El Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro de Madrid, I

hch-badajoz-joker HCH 18 / Septiembre 2017

El Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro de Madrid, I, por Mª Cruz Wesolowski

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Fuentes de los cuadros: Museo del Prado

El 24 de noviembre de 2016 saltaba la noticia: el Museo del Prado se disponía a afrontar su segunda gran ampliación de este siglo, después de la realizada por Rafael Moneo en torno al Claustro de los Jerónimos e inaugurada en 2007, con la incorporación y posterior modificación de la antigua sede del Museo del ejército (trasladado ahora al Alcázar de Toledo): el edificio conocido como el Salón de Reinos, un céntrico edificio prácticamente desconocido incluso para los madrileños. Pero ¿qué es el Salón de Reinos?

La Monarquía Hispánica contaba a principios del siglo XVII en Madrid, junto con el antiguo Alcázar y varios Palacios en las afueras, con unos modestos aposentos reales adyacentes a la Iglesia de San Jerónimo el Real, lugar de celebración de muchas de las ceremonias de la Corte de los Austrias. Estos aposentos eran conocidos como Cuarto Real de San Jerónimo. Los mandó construir Felipe II, y allí se retiraban los reyes durante los periodos de cuaresma, penitencia o luto. Después del nacimiento, en 1629, del príncipe Baltasar Carlos, hijo y heredero del rey Felipe IV, se decidió la ampliación de estos aposentos para la jura del heredero al trono. Las obras dieron comienzo en 1630. El nombramiento en 1632 como jefe de obra de Alonso Carbonell dio lugar a la expansión y enriquecimiento del modesto proyecto, que abarcaría un completo programa de paisajismo (el actual parque de El Retiro) y la construcción de varios edificios que conformarían, junto con los jardines, el Palacio del Buen Retiro, el palacio de recreo que edificaría para el rey Felipe IV el conde-duque de Olivares, su valido.

Proyectado originariamente para celebrar la jura del heredero, pronto se transformó en una obra de gran envergadura, mediante la construcción de un edificio con un gran patio central o patio de fiestas con unas características torres cubiertas de pizarra en las cuatro esquinas. Tres de los lados de este edificio estaban formados por grandes estancias destinadas a acomodar a los invitados a asistir a los espectáculos y ceremonias de la corte. El último lateral del conjunto, la crujía o lado norte, conformaría lo que se conoció como Salón Grande y posteriormente como Salón de Reinos. El conjunto se convierte definitivamente en un verdadero y suntuoso palacio, al que se agrega un gran proyecto de paisajismo, el actual parque del Retiro.

Esta crujía norte donde se situaba el Salón de Reinos, junto con el edificio del Casón del Buen Retiro, que se utilizaba como salón de baile, son los dos únicos edificios del complejo del Palacio del Buen Retiro que han llegado hasta nuestros días.

El Salón de Reinos fue concebido como el gran salón de ceremonias y fiestas del Palacio de recreo de Felipe IV, con la intención de exaltar los triunfos y el poder de la monarquía hispánica. El Salón tenía que ser digno del rey de España, que en el momento de su ascenso al trono era el monarca más poderoso de la tierra. Se enmarca así el Salón de Reinos junto a otros salones similares de las cortes europeas de la época, como la Banqueting House de Whitehall en Londres y la Galería de los Espejos del Palacio de Versalles. Como salón del trono que era, tenía que impresionar a los embajadores y altos dignatarios que acudían desde las cortes europeas a cumplimentar a Felipe IV, por lo que se procuró que su decoración fuese lujosa y deslumbrante.

El salón se ubica, como decíamos, en la crujía norte del complejo, un edificio de 4 plantas con unos 5.400 metros cuadrados de superficie. En ambos extremos conserva unas torres con los chapiteles de pizarra tan característicos de los Austrias. La amplia estancia rectangular mide 35 por 10 metros y tiene 8 metros de altura. Una balconada de hierro dorado da la vuelta a la pieza, y desde ella se asoman los cortesanos para ver los espectáculos y ceremonias que allí se celebraban. A ambos lados del Salón se situaban dos estancias menores: el Salón de Guardia del Cuerpo del Rey y el que sería conocido como el Salón de Coloma. Entraba abundante luz por las veinte ventanas del Salón. Los suelos, de ochavos de terracota y azulejo vidriado, estaban recubiertos de alfombras orientales, y unas espléndidas consolas de jaspe se situaban entre los diez ventanales bajos y a cada lado de las puertas. Junto a cada una de las consolas se alzaba un león de plata rampante con las armas de Aragón. El techo se pintó al fresco con adornos dorados, y entre los lunetos de las ventanas se pintaron los escudos de los veinticuatro Reinos de la Monarquía Hispánica en tiempos de Felipe IV, que acabarían por dar el nombre al Salón.

