A los 100 años de la obertura de un prolongado ensayo social con métodos genocidas. Pinceladas a propósito de El fin del ‘homo sovieticus’, Barcelona: Acantilado, 2015, de Svetlana Alexiévich. Primera Parte

22 HCH 21 / Marzo 2018

A los 100 años de la obertura de un prolongado ensayo social con métodos genocidas. Pinceladas a propósito de El fin delhomo sovieticus’, Barcelona: Acantilado, 2015, de Svetlana Alexiévich.

 

PRIMERA PARTE

1

            Omnis determinatio est negatio. La sentencia spinoziana arrastra tras de sí toda una cadena de ‘noes’. Aquí: estas ‘pinceladas’ no son historia ni crónica de la Unión Soviética puesto que no soy historiador; toco además sobre todo el período estalinista, que juzgo absolutamente determinante de cuanto ha venido después, hasta hoy. No conozco por otra parte la lengua rusa, lo que ha puesto límites al material utilizado. En el que, además, brillan las ausencias; no he considerado la epopeya de Vasili Grossman, ni las extensas consideraciones de Trotski sobre la revolución, ni las memorias de Svetlana Alilújeva (Lana Peters en su exilio americano), hija de Stalin, ni las de Jrushov. De pura desgana no he vuelto al leniniano Materialismo y empiriocriticismo, el trabajo de un doctrinario muy poco versado en la física entonces moderna (“su peor libro”, M. Sacristán; “un análisis enormemente tosco y superficial”, H. Marcuse). Tampoco he consultado los trabajos de Berdiayev, o las Memorias de Sájarov, o La mentalidad soviética, de Isaiah Berlin. Son parte asimismo de la lista negativa los otrora tan solicitados volúmenes de Lenguas Extranjeras de Pekín; y singularizo los Fundamentos de leninismo, de Stalin, de quien por otra parte en los últimos años se han escrito abundantes biografías, que tampoco he atendido. Faltan, y aquí el déficit se hace pesaroso, los análisis (muy poco leninistas) de la naciente república soviética por parte de Rosa Luxemburg, o la biografía de Stalin que nos dejó B. Souvarin, así como el relato autobiográfico de Viktor Krawchenko,Yo escogí la libertad.

            Conozco, sí, como se ve al final, los principales trabajos de Solzhenitsin, Voslensky, Ehremburg, Shalámov, Hannah Arendt o Isaac Deutscher; no he podido encontrar El gran terror (1968), de Robert Conquest, el libro, según M. Amis, que más contribuyó a socavar los cimientos de la URSS después del Archipiélago Gulag. Sin duda que un ensayo histórico riguroso no pasaría por alto la correspondencia privada de Stalin, que no he conseguido. La experiencia soviética se quiso en la historia externa la puesta en práctica de la visión de un filósofo y economista alemán del XIX; y esa visión se pretendió traducir a realidades sin el menor escrúpulo y en un inmenso país campesino por parte de unos pocos iluminados: son los pavorosos resultados de tal hybris lo que se comenta aquí. Habrá en estas líneas, por todo lo dicho, imprecisiones; pero la argumentación la juzgo no obstante correcta en lo que tiene de recusación del pretendido derecho del príncipe a asesinar: contra Hobbes, contra Beria, contra Stalin. 

2

            El 7 de diciembre de 2015 una señora de aspecto modesto leyó públicamente en Estocolmo una desazonadora pieza de oratoria. Porque Svetlana Alexiévich (1948), hija de bielorruso y de ucraniana, ha sabido muy bien lo que hacía con su laboriosísimo trabajo de campo de decenios: la recuperación parcial de la memoria amordazada de una inmensa comunidad. Así, entrando ya in medias res, cierta mujer declara lo siguiente ante su micrófono: “No recuerdo a ningún hombre en nuestro pueblo después de la guerra; en el transcurso de la II Guerra Mundial un hombre de Bielorrusia de cada cuatro cayó en el frente o como guerrillero”[1]. Y ella misma, la periodista, añade: “Varlam Shalámov escribió una vez: ‘Fui partícipe de una violenta batalla perdida para una auténtica renovación de la humanidad’. Yo reconstruyo la historia de esa batalla, de sus victorias y de sus derrotas. El intento de erigir en la tierra el reino de los cielos. ¡El paraíso! ¡La ciudad del sol! Pero al final lo que quedó fue un mar de sangre y millones de vidas humanas aniquilada”[2].

