Creatividad erótica

22 HCH 21 / Marzo 2018

Creatividad erótica, por David Cerdá

El banquete más famoso de todos los tiempos cobró vida de la mano de Platón, hace unos veinticuatro siglos. Debió de ser un banquete parecido a los de ahora, solo que en quitón e himatión, sin cobertura vía Twitter e Instagram y con el vino aguado. Discurría como suelen hacerlo estos eventos erótico-festivos, y nunca mejor dicho: en el punto álgido de la velada, los asistentes propusieron que cada cual expusiese su teoría sobre el Eros, el amor, y que fuese celebrada la más brillante y auténtica de todas las exposiciones. Tomaron por turnos la palabra. Primero el joven Fedro, que recordó que el amor nos impele a las mejores acciones. Habló después Pausanias, que se refirió al amor espiritualizado, tan superior al otro. Seguidamente, intervino el médico Erixímaco, que concibió dicho Eros como el dinamismo que mueve el universo. Aristófanes narró el mito de los hombres redondos, partidos por Zeus en mitades que anhelan reencontrarse, un relato que sigue dando mucho juego. Y a continuación Agatón, anfitrión del refrigerio, entonó un florido discurso sobre el dios Eros, el más grande e inigualable, eternamente joven, etcétera.

La última palabra se la reservó Platón, como de costumbre, a su maestro Sócrates, que se mostró sorprendido por el discurrir de las intervenciones: le había parecido entender que se trataba de decir la verdad, y no de hacer declamaciones pomposas. Lo que él sabía sobre el amor, explicó, lo aprendió de Diotima, sabia mujer de Mantinea, de la que tomó un par de ideas fascinantes. La primera, que el dios Eros fue el fruto del también dios Poros, personificación de la imaginación y la abundancia, y de Penía, la pobreza y la indigencia. Lo segundo que le contó fue que todos estamos preñados de belleza, de bien y verdad, esas tres gracias que Platón reúne en su idea del supremo Bien. Y que lo que hace que demos a luz la belleza que todos llevamos dentro es entrar en contacto con la belleza, y que ese parto es el amor mismo en acción.

Puesto que el amor es la quintaesencia de la creatividad (nuestra huella en el mundo y nuestra victoria sobre la muerte), y el Banquete uno de ese puñado de textos que nos definen como civilización, creo que se puede hablar del carácter erótico de la creatividad, y de lo viva y contemporánea que resulta la propuesta platónica. Se me ocurre que cabe extraer tres lecciones, las tres importantes, del relato: una elemental, otra más profunda, y un recordatorio.

La lección elemental es que los ambientes físicos y culturales son fundamentales para sacar el mayor jugo creativo de nuestras organizaciones. A menudo bromeamos con las fotos que circulan en la red de las oficinas de Google, o sobre que en Sillicon Valley la gente vaya en shorts y lleve su mascota al trabajo. Yo no digo que haya que plantar un tobogán en cada PYME; pero se pueden hacer muchas cosas razonables y asequibles para que lo bello nos circunde y nos invite a procrear ideas. Ni el blanco ni el negro: desterrar la asepsia, cuando no la cutrez, y tratar de salir ir más allá de las paredes que a menudo nos enclaustran, no es un lujo privativo de las empresas que colman el Fortune 500. Pero, por supuesto, requiere que los que organizan el cotarro se lo tomen en serio, y el resto acompañe con su actitud.

La lección profunda es que la única manera de parir ideas es entrar en contacto con personas buenas, internamente bellas, e inteligentes. Para ello, a su vez, uno, tiene que haberlas, y dos, hay que facilitar que se relacionen entre ellas. Esto, que parece una perogrullada, dista mucho de ser la norma en la práctica empresarial en particular y organizacional en general. Por una parte, descuidamos que hay que propiciar el encuentro, y todo lo fiamos a la inclinación natural de las personas. Por suerte o por desgracia, éstas tienen muchas otras cosas en la cabeza aparte de generar buenos encuentros en el lugar en el que trabajan. Por otra parte, se ha aprovechado (malgastado) la crisis económica para descuidar el cuidado del talento, y son muchas las entidades que se han aligerado precisamente por donde no debieran, atosigando a los mejores, que casi siempre son los primeros en querer irse. Fueron muchos los que creyeron que, dadas las circunstancias, se podían permitir el lujo de tratar a los brillantes como rehenes. A nivel de país, qué les voy a contar: nos hemos convertidos en exportadores de talento. Mal asunto deportar, aunque sea por las buenas, a los que están grávidos de lo mejor.

Finalmente, un recordatorio: Sócrates emprende un giro muy valiente al explicar que fue una mujer la que le instruyó acerca de todo lo que sabe sobre el amor. A muchos les parecerá que es una advertencia, quizás como el mismo Platón, superada. Pero uno ha visto los suficientes, poco escondidos, muy corporativos, y ultramodernos gineceos como para afirmar que siguen sin abundar, también en cuanto a esto, los Sócrates. Así pues, no está de más recordar cuánto podemos aprender de las mujeres, sobre la creatividad y sobre muchas cosas más.

david-cerda-y-daniel David Cerdá, economista y filósofo, y viceversa, Sevilla, 8 de febrero de 2018

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