La libertad de expresión y el derecho a ofender

HCH-3-JE-SUIS-CHARLIE HCH 3 / Marzo 2015

La libertad de expresión y el derecho a ofender, por David Cerdá

Los abominables actos terroristas perpetrados en París a principios de enero de este año, cuya justificación imposible fue, en lo que respecta a los asesinos, la publicación repetida de caricaturas ofensivas para el islam, ha vuelto a poner sobre el tapete la cuestión del derecho a la libertad de expresión. Vale comenzar mostrando una fuerte preocupación porque un asunto como este, superada desde hace decenios en nuestras democracias consolidadas, vuelva a ser objeto de controversia. Pero no hay que arredrarse con la posibilidad de tener que volver a explicar cuan fundamental resulta la libertad de expresión para la misma democracia, porque pensar de nuevo sus contornos puede ser una lección renovada de sabiduría política, algo que nunca caduca ni está jamás definitivamente a salvo de sufrir retrocesos.

La libertad de expresión es un derecho fundacional de toda democracia, que se torna literalmente imposible sin la existencia de dicho derecho. No es que la fortifique o la mejore: es que la posibilita. El mismo meollo de la democracia es la construcción de un entramado legal mínimo común que permita las diferencias, y la única manera de asegurar que el disenso sobreviva es no penalizando a nadie por expresar lo que piensa. Esta capacidad para pensar lo que se quiera y exteriorizarlo incluye a cualquier ideología, postura o religión. Naturalmente, limita con otros derechos, como el derecho al honor, y por lo tanto no comporta la capacidad libre de ofender a las personas.

Libertad de expresión significa admitir que “ser ofendido” y “sentirse ofendido” son cosas radicalmente distintas. Implica la creación de un espacio civil común en el que lo que yo sienta subjetivamente que los demás me están haciendo carece de valor, puesto que, de tenerlo, la confrontación sería inevitable. Si el hecho de sentirme atacado me otorgase automáticamente un derecho, no habría manera de convivir en libertad. Si las sociedades islámicas que se organizan en torno a la Sharía no son democráticas es precisamente por esto.

Occidente ha sido capaz de organizar sociedades libres gracias a un avance fundamental: distinguir el pecado del delito. Ni siquiera es el odio, en democracia, un delito. En Occidente, un pecado es una falta espiritual y subjetiva; en los países islámicos, el pecado es un delito público. De ahí sus terribles formas de tortura social; de ahí que la tolerancia se pudra dentro de sus fronteras. Es un todo o nada, esto de la libertad de expresión y la democracia. Por eso, cuando el portavoz de la diplomacia iraní afirma que “el abuso de la libertad de expresión, que está actualmente muy extendido en Occidente, no es aceptable y debe evitarse”, demuestra de una vez y por todas que no ha entendido nada sobre en qué consiste la democracia.

La democracia es realmente una idea muy simple, nada sofisticada. Pero, dada su fragilidad, su intrínseca vulnerabilidad, sus principios últimos, siendo pocos, son innegociables. Entiendo que a la Sharía le pasa lo mismo, de ahí que sean incompatibles. Todos los que, en defensa de la ley islámica, siguen saliendo a tropel a contender contra quienes, según ellos, insultan injustificadamente al islam, están creando una inmensa bola de nieve que contamina a sus respectivos pueblos y nos aboca a un enfrentamiento directo. Cuando el muftí de Jerusalén afirma que “esto debe parar. Respetamos la vida humana y estamos en contra de cualquier forma de violencia contra las personas, pero estos dibujos deben acabar”, comete una enorme irresponsabilidad.

El problema de fondo, claro está, es el mismo concepto de la Umma: la mayoría de los musulmanes no entiende de fronteras ni de soberanías nacionales, y por lo tanto se sienten legitimados (y hasta compelidos) a criticar lo que se hace en cualquier lugar del mundo, sea cual sea su presencia en ellos. Esta es la cara más tenebrosa de aquellos monoteísmos que no han pasado por una necesaria cura ilustrada.