Con todo, los elementos decorativos más importantes, que harían de este salón una pieza excepcional, eran las pinturas que adornaban las paredes: doce grandes escenas de batallas que se encargaron a varios artistas de la corte. Representaban las grandes victorias de los ejércitos de Felipe IV en cada rincón de su vasto imperio. Como concesión a la nueva moda de la alegoría se añadieron diez escenas de la vida de Hércules pintadas por Zurbarán. Por último, los cinco retratos reales ecuestres de Velázquez a los lados de las dos puertas, para ensalzar la idea de la continuidad dinástica. En el contexto de su época, el Salón de Reinos podía ser considerado anticuado, pero suponía una perfecta declaración del poder, la gloria y la virtud de los Austrias españoles. Y todo ello fue realizado en un tiempo récord: las obras se inician en 1633 y la decoración se da por finalizada un par de años después.

Para ensalzar la inmensidad de los dominios de la Monarquía Hispánica, se pintaron en los lunetos de la bóveda veinticuatro escudos con la representación de los veinticuatro reinos que componían el imperio español. La dinastía Habsburgo se esforzó en mantener unidos esos reinos dentro de un mismo orden político, respetando y manteniendo las peculiaridades de cada uno de ellos, en la medida en que fuera compatible con la unidad del conjunto. Los escudos de los reinos apuntaban también al proyecto de Olivares de una “unión de armas” que estableciera una colaboración militar más estrecha entre los distintos reinos. Los escudos de la Monarquía Católica representados se correspondían con los títulos que ostentaba Felipe IV en ese momento: Reino de Aragón, Archiducado de Austria, Ducado de Borgoña, Ducado de Brabante, Reino de Cerdeña, Reino de Castilla, Principado de Cataluña, Reino de Córdoba, Condado de Flandes, Reino de Galicia, Reino de Granada, Reino de Jaén, Reino de México, Ducado de Milán, Reino de Murcia, Reino de Nápoles, Reino de Navarra, Reino de Sevilla, Reino de Sicilia, Reino de Toledo, Reino de Perú, Reino de Portugal, Reino de Valencia y Señorío de Vizcaya.

Los Hércules de Zurbarán

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Los doce trabajos de Hércules de Zurbarán se reducen posteriormente a diez, porque se decide colgar los lienzos encima de las diez ventanas inferiores; no obstante, se mantiene la pareja cuya acción se desarrolla en España: Hércules en el estrecho de Gibraltar y dando muerte al rey Gerión.

Se representan siete de los trabajos mayores de Hércules, dos menores, y una representación de la muerte del héroe. Tal como ahora aparece, el ciclo de Hércules podría resultar incoherente. Sin embargo, esa incoherencia desaparece si atendemos a su verdadero significado para el Salón de Reinos. Hércules simboliza desde la antigüedad la Virtud y la Fortaleza. Durante el siglo XVI, este Hércules victorioso y heroico simboliza al príncipe; se asocia al soberano moderno con el héroe del mundo antiguo. Felipe IV se sentía naturalmente identificado con Hércules Hispanicus. El héroe clásico también es considerado como el vencedor de la discordia. Los conflictos políticos y religiosos de la época de Felipe IV, y la falta de lealtad a los soberanos por parte de sus súbditos, convirtieron la amenaza de la discordia en algo muy visible; de ahí la representación de Hércules como el héroe vencedor del monstruo de la discordia.

De las diez escenas del ciclo de Hércules, dos evocan su relación con los reinos de España: en Hércules separa los montes de Calpe y Abila, se muestra la creación del estrecho de Gibraltar y se alude a las columnas de Hércules, símbolo imperial de los Habsburgo. En Hércules vence al rey Gerión, el héroe aparece en las costas de España, pues se creía que Gerión había sido soberano de las tierras ibéricas. La Muerte de Hércules pone un mayor énfasis en el tema dinástico. Se evoca el ritual de la apoteosis, a través del cual Hércules, y por tanto el rey, alcanzará la inmortalidad, aludiéndose así a la cuestión de la legitimidad dinástica, inherente a la inmolación de Hércules. El significado de los retratos ecuestres de Velázquez, situados a los lados de las dos puertas de acceso al salón, queda reformulado en términos alegóricos.

Las escenas restantes muestran a Hércules como vencedor de la discordia: Hércules acaba con Anteo, con el toro de Creta, con el jabalí de Erimanto, con el león Nemeo, con la hidra de Lerna y con Cerbero. Se entendían como otras tantas victorias del soberano justo sobre sus enemigos, tanto en el interior de sus reinos como en el exterior. El último cuadro es Hércules desvía el curso del río Alfeo: una nueva representación dela purificación del mundo de la discordia.

El pintor extremeño era un especialista en pintura religiosa, con un estilo pictórico un tanto rígido. Su elección para ejecutar unos temas paganos llenos de acción ha parecido siempre un tanto absurda. Sin embargo, si se advierte que las escenas de Hércules eran «emblemas» que se prestaban a un tratamiento esquemático, y que los lienzos se colgarían a más de tres metros de altura, lo que hacía muy necesaria la claridad, ese absurdo desaparece. Zurbarán crea un Hércules sin idealizar que capta la idea de la fuerza bruta y el poder inagotable del héroe antiguo; el triunfo sobre la discordia no admite dudas.

Foto CV HCH M Cruz Wesolowski Mª Cruz Wesolowski, Madrid, 31 de agosto de 2017

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