Cuotas para mujeres

HCH-2-BAUDELAIRE-PARIS-EYAL-STREETT HCH 4 / Mayo 2015

Los diálogos del vermú 1: Cuotas para mujeres, por David Cerdá

[Soy Sebastián, camarero del bar Sócrates, donde cada medio día nuestros parroquianos, que saben vivir, paran quince minutos para tomarse el vermú y departir conmigo. Yo tomo nota de nuestros diálogos, y los comparto con todos, por si a alguien más le pudieran entretener]

Parroquiano: A las buenas, Sebastián: ponme un vermú.

Sebastián:    Sobre la marcha, caballero.

P: Estamos listos con lo de las feministas. Ya no basta con sus numeritos en la escena pública: ahora nos asediarán en nuestros propios trabajos.

S: ¿A qué se refiere?

P: A las dichosas cuotas. ¿Puede haber una idea más estúpida?

S: Se refiere a que se reserve un número de asientos en los puestos de responsabilidad a las mujeres, ¿verdad?

P: Precisamente. Menuda aberración.

S: ¿Quiénes han conseguido, a su juicio, que las cuotas sean sancionadas?

P: Lobbies peligrosos, como los de gays y lesbianas. No son trigo limpio.

S: ¿Un lobby, dice? Las cuotas han sido sancionadas como instrumentos de justicia por la UE, la ONU, y las leyes de muchos países avanzados, entre ellos el nuestro.

P: A mí desde luego no me han preguntado.

S: Pero eso no quiere decir que no sea el producto de un proceso democrático. Usted, como yo, escoge a sus representantes, estos a su vez emplazan a personas en ciertos cargos, y todos ellos tienen responsabilidades legislativas que tratan de poner voz a las sensibilidades del pueblo al que representan. Le concedo que esa transmisión de voluntades dista mucho de ser perfecta; pero el proceso de decisión no deja de ser perfectamente democrático.

P: Ya, pero vamos a los resultados: mañana me van a despedir a mí para que mi puesto lo ocupe una mujer. ¿Hay derecho a eso?

S: ¿Conoce usted casos de eso? ¿Sabe de alguien a quien le haya pasado?

P: —Pensativo— No. Pero podría pasar.

S: ¿Quiere decir que sería legal que le despidiesen por tal motivo?

P: Pues no lo había pensado… No lo creo… ¿Tú qué dices, Sebas?

S: Que no conozco la redacción completa de la ley pero me arriesgo a decir que tal supuesto no se contempla. Que la mecánica propia de las cuotas se refiere a las vacantes que están por cubrir, y que se estima una adaptación sucesiva, no que se despida a ningún hombre con esa excusa.

P: Y bien: ¿qué me dices del asunto del supuesto lenguaje machista? ¿No es para volverse locos?

S: ¿A qué se refiere?

P: “Amigas y amigos”; “ciudadanas y ciudadanos”; “hermanas y hermanos”. ESO.

S: Analicémoslo. El uso del plural, que en castellano es hasta hoy masculino, ¿qué fines cumple?

P: Según cierto feminismo, y algunas instituciones públicas, es un uso denigratorio para las mujeres. Aunque a mí me contaron que era una cuestión de economía de lenguaje. Y la verdad es que se hace muy cansino escuchar según qué discursos…

S: Es verdad. Le pregunto: ¿quiénes son responsables de que la lengua mantenga su forma? ¿La Junta de Andalucía y las asociaciones civiles?

P: En absoluto. La Real Academia de la Lengua.

S: ¿Es esta una institución creada con fines represivos?

P: No me consta. Lo que hacen esos señores es tratar que los hispanohablantes cumplamos con ciertas normas necesarias para mantener un lenguaje pulido, de calidad, esplendoroso.

S: Pienso igual.

P: En eso estamos de acuerdo. Pero volvamos a las cuotas. No me negarás que son un instrumento negativo.

S: ¿En qué sentido?