Duele, por lo mismo, con cuanta cobardía se han movido algunos medios al respecto de este ataque sangriento contra la libertad de expresión. En particular, en EEUU, donde el New York Times se dejó caer con un aparentemente reflexivo (pero en el fondo, profundamente cobarde) editorial en el que trataba de argumentar su decisión de no reproducir aquellas imágenes en las que aparecían caricaturas de Mahoma. Lo mismo cabe decir de varios medios ingleses, entregados a la canallesca medida de pixelar dichas imágenes en sus portadas. Estas muestras, por provenir de algunos de los baluartes principales de las democracias modernas, constituyen de por sí una llamada de alerta mucho más poderosa que las protestas airadas de todos los islamistas del resto del mundo.

Quede claro que la sátira no es, en sí, un valor a defender, salvo en lo que queda incluido en la libertad de expresión. No se trata de enarbolar la sátira corrosiva como un bien en sí. Ni siquiera de dar a entender que el humor de choque, de confrontación, sea una conquista democrática. No se trata de que nos guste ridiculizar ideas ajenas. Se trata de que nadie se vea violentado, ni siquiera inquietado, por el hecho de ejercer un derecho cuya salvaguarda es crucial para nuestra supervivencia en tanto que sociedad libre. Recordemos al viejo Voltaire, cuando dijo que no estaba de acuerdo con un señor, pese a lo cual, se mostró dispuesto a dar su vida para que ese señor pudiera seguir diciendo lo que decía. Existe incluso, en la mayoría de los países occidentales, un delito de escarnio. Pero su interpretación justa es enormemente restrictiva, puesto que si la sátira no es respetada en los términos más amplios, es imposible gestionar la libertad de opinión, de creencia, de argumentación.

Hay que entender que este debate transcurre por entero en la arena política, pues la libertad de expresión es exactamente eso, un derecho político. Es por eso que el hecho de sentirse ofendido con una caricatura no afecta (más allá del expuesto límite del escarnio) a la libertad de expresión, pues el respeto a las ideas ajenas (sus límites), siendo un asunto de conciencia, circula por el contrario por la vía ética.

Argumentan desde Hezbolah (cuyo inicial repudio de los atentados, ahora se explica, está más bien ligado a su antagonismo con los sunnitas) que la nueva portada de Charlie Hebdo en la que figura Mahoma “es un acto que contribuye directamente a ayudar al terrorismo, el extremismo y el fundamentalismo”. Imbuidos desde la misma antiética guerrera, ignoran en dicha organización que el terrorismo carece por definición de coartadas justificables, o lo que es lo mismo: que no hay que hacer nada para evitar enfadar a un terrorista, pues este siempre encontrará una excusa para matar. Quien vive en el terror no va a abandonarlo porque se le retire una ofensa; quien desea agredir siempre encuentra uno a mano.

Manifiesta un organismo oficial egipcio que la portada de la publicación es un “acto injustificablemente provocativo para los sentimientos de mil millones y medio de musulmanes que en todo el planeta aman y respetan al profeta”. En el fondo permanece siempre la misma cuestión: la confusión entre la expresión de una opinión y la comisión de una ofensa objetiva. No es más que una ofensa subjetiva, y en democracia, eso no vale absolutamente nada. Por mucho que a muchos les duele y les moleste, sin esa primera piedra, no hay polis libre en la que poder convivir. Cosa esta, la libertad, que de todos modos tampoco supone valor prioritario alguno para las sociedades islamizadas. Confróntese con lo declarado por el Premier británico, David Cameron: “Soy un cristiano y, obviamente, no me gusta ver las cosas religiosas tan queridas por mí burladas de manera desagradable, pero en un país libre si la gente quiere atacar mi religión y mis creencias debo aceptarlo porque forma parte de la vida en un país libre”. En la improbable comprensión de esto entre quienes abogan por una vida de sumisión radica el quid de la cuestión.

david-cerda-y-daniel David Cerdá, Sevilla, 30 de enero de 2015

PARA LEER EN PDF (pp. 5–8): HCH-3-MARZO-2015