Shostakovich, sinfonía nº 5

hch-freud-museum HCH 13 / Noviembre 2016

Shostakovich, sinfonía nº 5, por Eugenio Sánchez Bravo

En los libros III y X de República, Platón ataca sin piedad a poetas, músicos, pintores y artistas en general. Recomienda, o bien una censura radical, o bien su expulsión inmediata de la ciudad. Para Platón el arte debe servir a la estabilidad del orden social y político o desaparecer.

Los poetas no pueden presentar a dioses y héroes vencidos por la lujuria, la ira o la codicia, pues se supone que su comportamiento ha de ser modelo para el hombre. Tampoco pueden difundir la peor de las mentiras: que el hombre injusto es en verdad el más feliz, y el más feliz entre todos es el tirano. Si esta idea calase en la mayoría habría una lucha encarnizada de todos contra todos por el poder.

La música ha de tener también severas limitaciones, pues es uno de los instrumentos educativos esenciales. La música es el arte que “más penetra en el interior del alma”, le otorga gracia y le ayuda a distinguir entre la belleza y el bien. Es la encargada de moldear el alma de los ciudadanos por lo que deberá ajustarse a unos modelos que fortalezcan la parte racional del alma y debiliten la instintiva. Quedan prohibidas las armonías que acompañen bien a las borracheras, el baile, los lamentos o la pereza.

De ningún modo puede ser el gusto de la mayoría el que decida sobre qué tragedias deben representarse o qué música escucharse. Habrán de ser los magistrados de la ciudad los que establezcan qué obras artísticas sirven a la virtud y al Estado.

En la extinta Unión Soviética, el tirano Josef Stalin puso en práctica estas ideas de Platón. En una reunión celebrada en 1932 con el escritor Maxim Gorki, Stalin afirmó que los escritores deberían ser “ingenieros de las almas humanas”. Este es el origen de un programa de control total de las artes por parte del Estado que llevó el nombre de realismo socialista. Pintores, músicos y escritores estaban obligados a exaltar la revolución bolchevique mostrando la lucha del trabajador común, el proletario, para alcanzar la utopía comunista. La literatura tendría que ser realista y dedicarse en exclusiva a la superación socialista de la lucha de clases. La escultura y la pintura deberían mostrar a campesinos, alegres y musculosos, disfrutando del trabajo. Quedaban prohibidas las vanguardias: cubismo, expresionismo, dodecafonismo, dadaísmo, surrealismo…  Esas eran formas artísticas burguesas y decadentes, pues, en primer lugar, no estaban hechas para que el pueblo las entendiese y, en segundo lugar, no estaban al servicio de intereses políticos superiores, sino que eran expresión de esa equivocación terrible que fue el concepto de “el arte por el arte”. Si un músico o un escritor era acusado de “subjetivista” o “formalista” podía esperar lo peor. Este fue el caso del novelista A. Solzhenitsyn, que en Archipiélago Gulag narra su experiencia del terror en tiempos de Stalin.

La música tuvo que adaptarse también al realismo socialista. Uno de los compositores que más sufrió la tiranía de Stalin fue Dmitri Shostakovich (1906-1975). Sus primeras obras contenían elementos vanguardistas. Así ocurre, por ejemplo, con las óperas La nariz o Lady Macbeth de Mtsensk y la Cuarta Sinfonía. Esta, en lugar de terminar al modo clásico, resolviendo los conflictos y dejando al oyente satisfecho y liberado, concluye con un acorde disonante que necesariamente conlleva la sensación de desconcierto, de fracaso o de agonía no resuelta. Tras varias advertencias, Shostakovich no se atrevió a estrenarla.

 

Dos años más tarde, en 1937, Shostakovich presentó ante el público su Quinta Sinfonía. Esta se ajustaba al modelo que el oyente común podía comprender. Al terminar se tiene esa sensación de plenitud, satisfacción y triunfo que Stalin entendía que toda obra de arte debe producir.

Un artículo posterior, que apareció firmado por Shostakovich anunció  la sinfonía como “Mi respuesta creativa” y la describía como una disculpa por Lady Macbeth y la no interpretada Cuarta: “Si he conseguido realmente encarnar en imágenes musicales todo lo que he pensado y sentido desde los artículos críticos en Pravda, si el oyente exigente detecta en mi música un giro hacia una mayor claridad y sencillez, me sentiré satisfecho” (Alex Ross: El ruido eterno, p. 297)

 

Algunos afirman que Shostakovich habría añadido en este último movimiento ciertas disonancias, sólo accesibles al oído experto, cuyo objetivo sería denunciar la opresión del sistema estalinista. Probablemente, el hecho de si la Quinta Sinfonía supone una clara rendición o una oculta rebelión de Shostakovich frente al régimen sea una de esas discusiones bizantinas interminables.

shostakovich

(Shostakovich en 1925)

eugenio sanchez bravo Eugenio Sánchez Bravo, Plasencia, 1 de junio de 2010

Publicado en Aula de Filosofía el 1 de junio de 2010

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