            Esas vidas pasadas por alto, omitidas, han dejado muy poca huella de su paso por la tierra y el tiempo, con mucha frecuencia ninguna si su destino fue el matadero estalinista. Por ello la Alexiévich denuncia unos antecedentes historiando con doloroso detalle las consecuencias, a menudo monstruosas, de un fantasma en cuyos orígenes remotos estaba la revolución de 1789 (que bastantes de los primitivos bolcheviques conocían al dedillo). Los golpistas del otoño de 1917 acabaron por hacer de su revolución un acontecimiento de proporciones mundiales, como admite, y muy temprano, Russell: “La Revolución Rusa es uno de los grandes acontecimientos heroicos de la historia universal. Resulta natural compararla con la Revolución Francesa, pero es en realidad algo de importancia aún mayor. Ha hecho más por cambiar la vida cotidiana y la estructura de la sociedad; y ha hecho también más por cambiar las creencias de los hombres”[3]. En la base de la fe que nutría todo ello se encontraba una entidad irreal, pero de gran peligro: la ‘necesidad histórica’. Alexiévich remueve en ese pasado reciente, alguna vez inquietadoramente presente todavía en su país: “En el mercado negro de Moscú se puede comprar de todo: riñones, pulmones, hígados, ojos, válvulas cardíacas, piel humana”[4].

3    

            Iván el Terrible fue coronado en 1547, primer gran príncipe de Moscú que se autocorona como zar de Rusia. Ya antes, en 1543 y con 13 años, ha hecho prender por la guardia del Kremlin al nuevo dirigente boyardo —la nobleza rival— y dado orden de que lo descuarticen perros de caza hambrientos. Iván fue dostoyevskianamente piadoso, frecuentador de las Sagradas Escrituras y buen jugador de ajedrez. Para la puesta en ejecución de sus órdenes disponía de un cuerpo militarizado de asesinos —los oprichniki—, 15.000 hombres que extendían el terror en todo el país. Porque obra genuinamente rusa es la institución conocida como oprichnina, un KGB del siglo XVII cuyos miembros, informa un historiador de la época, iban por la ciudad con largos cuchillos y hachas, buscando víctimas para masacrarlas. Y en su vida hay un extremo interesante para quien intente el análisis de Stalin: Iván, cuyo reinado se lee como un continuo derramamiento de sangre (no sin derrotas militares frente a los polacos), próximo a su muerte compilaba extensas listas de sus víctimas[5]. Como era de esperar, también pretendió ‘europeizar’ a Rusia y dispuso que se establecieran artesanos alemanes, artistas y estudiosos en Moscú, donde instalaron las primeras imprentas. Al final tuvo tiempo para asesinar a su propio hijo.

            En 1643 es coronado zar Miguel, el primer Romanov. Y en 1672 nace Pedro el Grande; de gran talla (2 metros) y una energía inusual, tiene un reconocido magisterio en el arte de intimidar. Hace ejecutar pronto a todos los partidarios de su hermana Sofía, y ordena que se cuelguen los cadáveres ante la ventana de ella; y las cámaras de tortura de la capital —unas cuarenta— se convierten en una institución estable. Es fama que en cierto pogrom asesino él con sus propias manos no menos de 84 personas. En 1695 había viajado de incógnito a Amsterdam para trabajar en unos astilleros; más tarde introdujo la vestimenta occidental en la corte y obligó a los nobles a afeitarse. En torno a 1720 el zarevich Aleksei, su hijo, muere a consecuencia de las torturas. “Casi lo último que hizo antes de morir fue ordenar la traducción del libro De los deberes del hombre y del ciudadano del jurista e historiador alemán Samuel Pufendorf. […]. Pufendorf también recalcaba el deber del gobernante de trabajar por el bien común, no solo por el suyo, y la obligación del ciudadano de obedecer sin recurrir a ningún tipo de rebelión. […]. El pensamiento político europeo había llegado a Rusia”[6]. Aunque Rusia no conoció una facultad de Derecho hasta 1755.

