Códigos éticos y regeneración política

HCH-5-KATSU  HCH 5 / Julio 2015

Códigos éticos y regeneración política, por David Cerdá

La próxima vez que un político comience su elocución sobre cómo regenerará el espacio público insertando en la primera frase la expresión “código ético”, gritaré. Será un gritito con sordina y sincopado con hipos lastimeros, un grito como esos que se nos ahogaban en el pecho en las angustiosas pesadillas de nuestra niñez, un grito sordo y ridículo que haga honor al cansino mantra de la codigoeticidad modelo siglo XXI. Aunque quizá con el tiempo crezca, gane volumen y se convierta en una protesta sonora, asertiva, la propia de quien no le gusta que le tomen el pelo. Un grito filosófico, puesto que filosofar es también decir “hasta aquí hemos llegado”.

No sé a quién se le ocurrió el primero, pero basta ya. Detengan esta riada de papel mojado y brindis al sol. Quien pretenda taponar la herida corrupta por la que manamos millones y poca vergüenza con estas artimañas sabe muy poco de ética, y no mucho más de códigos. No es así como se moraliza la gente, sino con esas fruslerías que han funcionado desde siempre: el ejemplo, la apuesta por los valores y la reflexión (moral, en este caso). La corrupción, como cualquier otro rasgo social que dure tanto y abulte tanto, no es una anomalía, sino eso: una muestra de hacia dónde, civilmente, estamos caminando.

Hay dos maneras de encarar el cacareo de los códigos éticos, una bien pensante y otra algo más ácida. La primera invita a considerar al político esgrimidor-de-código de turno como extremadamente naïve. Digamos que es de una ingenuidad portentosa pensar que la gente adoptará comportamientos morales por el mero hecho de firmar (o meramente adherirse) a un trozo de papel. Si ni las normas grabadas en piedra que gozan de sanción divina lo consiguen, figúrense ustedes estas. La mayoría de grandes empresas hacen firmar cosas similares a sus empleados, sin que conste que la eticidad de estos se haya elevado. Claro que ellas lo hacen mayormente para descargarse de responsabilidades legales y a efectos de pura imagen, que como todo el mundo saben son fines interesados que no cabe imputar a los partidos políticos. Vayamos con la versión más avinagrada, la segunda: aducir que la redacción de códigos lleve a la regeneración puede ser solo disimulo y sinvergonzonería. Un manto de lana con el que se cubriese el lobo para seguir desvalijándonos. Pudiera ser.

Luego están los códigos éticos en sí. Que claro, con la poca ética que ahora se estudia, ahora que hay tantos convencidos de que aquella es una ambrosía que nos sirven puntualmente en casa, pues qué quieren que les diga. Tomen si no el código ético del PAR (Partido Aragonés), que incluye entre sus consignas “el dolor sentido cuando se tala un árbol” (punto 14), “querer que gane siempre el Real Zaragoza o el CAI” (punto 8) o “sentir emoción al escuchar una jota” (punto 10). Cada cual es muy libre, faltaría más; es solo por dar una idea del calado de alguno de estos manifiestos.

Insisto sin que me dé pereza: no es así como se expande el pathos moral. Se extiende valorando otras cosas que el dinero, para lo cual, claro está, hay que tomar un montón de decisiones políticas que desmonten la cultura del pelotazo, la consideración social del éxito, la profundidad de la educación de los ciudadanos, una lúcida consideración de qué es genuinamente la libertad, cosas así. Asuntos para los que hacen falta políticos serios que hagan pactos de Estado; aspectos sociales que se cambian, vaya por Dios, mediante acciones y proyectos que necesariamente duran más de cuatro años. Convirtiendo, para empezar, la educación en el pilar innegociable de toda sociedad, en lugar de usarla como arma arrojadiza, azote del rival ajusticiado en las urnas, vendetta inmediata del siguiente cambio de gobierno.

Suponiendo, políticos de nuestras entretelas, que estén ustedes verdaderamente interesados en regenerar este país, apuesten porque la enseñanza (que es la reflexión) de la ética no sea una opción sin más del bachillerato, menos que una maría, una extravagancia que da créditos pero ya está. Rieguen todo el proceso educativo con este pensamiento elevado del ser humano, inventor de pocas cosas más hermosas e inútiles y ajenas a la natural ley del más fuerte: el comportamiento moral. Ustedes no verán los frutos, porque llevará muchos años, pero así es a fin de cuentas como se las gasta la grandeza política, que consiste en trabajar por el bien en común, y no para que nos voten. El político más noble es aquel que nunca recibe los honores de aquello por lo que trabajó.

Ya si eso otro día, cuando vuelva a oírles lo del código ético en la primera frase, les doy algunas ideas sobre dónde pueden más provechosamente reciclar ese papel.

david-cerda-y-daniel David Cerdá, Sevilla, 28 de mayo de 2015

PARA LEER EN PDF (pp. 68–70): HCH-5-JULIO-2015

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