Unas notas al vuelo sobre Pío Baroja, Miserias de la guerra

10 HCH 1 / Noviembre 2014

Unas notas al vuelo sobre Pío Baroja, Miserias de la guerra, Madrid: Alianza, 2013, por Ángel Repáraz

Un Baroja final -firma el remate de la novela en enero de 1951- retoma en ese piso de Ruiz de Alarcón cuyo ambiente nos han rescatado su sobrino Julio Caro, Cela o Benet, ya desde el título goyesco la causticidad y el aguafuerte desconsolado de sus novelas madrileñas iniciales. Sólo que ahora en Madrid han tocado a rebato para el asesinato generalizado y, en un grado importante, impune. Determinar como pesimista esta escritura, asociándola acaso al Schopenhauer de la juventud del autor, es decir poco, o decir sesgado: desde bastante antes de 1936 Baroja se ha situado en una, discúlpese la contradictio in adjecto, cálida desesperanza -“todo lo moderno es detestable”-, sólo en lo formal próxima a formas literarias más o menos coetáneas porque internamente Baroja había declarado el boicot continental al mundo, también literario, del siglo XX mucho antes. Que así practicaba una severa escotomía de sus posibilidades vitales había sido el diagnóstico de su examigo Ortega y Gasset; lo que no podrá disputársele al novelista es independencia de juicio sobre la realidad exasperada de sus connacionales de entonces.

Baroja como provocación, o, mejor, como instancia de justificación de la robustez de nuestras viejas seguridades ilustradas: cuando salisteis a la vida adulta habíais abrevado ya suficiente en Condorcet, Marx y los demás, parece estar diciéndonos más de sesenta años después, pero os ha faltado tiempo para mirar bien, lo que se dice mirar bien, el paisaje humano que tenéis en torno, la insalvable avilantez que el pueblo -para él a menudo coextensivo con ‘los españoles’- pone en ejecución en cuanto tiene oportunidad, y, podéis creerme, la guerra civil es la oportunidad suprema. Odio, fanatismo, chulería y crueldad, sota, caballo y rey: así están las cosas en la errática antropología barojiana del español (cuando compara niveles de barbarie, muy pocas veces, su schopenhauerismo de juventud sube unos cuantos enteros: “los unos con el débil amor al prójimo en los labios, los otros soñando idilios, y después todo son asesinatos, robos y crueldades”). Y si sucede que el español resulta valiente también es cruel, o lo es por crueldad, como los pueblos primitivos; cuando se siente más benigno le salen juicios ya holísticos: “España, como colectividad, resultaba un pueblo mediocre” (con un imperfecto verbal un poco misterioso). Porque mediocres son todos, políticos y revolucionarios, los rojos y los blancos. En la casi última vuelta del camino Baroja continúa rehén de sus repulsiones, que ahora concentra con monocorde exclusividad en los últimos escalones de la República: “el pueblo está siniestro”, “las turbas mandan en la calle”, “estos comunistas son de un absolutismo y de una mezquindad verdaderamente raros”, etc. Y bien, a don Pío, médico de formación y con muy apreciables conocimientos de historia -y de biología-, parece no habérsele pasado nunca por la cabeza que, como se ha repetido y ya metidos en la universal zarabanda hobbesiana del omnes contra omnes, no son exactamente lo mismo el crimen del esclavo y el crimen del esclavista.

Una estética abollada y una sordera avanzada para la ritmación narrativa, o prosódica, se aparean con el desánimo como emoción dominante -y con la cautela: “el Movimiento”- en la producción de un manifiesto del desapego. Claro que si nuestro escritor, y esto es de conocimiento común, tiene el castellano cojitranco de tantos vascos, euskaldunes o no -él lo era-, tampoco se le cuestionará un instinto muy fino para la eficacia lingüística, ni, con Galdós, un oído alerta para lo vivo del lenguaje -fraseologismos, por ejemplo- de un tiempo para nosotros ido. Más débiles artísticamente son ya sus argumentos, sus condenas sin remisión; la República puede haber sido cosa de pedantes y/o mediocres y los comunistas españoles de 1936 habrán sido todo lo huéspedes de la “irracionalidad” que se quiera, pero la apoyatura narrativa de todo ello no aparece por ningún sitio. Y que de entre los muy pocos prohombres que obtienen su absolución vaya a fijarse, así, como suena, en Melquíades Álvarez, que, o porque, “era un republicano y un gran orador” -y muy envidiado por ello, agrega-, puede encorajinar al barojiano más abnegado (Azaña, al que ni menciona con su nombre, no pasaba de ser “un literato”).

No es que la inapelable requisitoria que Baroja hisopa aquí sobre el pueblo español fuera del todo nueva -bastante antes de la guerra ya Ortega lo había descrito como ‘políticamente vil’-, tampoco en él. ¿Por qué acabamos volviendo entonces a Baroja? Una explicación parcial puede ser que sus novelas descosidas -aquí no hay ni plot– nos descubren a pesar de todos los pesares elementos muy centrales de la composición y el funcionamiento de las élites españolas de la post-restauración; otra, que, una vez que ha pasado lista a conciencia a sus fobias, Baroja siempre encuentra lugar para su nostalgia de un orden humano no lesivo, cuya posibilidad él sitúa en aquellas “clases medias” educadas que seguramente se desvanecieron masacradas por unos y otros -y de que siempre forma parte algún vasco, aquí Elorrio-: el único segmento social, se diría, que no le merece un juicio derogatorio. Pues bien, si una cierta interpretación sentaba que en su resultado la guerra civil supuso la sustitución de una burguesía por otra, saqueadora sin más, no hay por qué excluir que algo parecido haya sucedido con las clases medias. Aquí estaría el sitio de Hipólito, portavoz de la última verdad barojiana. Porque al término Hipólito elige la decencia: no quiere vivir en el orden nuevo y prefiere el suicidio asistido por el pelotón de fusilamiento. Va a resultar que nuestro viejo cascarrabias guardaba un as en la manga.

ÁNGEL-REPÁRAZ Ángel Repáraz, Madrid, febrero 2014