            Otro amigo del azote, que, como Iván y Pedro, aplicaba de propia mano a sus cortesanos con un bastón, fue Nicolás I, y Pushkin supo algo de ello. El movimiento de los decembristas de 1825 fue abortado con siete ejecuciones de militares, pero sentó un precedente tentador: la conjura contra el zar, en alguna ocasión (1881, 1917) exitosa. Entre tanto, tras la derrota en la guerra de Crimea, los reformadores veían que el país estaba necesitado de nuevas técnicas productivas si quería sobrevivir como potencia. Y bien, el gran obstáculo antimodernizador era la servidumbre, es decir, el zarismo. En la segunda mitad del XIX ocurre algo de interés: escritores como Turguéniev, Dostoievski y Tolstói se hacen con una considerable popularidad en el país sin que realmente exista una clase media intelectualmente diferenciada; son los nobles —pequeña nobleza— y los intelectuales —los judíos acceden a la universidad a partir de 1850— el público destinatario de media docena de importantes revistas literarias atentas a publicar las novedades.

            Pero era una economía rural estancada, con un campesinado sometido y depauperado. El malestar latente subió a la superficie con las frustraciones y humillaciones de la guerra ruso-japonesa de 1905/6[7]. Fiel siempre a sí mismo, en su fase final el gobierno del zar llevó sus políticas reaccionarias al extremo aplicando medidas administrativas de una arbitrariedad sin precedentes[8]. Vuelve la hegemonía de la policía política; los bolcheviques no inventaron. Sabemos asimismo que el último zar amaba con particular dilección las “centurias negras”, y se hacía lenguas de su patriotismo. En aquella Rusia había muy poco que sugiriera una administración de justicia real. Como ejemplo recurrente, todo les estaba permitido a las autoridades y a la policía cuando se trataba de masacrar a los judíos. Que el gobierno se encontraba en permanente estado de guerra con la población lo afirma en sus memorias políticas de 1935 un respetable abogado como Alexander Tager, a la sazón ciudadano ruso[9]. Después se llevará a cabo una monstruosa ampliación de tal práctica.

            Nicolás II, de tierno corazón siempre, estaba por la ejecución de los judíos. Antes y después de la revolución de 1905 el Gobierno y su policía estuvieron demostradísimamente detrás de los sangrientos y cíclicos progroms antijudíos. La Ojrana seguía poseyendo poder discrecional para arrestar y deportar a sospechosos sin ningún tipo de juicio o formalidad legal. Les hacía falta: da la impresión de que en aquella revolución tuvieron parte todos. Fue una revuelta de los liberales y constitucionalistas burgueses contra una autocracia arbitraria, despótica y arcaica, desde luego. Pero fue asimismo una revuelta obrera, desencadenada por la atrocidad del “domingo sangriento” de 1905, que se continuó con miles y miles de trabajadores asesinados (y produjo la constitución en Petersburgo del primer soviet de obreros elegidos). Y, para completarlo, fue una extensa revuelta campesina, la primera, feroz, espontánea y carente de toda coordinación.

            El 23 de febrero 1917 las mujeres de Petrogrado —la ciudad ha cambiado de nombre— se lanzan desesperadas a la calle porque la guerra con la Alemania guillermina hace imposible hasta el suministro de pan; las tropas que les disparan se amotinarán más tarde. El Consejo de Ministros presenta su dimisión el 27 de febrero de 1917; al poco Nicolás abdica, altamente consciente de que un gobierno y un pueblo así no merecen sus desvelos. Los bolcheviques de Lenin, que dos años después para Russell “representan, sin embargo, lo que en Rusia es máximamente eficaz[10]”, no andan perdiendo el tiempo y desde el golpe en Petersburgo de noviembre ostentan ya el poder real en las dos mayores ciudades del país; al año siguiente cambian su nombre por el de Partido Comunista de la Unión Soviética. El Comité de Comisarios del Pueblo consta de 13 miembros; el Comisario de Nacionalidades, el más joven de todos, se llama Stalin.

