inventando la cosa, cuando solo suponen una variante remozada, por muy importante que sea. Hablar de RRSS resulta equívoco y empaña lo importante, que es el modo en que la tecnología altera (para bien y para mal) cómo nos relacionamos con los demás.

Bajo una rúbrica u otra, lo cierto es que las relaciones internáuticas suponen un fenomenal reto cognitivo y emocional para los humanos. Sabíamos de las relaciones a distancia por el teléfono y la carta. Pero el nuevo paradigma incorpora factores distintivos a los que nos cuesta hacernos. El más novedoso e intrigante es la multilateralidad: hemos dejado atrás el tú-a-tú, creando algo que sobrepasa la conversación, algo para lo que nuestro cerebro está pobremente pertrechado. Añádase a ello la accesibilidad ubicua, y súmese que todo sucede de modo instantáneo. Antes el teléfono no estaba siempre a mano, de modo que había un lapso para decidir si llamar y qué decir; y en la correspondencia convencional aún había más opciones para reflexionar antes de decir según qué cosas. La celeridad e irreflexividad de estas nuevas modalidades de intercambio nos ponen en mil aprietos que están a la vista de todos.

Hay algo más, el factor que rompe todos los diques: el alcance. Hasta hace veinte años, uno se escribía o hablaba en la calle o por teléfono con un pequeño número de personas. Ahora el mundo entero es nuestro virtual interlocutor, nuestro barrio. La Red nos abre oportunidades hasta ahora impensables en cuanto a las personas que podemos conocer. Y nuestras habilidades sociales convencionales, desarrolladas durante millones de años para conducirnos en un mundo de tús y en un ámbito de monotarea, resultan insuficientes, deparando una profusión de dislates como nunca se ha visto. Se trata, en definitiva, de algo que tenemos que pensar intensamente para que no nos engulla.

Ocurre además que las personas con las que te relacionas, y la profundidad con la que lo haces, determinan tu dieta emocional y cognitiva. Si tus relaciones son superfluas —y a la superficialidad te empujan la ubicuidad, la multilateralidad y, en fin, el resto de trazas de las RRSS— estás abocado a una vida sin sustancia. El afecto de verdad, llámese pareja, familia o amistad, requiere espacios mínimos para poder materializarse, y lo mismo puede decirse del genuino intercambio intelectual. Cierto que la amistad, como sostenía Borges, permite la discontinuidad; y que los tiempos, como ha explicado Zygmunt Bauman, están instalados en lo líquido. Pero sin unos mínimos de atención no hay posibilidad de que cuajen vínculos verdaderos que abonen sentimientos sinceros y pensamientos de calado.

Personalmente, no estoy muy interesado en los conocidos; reservo esa categoría para lo profesional. Ejercer una profesión, la que sea, conlleva interactuar con gente que en sí misma quizá no te interese. Más allá de este requisito creo que hay que vigilar celosamente con quien se junta uno, pues estimo que la calidad de una vida depende por completo de la autenticidad y la profundidad de sus relaciones. Eso me aboca a reducir mi participación en las RRSS, escogiendo una modalidad desusada; me obliga a optar por las relaciones sociables. Por eso no estoy en Facebook, ni en Instagram, ni en realidad en ningún otro sitio más que en Twitter, que es, entiendo, la RS con mayor potencial para las conversaciones. Esa es la clave de mi elección: si, como creo, la conversación es la unidad fundamental de la interrelación humana con sentido, decido limitarme a aquella ventana interpersonal al resto del mundo cuyo modus operandi resulta más conversacional.

Aunque la cosa, se ha explicado, sea en parte nueva, hay reglas universales que determinan la calidad de las redes sociables. Están relacionadas justamente con qué hace que una conversación sea buena, cuestión esta que en esencia apenas ha cambiado en tres mil años, aunque autores como como H. Paul Grice la hayan apuntalado en el último medio siglo. Entre esos rasgos valiosos está la mesura en la aportación, la capacidad real de escucha, la pertinencia de lo aportado, al valor de lo que se dice y el tono que se emplea. Todos ellos pueden resumirse en una sola y gran característica: toda buena conversación es una búsqueda cooperativa de la verdad.

En una red sociable todo participante es alumno y maestro; su valor puede pesarse en la balanza de lo que se enseña y se aprende. Me gustaría, pues, explicar lo que yo he aprendido de quienes más me han aportado. Elena Postigo me ha enseñado a ser valiente y educado, es decir, a preocuparme de no atropellar a nadie sin por ello escribir según el qué dirán; también a no pontificar. Francesc Pujol, a pensar en voz alta con beneficio mutuo, y que cualquier conversación profunda puede transformarse en una luminosa aula virtual. De Javier Gomá he aprendido que la altura intelectual combina estupendamente con la bonhomía, y que el sentido del humor es un impagable antídoto contra la propensión a darse demasiada importancia. Jesús Ybarra me ha demostrado que se puede compartir una historia privada (la de su preciosa hija Paula) sin comprometer el mandamiento del pudor, y que se puede ser cercano y amigo aun desde lo virtual. De Maribel Fernández Gañán recibo regularmente clases de prudencia y cordialidad; de Manuel Álvarez, de combatividad y agudeza. Manuel se une a M. Cruz Wesolowski y Rafa Esparza para abrir ventanas a la gran belleza en mi día a día. Esteban Fernández-Hinojosa me explica que hay que intentar no ser demasiado prolífico, y que toda red sociable es un campo de pruebas para lo humano y lo cabal. Chus Bello me da clases de reciprocidad: se debe respuesta a quien la solicita, siempre que lo haga de buena fe. Observando a Iván López Casanova he averiguado que existe en cada una de estas encrucijadas un altarcillo al que hay que llevar cosas que nutran al resto; que allá donde entres has de pensar primero y siempre en aportar. En Cruz Leal veo que estos pagos son un lugar lícito y razonable en el que impulsar, con respeto y criterio, tus proyectos políticos y morales. Jesús Montiel y Laura Sarmiento, escritores brillantes que aman el oficio, abundan en la pasión que compartimos y me regalan pistas. Rubén Pereda, intelectual temperado, estudioso y divertido, me recuerda que por encima de todo está la persona, y que hay aquí espacio hasta para el espíritu siempre que te comportes con mesura y humildad. (Del resto de mi Timeline también he aprendido; les pido perdón por no mencionarlos a todos, para no abrumar al lector)

