Carl Wilson: Música de mierda

HCH-12-MAIMONIDES HCH 12 / Septiembre 2016

Carl Wilson: Música de mierda. Un ensayo romántico sobre el buen gusto, el clasismo y los prejuicios del pop. Carles Andreu (tr.), Rick Hornby (pról.) y Manolo Martínez (epíl.). Barcelona: Blackie Books, 2015, por Eugenio Sánchez Bravo

Prefiero el título original (Let’s Talk About Love: Why Other People Have Such Bad Tasteal escatológico Música de mierda, porque el propósito del crítico canadiense Carl Wilson no es arrastrar por el fango a Céline Dion sino explicar desde la humildad cómo una música tan artificiosa, sensiblera y predecible puede gustar a millones alrededor del mundo. Quizás pueda llegarse a la conclusión de que el menosprecio de la “alta” hacia la “baja” cultura se ha instalado también en el mundo del pop, con todo su clasismo, arrogancia y arbitrariedad.

Antes de empezar, advierte Nick Hornby en el prólogo, es conveniente olvidarnos ya de la idea de que la gran literatura o la música clásica tienen el poder de convertirnos en “mejores seres humanos”. Es absurdo pensar que una banda de atracadores decidiría cambiar su estilo de vida si tuviesen la oportunidad de leer Las olas de Virginia Woolf.

A pesar de todo, seguimos haciendo distinciones en el mundo del arte y, más específicamente, el de la música. Decía Momus, parafraseando a Sartre, que “el infierno es la música de los demás”. Cuando escuchas ciertas melodías (Céline Dion, Julio Iglesias…) experimentas una reacción epiléptica como si una cucaracha te subiera por la manga. Paul Valéry afirmaba que el gusto “está hecho de mil aversiones”, y por ello el mejor modo de desentrañar qué sea el gusto es profundizar en aquello que nos resulta insoportablemente kitsch. En el caso de Carl Wilson la elegida fueCéline Dion y el tema central de la banda sonora de Titanic, ‘My Heart Will Go On’, incluido en el CD Let’s Talk About Love.

A Wilson la música de Céline Dion le parece monótona, anodina, cursi y políticamente conservadora. Sin embargo, reconoce que en el pasado otras modas del pop pasaron de la nada a ser consideradas geniales. Así ocurrió con la música disco, Abba o Motörhead. En los últimos cuarenta años hemos asistido una y otra vez a la falta de garantía del “consenso de la crítica”.

Así que es preciso hacer un esfuerzo y preguntarse qué hay en la música de Céline Dion que encanta a sus fans. No es tarea fácil: la cantante canadiense es abanderada de la autodeterminación de Quebec y al mismo tiempo una apisonadora de la globalización al estilo de Starbucks o McDonald’s; arrasa lo mismo entre las adolescentes chinas que las abuelas jamaicanas.

Sin embargo, tanta contradicción y diversidad de público tiene un denominador común: el sentimentalismo. Céline Dion es la última de una larga saga de estrellas de la “canción melódica” o sensiblera: el Elvis de Las Vegas, Neil Diamond, Barry Manilow, Andrew Lloyd Weber, Julio Iglesias… Aunque muchos dicen despreciarlo es un hecho que este género resurge de sus cenizas una y otra vez: “bajo la superficie de la música popular, engrasando las vías, discurre la historia secreta de la sensiblería, siguiendo su curso oleaginoso, a la espera de que alguien la explore más a fondo.” (p. 81)

La sensiblería de la cantante canadiense no oculta su artificio, su inautenticidad. Es simple cartón-piedra. Sin embargo, los músicos de rock que saltan desde el escenario para tener un “verdadero” contacto con el público ejercen también de ilusionistas. Su autenticidad es sólo simulada.

Por tanto, la cuestión de por qué Céline Dion embelesa a un público tan amplio probablemente no esté escondida en su música sino más bien en el gusto, en el oído del espectador.

A este respecto sería conveniente repasar lo que la Estética, la rama de la Filosofía que se ocupa de las artes, puede decir al respecto. Si nos remontamos a la Ilustración se nos presentan dos clásicos del pensamiento, David Hume e Inmanuel Kant. A pesar de provenir de corrientes filosóficas antagónicas, defendían en el tema del gusto la misma idea. El ser humano posee un sexto sentido dedicado a la belleza. Adecuadamente cultivado, permitiría resolver cualquier debate o discusión en ese campo. Pero las circunstancias ideales en las que cualquiera podría desarrollar al máximo su sensibilidad pertenecen al reino de la utopía. Por ello, antes de acceder a esa unanimidad estética universal, debemos confiar en aquellos individuos dotados de una sensibilidad correctamente trabajada y que pueden servir como referentes culturales (“el crítico”). Sin embargo, el desarrollo caótico del arte de las vanguardias convirtió al “gusto” del “hombre con gusto” en una caricatura.