4

            “En realidad, la Revolución de Octubre solo se había producido en Petrogrado y Moscú. En la mayoría de las capitales de provincia, esta revolución, lo mismo que la de febrero, se había realizado por teléfono”[11], afirma nada menos que Trotski. Semanas después del Putsch de Petrogrado los bolcheviques tenían el control de las principales ciudades de la región industrial del centro, norte y este de Moscú, en los Urales y entre los marinos de la flota del Báltico. El Russell viajero no es insensible a la subsiguiente organización social de la miseria: “No hay prácticamente vida social, […] en parte porque, cuando alguien es detenido, la policía puede detener a cualquiera que lo acompañe o que vaya a visitarle. Y, una vez arrestado, un hombre o una mujer, puede permanecer meses en prisión sin proceso”[12]. La verdad exige añadir aquí que en marzo y abril de 1919 contingentes militares ingleses, franceses, norteamericanos, checos y japoneses de alguna importancia se encontraban en territorio ruso del lado de los blancos. Los bolcheviques, por su parte, muy en especial Lenin, solo veían futuro a su revolución si enlazaba con la alemana, sin la cual daban por inevitable el fracaso de la suya.

            De acuerdo con Marcuse, el partido —la dirección del partido— pronto “aparece como el depositario histórico de los ‘verdaderos’ intereses del proletariado”. Muy bien, pero si dejamos de lado la elevada inflación en el uso del adjetivo “histórico”, ¿ante quién aparece ese partido, por cierto? El procedimiento, esto sí que es visible, consiste en situarse por encima del proletariado, y a distancia creciente, por medio de sentencias y decretos[13]. La manifestación real de aquello fue observada por Russell en aquel Petrogrado: “la mayoría de las personas que uno ve por las calles muestran signos evidentes de desnutrición”[14]. Pero añadiendo: “La política de aplastar el bolchevismo por la fuerza ha sido siempre necia y criminal; ahora ha pasado a ser imposible y preñada de desastres”[15]. Lenin entre tanto ha desarrollado una profunda desconfianza hacia la personalidad de Stalin. Sabemos de las amenazas barriobajeras de este a la Krupskaia, que había protegido al marido enfermo —que no se recuperaría nunca del atentado de agosto de 1918— ante el empeño de Stalin por importunarle. Lenin escribe el 5 de marzo de 1923 a Stalin censurándole severamente su proceder, exigiéndole las debidas excusas y amenazándolo con la ruptura de toda relación personal. A finales de diciembre de 1922 el ya inválido Lenin había comenzado a dictar una carta al XIII Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética. El documento, al que se ha venido a llamar su testamento político, fue leído ante el Comité Central del partido a su muerte. A Stalin no pareció importarle mucho; Zinoviev, su aliado entonces, se preocupó de salvar la situación. En el mismo se lee: “El camarada Stalin, llegado a Secretario General, ha concentrado en sus manos un poder inmenso, y no estoy seguro de que sepa utilizarlo con la suficiente prudencia. Por otra parte, el camarada Trotski […] no se distingue únicamente por su gran capacidad. Personalmente, quizá sea el hombre más capaz del actual CC, pero está demasiado ensoberbecido […]”[16]. Trotski proporciona otra versión ya en el exilio: “Pero ya Lenin había hablado con Trotski de modo muy claro: ‘Es necesario que se le designe a usted para sucederme. Dé usted mismo al traste con el aparato’”[17]. El testimonio necesitaría de algún contraste, precisamente por su origen. El hecho es que las muchas funciones que acumulaba Stalin le daban control sobre los nombramientos en el partido de cualquier puesto de relevancia. Trotski gozaba aún de gran poder y prestigio; pero era sofisticado, cosmopolita y algo arrogante en un universo político crecientemente estalinista. Y se ponía a leer novelas francesas -en francés- cuando se aburría en las sesiones del Comité Central. Sobre todo: subestimó estúpidamente al “montañés”[18].