Todos ellos han contribuido a mis decisiones para conformar la persona que soy en mi red sociable, esto es, la persona que soy, a secas. Sin su asistencia, es seguro que habría cometido más errores, poniéndome más veces en ridículo, y tal vez habría herido a alguien. Gracias a la tecnología he tenido la oportunidad de conocer a esta gente brillante y buena con la que, de otro modo, jamás me hubiese cruzado. En muchos casos he llegado a desvirtualizarles, confirmando que sus personas de carne y hueso se corresponden, punto por punto, con su avatar en la Red.

En uno de los aforismos que engalanan su Libro de los amigos, Hugo von Hofmannstahl apunta:

No es lo mismo que un hombre se comporte como espectador de los otros que el que se comporte, más bien, como simpatizante o cómplice. Este último es el que auténticamente vive.

Eso es justamente lo que me interesa hacer en las RRSS, y lo que tal vez me convierte en un bicho raro. No quiero espectadores ni ser uno de ellos; pretendo simpatizar. Gustar es solo recibir el aplauso por algo que se representa; simpatizar es tender un puente, es un compromiso que muere si no hay autenticidad. Para ello tengo que leer lo que escriben (si no todo, casi) aquellos con quienes pretendo esta sympatheia, porque ellos comparten, y con ello pretenden, de un modo u otro, dialogar conmigo.

Me interesa la amistad; y aspiro a su vertiente elevada; en HCH tenemos un proyecto específico sobre el asunto, Amicitia, de modo que no me extiendo sobre el tema. Tan solo quisiera añadir que la vida, si la quieres vivir aceptablemente, te exige concentración. Ser un buen padre no es fácil. Conservar, no, acrecer un amor conyugal de por vida, ni hablemos. Los amigos de verdad no los regalan. La escritura también impone sus requerimientos; el pensamiento añade los suyos. Es imposible generar contenidos intelectuales de calidad en una prosa aceptable sin pagar tributo al recogimiento y la circunspección. Etcétera. Servidor está interesado en la vida intensa y profunda; me consagro a esas dimensiones porque la otra, la longitud, apenas me compete. Puesto que además soy más bien limitado, tengo que jugar muy bien mis bazas, y de ahí que le tenga declarada una guerra a muerte a la dispersión. Eso me obliga a restringir el número de personas con las que puedo relacionarme en las RRSS. Seguro que así me pierdo conocer a gente maravillosa; no obstante, no hay manera de escapar a ese dilema, que no nació precisamente con Twitter.

También me corresponde dar ejemplo a mis hijos. El tiempo dedicado a las máquinas, aunque haya personas al otro extremo, es tiempo hurtado a las interacciones vivas, a hacer algo con y para los demás, y a la soledad, el silencio y las cavilaciones. Me preocupan los modelos de relación interpersonal que adoptan ahora los niños, y que ya no sepan aburrirse. Lo que he creado y de lo que me enorgullezco nació del diálogo vivo, y del tedio, de un aislamiento perceptivo forzoso o pretendido. Permitir que la información y los comentarios rellenen cada uno de nuestros intersticios, de nuestros mal llamados «tiempos muertos», es una idea nefasta; mis hijos no aprenderán eso si lo que les digo no se compadece con lo que hago.

Ahora que hay tantos que se embelesan contemplando a sus mocosos navegando con completa naturalidad por los diversos gadgets («son nativos tecnológicos», afirman los orgullosos padres, «no hay novedad que no absorban como esponjas», suspiran las madres), quiero llamar la atención sobre una ventaja de la que nosotros, los dinosaurios digitales, disfrutamos gracias a nuestro tardío aterrizaje en la cosa internáutica. Tenemos más posibilidades críticas. Baste recordar la fábula de David Foster Wallace (This is water): para el común de los peces el agua no existe, se ha invisibilizado porque siempre le circundó y la dio por consabida. A los que nacimos hace más de treinta años nos cuesta más hacernos a las innovaciones; pero nuestra extranjería digital facilita que adoptemos usos más razonables. Se piensa más y mejor desde el extrañamiento. ¿Por qué no aprovechar, entonces, esa oportunidad para perfilar nuestra sociabilidad en la Red? Contribuiríamos así a la que será (es) una de las grandes batallas de nuestro siglo y los venideros: la conquista de nuestra propia atención.

david-cerda-y-daniel David Cerdá, Sevilla, 14 de agosto de 2017

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