En el siglo XX el crítico de arte estadounidense Clement Greenberg, defensor a ultranza del controvertido expresionismo abstracto, no dio una respuesta muy diferente al debate estético: “el gusto más objetivo del presente, dijo, está en manos de quienes dominan profundamente ese canon pero también están abiertos a la novedad.” (p. 106)

Pero la rápida y continua innovación en el arte contemporáneo nos ha llevado a una situación derelativismo absoluto en la que nos sentimos cómodos, cool.  Quedan descartadas las propuestas de Hume, Kant o Greenberg.

Por el contrario, nos hemos vuelto consumidores omnívoros, amantes de la globalización y lo multicultural, somos más cool si nos gusta a un tiempo el rock indie, Brahms y la salsa. Todo vale lo mismo o como  decía Arthur C. Danto: se ha consumado el fin del arte.

Y, a pesar de todo, la anomalía del gusto convencional persiste: ¿quién es esa gente que se estremece con la música prefabricada que interpreta Céline Dion? ¿quién es esa gente con tan mal gusto para la música?

Fue el filósofo francés Pierre Bordieu quien más se acercó a una respuesta convincente en su libro La distinción. Criterio y bases sociales del gusto (1979). Frente a la idea kantiana de que el juicio estético tiene como característica intrínseca el desinterés, Bordieu cree que el gusto es siempre interesado. Cuando tienes una reacción espasmódica al ver en la estantería de un amigo un ejemplar de El código Da Vinci o la banda sonora de Titanic intentas aislarte de la amenaza de su inferioridad social. El gusto estético consiste en asimilar unos valores sobre lo que es bello para distinguirnos de los que ostentan un estatus social inferior así como para aspirar al estatus que creemos merecer. Arte y belleza son el campo de batalla de la lucha de clases.

Bordieu lleva a cabo una revisión inteligente de la valoración de la cultura de masas que había hecho la Escuela de Frankfurt. Según ésta la cultura popular era un instrumento fascista para atontar a las masas mientras que la alta cultura (la música dodecafónica, por ejemplo) era el verdadero arte, la epifanía de lo “sagrado”. Para Bordieu, en cambio, tanto la alta cultura como la cultura popular son arte en el mismo sentido: armas de guerra de las diferentes clases sociales para distinguirse entre sí.

Así, la clase social que se aferra a la música de Céline Dion como capital cultural es la “nueva pequeña burguesía” que se caracteriza por una moral puritana suavizada por una “vena sentimental“. Esta clase social, conservadora y sensiblera, está en las antípodas de la transgresión y lo subversivo, valores que sí consideramos cool. Sin embargo, para Wilson esta no es una objeción válida contra Céline porque es evidente lo fácil que resulta transformar la rebeldía del rock en mercancía.

Cabe plantearse, ¿es siempre malo “lo sentimental”? La respuesta de Carl Wilson es que el sentimentalismo ofrece a la gente una sensación de continuidad y comunidad. Si hay un estilo de música que una a generaciones diferentes y fomente la solidez y solidaridad del grupo social es el propio de Céline Dion. Por el contrario, en muchas ocasiones, la música que se vende como vanguardista, crítica y motor de cambio social, es una propuesta elitista y paralizante. Pudiera ser también que detrás del antisentimentalismo existiera un prejuicio machista, advierte Wilson.

Sea como sea, el autor termina concluyendo que Céline Dion sigue sin gustarle pero que intentar comprender su música le ha convencido de que es posible una crítica musical más tolerante y más atenta al placer que la música produce que a manifiestos estético-políticos.  “Se centraría más en mostrar qué significa para uno que algo le guste y en invitar al lector a comparar.” (p. 190)

En general, las ideas estéticas del autor me parecen endebles y sus conclusiones extremadamente vagas:

  • Dado que la crítica ha fallado en el pasado, no sabemos si en el futuro Céline será rescatada como algo cool, así que intentemos escucharla con más atención. ¿Esto es también aplicable al reggaeton? Si es así yo me bajo del taxi pero ya…
  • Como la transgresión de la música rock o el hip-hop es en muchas ocasiones artificio y elitismo, tenemos que rendir nuestra admiración al hecho de que la música sentimental es transgeneracional y aporta unos valores más auténticos de solidaridad y comunidad. Por más que lo intente, no consigo que esto me guste.
  • ¿No será que introduciendo a Céline Dion en un discurso filosófico con Hume,Kant y Bordieu, Carl Wilson aspira a ser más omnívoro y cool que nadie?
  • ¿Qué significa una crítica musical “más atenta al placer que la música produce”? El placer es uno de los ingredientes de la experiencia estética, pero un elemento muy maleable y tampoco el más importante. O a lo mejor sí, ¿quién sabe? Disfruten.

eugenio sanchez bravo Eugenio Sánchez Bravo, Plasencia, 2 de mayo de 2016

Publicado en Aula de Filosofía el 2 de mayo de 2016

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