Blanca, Nieves y los siete enanitos del bosque

 HCH 7 / Noviembre 2015

Blanca, Nieves y los siete enanitos del bosque, por Juan Guillermo Tejeda 

Había una vez unas mellizas guapas y de muy buena disposición hacia los demás, que se llamaban una Blanca y la otra Nieves. Siendo pequeñas, su madre fue a patinar artísticamente en el hielo con tan mala fortuna que uno de sus patines se le soltó, precipitándose ella a gran velocidad sobre las tribunas: se rompió el cuello en la arista horizontal de la vigésimotercera grada y resultó muerta.

El padre estuvo triste unos meses pero antes de un año se casó de nuevo, cerciorándose por cierto de que su nueva esposa no fuera a ser aficionada a los deportes de invierno. No lo era, pero sentía envidia de Blanca y de Nieves. La hermosura y buena disposición de las niñas, tan serviciales siempre, le amargaban la vida.

Deprimida, la madrastra recurría diariamente a un espejo mágico al que preguntaba: “Espejo, espejito, ¿quién es la más guapa de este reino?”. Y el espejo respondía: “Tú, mi ama”. Entonces ella se sentía aliviada. Y hasta fortificada. Pero un día el espejo contestó: “Lo siento mi ama, tú eres guapa, pero hoy están más guapas Blanca y también Nieves, qué ojazos que tienen… y esa piel tan fragante…. esos rizos…”

En el límite de sus fuerzas, la madrastra contrató a un servicio de sicarios que le habían recomendado, encargándoles que llevasen a las niñas al bosque y una vez allí las mataran. Como prueba de sus muertes pidió que les trajeran los corazoncitos de ambas en una caja.

El ejecutivo del servicio de sicarios propuso que en lugar del bosque la operación (así se refería al encargo) se ejecutase en unos galpones industriales de la empresa, con la opción de ambientarlos agregando plantas tropicales en macetas, y extendió tres presupuestos, uno con locación en el bosque (altísimo), otro en el galpón sin plantas (asequible) y el tercero con ellas (mediano). Propuso también reemplazar la caja de los corazones por unas bolsitas plásticas de cierre hermético. Finalmente llegaron a un acuerdo.

Cuando le trajeron los corazoncitos, la madrastra los encontró gordos y sospechó un poco, pero luego, distraída, se dejó convencer y durmió muy tranquila varias semanas. El padre andaba en viaje de negocios.

Mientras tanto, Blanca y Nieves paseaban por la ciudad. Habían sido liberadas por los sicarios debido a que ellos no lograron disponer a tiempo del trepanador cardíaco indispensable para el encargo, y eso que lo habían solicitado muchas veces a la empresa por la vía regular. A la madrastra, para tranquilizarla, le enviaron los corazones de unos jabalíes.

Las niñas lo estaban pasando como nunca antes, sobre todo en una discoteca donde bailaron música tecno progresiva. Eso sí, todos los asistentes eran muy bajitos, enanos casi. Como se movían mucho y estaba oscuro, con luces giratorias y espejos, parecían más de los que realmente eran, en rigor sólo siete, que después de algunos vodkas y pitos y pastillas raras confesaron ser, y lo declararon majestuosamente, los Siete Enanitos del Bosque. Blanca y Nieves nunca habían oído hablar de los Siete Enanitos del Bosque, pero de todos modos Nieves preguntó por el bosque.

Ellos le explicaron que lo del bosque era un asunto del pasado, como de imagen de marca, y que ahora iban en motos y vivían en la ciudad.

–¿Quieres ir a dar a una vuelta en moto?– le propuso el enanito más atrevido a Nieves, mostrando unos dientes muy blancos y una quijada cubierta de brotes de barba de 1 mm cada uno. Ella sonrió pero antes de dar una respuesta quiso saber de qué tamaño era la moto.

Entretanto, en su casa, la madrastra se paseaba en círculos en su habitación, atenta a una premonición que la tenía ya exhausta. En ese instante entró su marido, jadeando …

CONTINUARÁ …

GUI-ANTONIA-ITAY Juan Guillermo Tejeda, Santiago de Chile, 31 de octubre de 2015

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