P: En que son un engendro. Prohíben. Desbaratan el libre juego del mérito. ¡Nada mejor que una junta directiva formada solo por mujeres! Que gane el mejor: esa es mi filosofía.

S: Bien, estudiemos eso, porque en verdad, toda cuota es un instrumento político negativo (corrector). Tomemos un caso análogo: las cuotas para discapacitados.

P: ¿No estarás sugiriendo que ser mujer es una especie de discapacidad? ¡Cuidado, que te cuelgan!

S: Estoy sugiriendo justamente lo contrario: que ni mujeres ni personas con discapacidades son menos idóneos que el resto para suplir esos trabajos. Y no obstante, la ley establece que, en empresas de más de cincuenta trabajadores, el dos por ciento de los puestos los ocupen personas con alguna clase importante de discapacidad. ¿Cree usted que eso es justo?

P: Pues… Sí. Supongo que sí.

S: Pero, ¿cómo es eso? Tal cuota, de seguir su razonamiento, interferiría en el libre juego del mérito.

P: Pero es distinto: las personas discapacitadas se enfrentan a una discriminación.

S: ¿Qué quiere decir?

P: Que aunque a ti y a mí nos parezcan perfectamente capacitados para todo aquello que no interfiera con su discapacidad (que es algo de seguro aplicable a muchos trabajos disponibles en plantillas amplias), no es el caso de la generalidad.

S: Y en el caso de las mujeres, ¿eso no pasa?

P: Yo creo que no.

S: Entonces, ¿por qué existe eso que, en términos internacionales, se llama el gender pay gap?

P: ¿Qué es eso?

S: La constatación en casi todos los países del mundo, con diversos grados de gravedad, de una diferencia entre lo que cobran mujeres y hombres.

P: ¿Eso quién lo ha probado? No me fío.

S: Instituciones varias. De nuevo: está en la EU y en la UNESCO, y se habla de ello en el World Economic Forum. Lobbies.

P: Ya…

S: O tome la proporción de mujeres en puestos de responsabilidad en nuestro país, un irrisorio veinte por ciento ¿Diría usted que eso refleja “el libre juego del mérito”?

P: Pues ¡qué sé yo! ¿Qué tendría que ser, justo el cincuenta por ciento?

S: No, ciertamente. Pero tendría que parecerse. Yo diría que, por debajo del cuarenta, todo lo que no sea plantearse que hay otros factores en liza es un insulto a la inteligencia (no solo a la de ellas, sino a la nuestra).

P: ¿Y qué pasa si a ellas no les interesa?

S: Diría que pasa que esa es buena parte del problema. Las dificultades que tienen las mujeres para culminar su carrera en puestos de responsabilidad son importantes. Al hándicap del embarazo (es un impedimento físico, y si no se corrige, de efectos reales), hay que sumar los niños, que mayoritariamente son para ellas, y la casa, que en muchísimos países, igual. Esto no son clichés, sino hechos constatables.

P: Mezclas churras con merinas, Sebas.

S: No lo creo. Todas esas tareas compiten entre sí, y ya sabemos quién sostiene aún la mayor parte. Luego está el propio juego del poder, que es intensamente testosterónico…. Ya sabe a qué me refiero. A esos horarios y esas actividades lúdicas que compiten con la familia y que por fuera han de resultar poco atractivas a quien tiene más responsabilidades de cuidado humano.

P: Sí, me puedo imaginar una junta general de accionistas donde abundasen las mujeres. No sé si me gustaría.

S: A lo mejor la economía cambiaba, y las crisis financieras mudaban. A lo mejor.

P: Lo que te digo es que todo este asunto de prohibir y manipular la competición libre es una cochambre. Mucho mejor apostar por el largo plazo, por la educación, por instruir en la igualdad de veras y no por subterfugios legales.

S: También me lo parece. Pero ¿y mientras tanto?

P: ¿Mientras tanto, qué?

S: mientras tanto cambia la cultura y las mentalidades, de modo que la discriminación por causa de sexo desaparezca de las empresas y demás instituciones.