            Y algo poco conocido: las relaciones germano-soviéticas en esta época fueron de estrecha colaboración militar. “En septiembre de 1921 se cerró un acuerdo tras reuniones en Berlín, en las que […] las cabezas de la Reichswehr fueron los principales negociadores […]. […] las fábricas alemanas en la Rusia soviética pronto estuvieron dedicadas a la producción de cañones, proyectiles y aviones”[19]. En mayo de 1924, ya sin Lenin, se celebra el citado XIII Congreso: “Stalin y Zinoviev cerraron las sesiones con discursos llenos de insultos contra Trotski”[20]. Entre tanto, la liquidación de la oposición comienza a ensayar su andadura implacablemente sincopada: reduciéndola a una minoría inoperante poco a poco, expulsándola de los puestos de mando y del partido después, y luego las retracciones, la cárcel, la ejecución casi siempre. Conocemos una predicción de Russell: “La experiencia del poder está alterando de manera inevitable las teorías comunistas, […]. Si los bolcheviques se mantienen en el poder, es muy de temer que su comunismo se marchite, y que vaya pareciéndose cada vez más a cualquier otro gobierno asiático […]”[21]. 

5

            Maquiavelo es certero y sin ilusión alguna en el detalle del análisis, pero nuestro horizonte de interpretación es más el del hobbesiano Leviatán, resultado de algo que Maquiavelo no ha podido conocer: el desgarro civil de las guerras de religión del XVII, que, pensaba Hobbes, había que evitar en el futuro a todo trance. Como quiera, en la concreción maquiavélica-hobbesiana de todo ello está muy bien documentada la gradual atomización del proletariado soviético. La introducción del sistema stajanovista fue aquí una gran idea, vale decir la organización de la más despiadada competencia entre los propios obreros, que culminó en 1938 con la imposición de la libreta del trabajador, sin el cual ninguno podía obtener un empleo o viajar o adquirir víveres[22]. La disciplina laboral, por añadidura, era severísima: un retraso de minutos en el puesto de trabajo, o la lentitud con el mismo, podían suponer una condena de diez años. Todo estaba preparado para los procesos de los procesos de Moscú de 1936, en que fueron liquidados los supervivientes de la revolución de octubre. Pero más importante aún fue lo que vino después: prácticamente no hubo oficina o fábrica que no fuera purgada a fondo[23]. Se calcula que fueron conducido a los campos de concentración o directamente fusilados el cincuenta por ciento de todos los miembros del Partido y por lo menos ocho millones de personas que no eran miembros de este. Las oleadas en la eliminación de responsables significaron lógicamente “un sangriento cambio en el interior de la nueva clase dominante” (Voslensky).

Continuará…

La Segunda Parte saldrá publicada en HCH 22 en mayo 2018

angel-reparaz-hch Ángel Repáraz Andrés, Madrid, enero 2018

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NOTAS

[1]   Alexiévich (2015c).

[2]   Idem.

[3]   Russell (1969: 7).

[4]   Alexiévich (2015a: 526).

[5]   Bushkovitch (2013: 90).

[6]   Bushkovich (2013: 113).

[7]   Carr (1984: 8).

[8]   Tager (1935: vii).

[9]   Tager (1935: 5).

[10] Russell (1969: 23).

[11] Trotski (1972: 90).

[12] Russell (1969: 74).

[13] Marcuse (1967: 51).

[14] Russell (1969: 78).

[15] Russell (1969: 88).

[16] Lenin, “Carta al Congreso…”

[17] Trotski (1972: 22).

[18] Así lo llamó Mandelstamm en el poema que le costó la vida.

[19] Carr (1984: 60 y s.).

[20] Carr (1984: 95).

[21] Russell (1969: 38).

[22] Arendt (1996: 45).

[23] Arendt (1969: 692).

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