Andas en mi cabeza (o no)

HCH-11-CAFE-DES-PHILOSOPHES-AIX HCH 11 / Julio 2016

Andas en mi cabeza (o no), por David Cerdá

Cada año, con la canícula, el peligro de exposición a ritmos machacones, melodías enlatadas y letras infames aumenta exponencialmente. Con todo, lo inquietante de veras es que este fenómeno kitsch, que hemos etiquetado como la canción del verano, solo es la derretida punta del iceberg de una cochambre que anega ya todas las estaciones. Gloriosos tiempos aquellos en los que el estío tendía un cordón de seguridad para que Georgie Dann y King África no se desparramasen; quién hubiera previsto cuánto añoraríamos esa zona de seguridad.

Pero a lo mejor resulta que también hay perlas de entendimiento entre la basura. Doy un paso más: quizás abusamos de los estudios sesudos, de los tochos de los intelectuales más atrabiliarios, de las métricas sociológicas y de los parciales e interesados titulares de los diarios para hacernos una composición de lugar sobre hacia dónde boga el mundo. La propensión a lo serio, para los que reflexionan, es tan natural que hay que ponerla bajo sospecha; puede que a los cerebritos (y el lector de HCH, por fuerza, cae en ese grupo) nos aproveche una copa y un jolgorio y un perreo para captar en qué está la gente, es decir, qué se cuentan los sones que gozan de mayor popularidad.

Vaya por delante que, motu proprio, jamás me acercaría a menos de un kilómetro de un chiringuito o una discoteca. Conservo algo de seso, un poco de gusto, y otro poco de esa pose digna y afectada que caracteriza a los intelectuales, y todo ello me lleva muy lejos del chumba-chumba, el reguetón y los DJs. Pero ser reportero filosófico-artístico tiene sus peajes; no vale escurrir el bulto, y lo que se apunta en el párrafo dos hay que poder refrendarlo en el mundo real y argumentarlo en los párrafos que siguen. Así pues, esto es lo que he hecho: me he expuesto a algunas canciones de moda para saber qué se cuentan y poder después escribir sobre ellas. He escogido una de ellas, cuya youtúbica versión tiene veintiocho millones de descargas, para contarles lo que me encontré.

Andas en mi cabeza es una presunta canción sobre el amor; que es, supuestamente, sobre lo que hablan nueve de cada diez de estos temas. No es de fácil comprensión; tiene momentos deleuzianos; Chino y Nacho (los artistas) plantean tantos retos a la sintaxis como el ínclito parisino. Los tres caminan por ese fino desfiladero que deja a uno y otro lado dos abismos: el de la genialidad y el de la absurdez. No obstante, en Andas en mi cabeza, como en la deleuziana Diferencia y repetición, una vez eliminada la paja y ordenados los argumentos, queda cierto poso de ideas que admiten ser discutidas. Por lo demás, Chino y Nacho (nótese el amago de palíndromo) logran una densidad conceptual mucho más alta, pues solo devoran unos escasos cuatro minutos de nuestra breve vida, mientras Deleuze nos endilga medio millar de páginas para dejarnos en parecida perplejidad.

Vayamos con lo que nos cuenta la letra. Hay un tipo que está prendado de una tipa que le envía señales equívocas (¡cruel hermosura!). Ella le tiene muy loco. Él, por lo pronto, ya se ha tatuado su nombre; declara además que no le importará arrastrarse para conseguirla; y que, si la cosa no cuaja, quedará postrado por un dolor indecible, literalmente desalmado. Esta es la premisa de fondo: que sin amor, o más bien, sin ese amor, el cantante pierde el rumbo, «pisado y sediento», eviscerado de su obsesiva pasión.

El asunto podría quedar así, muy siglo xix, muy torturado y patético, muy desmayado y naif. Pero amigas y amigos: a Werther le han pasado un par de cosas en estos dos siglos que han transcurrido. Para empezar, la gente, por estas cosas, ya no se pega un tiro o se arroja a la vía del tren, como la boba de Ana Karenina. De ahí las sorprendentes interjecciones («¡sabrosura!»; «¡zúmbale todo y una locura una locura!»; «romántico pero le metemos brutal»; etcétera) que incorpora la canción entre suspiro y suspiro, entre alma y alma, y entre tatuajes. Ahora se sufre sin que decaiga la fiesta. Para seguir, hay un inaudito convencionalismo de fondo, muy igualitarista, por cierto, porque resulta que ahora el que quiere casarse es él. Por lo visto, el nuevo sueño del macho alfa es un frac, un menú de sesenta euros por barba y una marcha de Mendelssohn.

Para terminar, lo que tenemos es un soplo del rancio machismo de siempre, ese que esta caterva de pandilleros idiotas amenaza con rescatar otra vez. Porque resulta que aquí nuestro Werther, cuando no le hacen caso y al dar las doce, se va con su pandi a peinar la ciudad y a resarcirse («si no tuviera mi loba pa’ que me despose, me voy con la manada para que me destroce»). Abatido el corazón del doctor Jekyll, aflora a la superficie este infumable Hyde que asegura que en la calle hay mucho ganado y que qué quieres que te diga: «Pero me viene otra mujer aprovechándose, cuando tú eres la que me encanta, chica». A la mierda con el romanticismo: el mercado es libre everywhere, criatura. Y cuando crees que el asunto no se puede poner peor, que ya le has visto las entrañas a la bestezuela, se nos regala una dosis adicional de machocabritismo en forma de paleolíticos celos: «nunca yo me atrevería a dejarte sola, chiquitica». El resto es solo bazofia de delincuente («por ti dejé mi pistola, las gatitas no me controlan»), porquería que solo asusta porque el tema no está manufacturado para las bandas, sino para que lo bailen y empaticen hombres y mujeres hechos y derechos a lo largo y ancho de la ciudad.

Ya sé, ya sé. Me estoy poniendo rezongón y estoy sacando las cosas de quicio. Se trata no más de tener buena onda, mover un poco el esqueleto y tomarse unos licores de garrafón, y en realidad todo es una coartada para que la carne se apriete y se rebele y haya excusa para rozarse y retozar. Pero oigan: andamos muy preocupados con las educaciones para la ciudadanía, las religiones en las aulas y la ideología en la que chapotean algunas televisiones, y a lo mejor el caballo de Troya de algunas ideas que nos hunden las traen en sus canciones estos simpáticos chicos con su bota que te bota, sus piercings, sus barbitas de diseño y sus gorras puestas para atrás.

Y uno, que tiene una hija y dos varones, también por estas cosas se pone tenso y empuña el arma de filosofar: tú ya sabes, mi cabeza, bebé.

david-cerda-y-daniel David Cerdá, Sevilla, 29 de mayo de 2016