P: Pues mientras tanto, paciencia. No queramos cambiar las cosas de golpe y a las bravas.

S: “Paciencia”. Vaya: lo mismito que le dijeron los clérigos norteamericanos a Martin Luther King cuando este ingresó en la cárcel de Birmingham…

P: En todo caso, las cuotas pueden dar lugar a injusticias. En ciertos casos el mejor, por ser hombre, puede quedar fuera.

S: Pero todas las leyes son susceptibles de producir injusticias en casos particulares. Al intervenir sobre ciertas situaciones, se entiende no que en ningún caso pueden ocasionar un perjuicio, sino que, si son justas, de un modo claro solucionan más que lo que estropean. Con todas las leyes pasa igual.

P: No sé si me convence al argumento.

S: Volvamos a los discapacitados. ¿Usted votaría para que aquella ley a la que nos hemos referido?

P: No —Sorbe las últimas gotas de su vermú, y se palpa la chaqueta en busca de la cartera—

S: Una última cosa, caballero.

P: Dime, Sebas.

S: Es su manera de emplear el término feminismo. Da usted a entender que fuese la otra cara, el extremo de signo contrario al machismo.

P: Justamente. De ahí que lo encuentre odioso.

S: Pero se confunde. Déjeme que le muestre algo —Sebastián alcanza su socorrida copia del Diccionario de la Lengua Española, mostrando al parroquiano lo que apunta dicha voz—

feminismo.

  1. m. Doctrina social favorable a la mujer, a quien concede capacidad y derechos reservados antes a los hombres.
  2. m. Movimiento que exige para las mujeres iguales derechos que para los hombres.

machismo.

  1. m. Actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres.

P: ¿Dónde quiere ir a parar?

S: A que una cosa no tiene nada que ver con la otra. El machismo es un supremacismo, esto es, aboga por la superioridad de una mitad del planeta sobre la otra. No así el feminismo, que es una lucha en pro de subvertir una desigualdad, que trata de procurar una equidad. Percátese además de otra cosa: el primero es una actitud, mientras que el segundo es un movimiento.

P: ¿Qué diferencia hay?

S: Toda. Una actitud es una disposición individual, que por supuesto puede estar más o menos extendida. Puede permanecer o mudarse, en función de muchas circunstancias. En cambio, un movimiento es una forma de aglutinación de actitudes y propuestas que, uno, es eminentemente social, y dos, es constitutivamente transitoria.

P: ¿Quiere decir que está destinada a desaparecer, verdad? ¡Gran noticia esa!

S: Efectivamente. Todo movimiento nace para deshacer un desafuero, es por tanto siempre provisional, y su culminación conlleva que desaparezca. Es el mismo caso que el movimiento por los derechos civiles de los afroamericanos. De modo que ya ve: cuando el feminismo ya no exista, todos estaremos contentos.

P: ¿Y qué me dice de esas mujeres que van por ahí secuestrando a curas o violentando misas?

S: Pues que puede que se crean feministas, pero son fundamentalmente unas mamarrachas. El radicalismo no es inherente al feminismo; y aquel puede siempre ser condenado dentro de sus estrictos términos. Tampoco un yihadista es una persona religiosa, aunque lo sostenga, sino un criminal, ni quien asegura haber matado a su pareja por amor posee la más remota idea sobre lo que significa amar. Cuando el feminismo se hace supremacista, deja de ser feminismo: el diccionario lo confirma. El feminismo radical existe; pero es el adjetivo, y no el sustantivo, el que conviene echar por tierra.

P: Hummm… Le daré una vuelta a lo que hemos hablado, Sebastián. Me ha encantado el vermú; qué mano te das, chico. ¡Hasta la siguiente!

S: A mandar, caballero, a mandar.

david-cerda-y-daniel David Cerdá, 10 de abril de 2015

PARA LEER EN PDF (pp. 33–39): HCH-4-MAYO-2015