El Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro de Madrid, II

scan-for-Antonia HCH 19 / Noviembre 2017

El Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro de Madrid, II, por Mª Cruz Wesolowski

(1ª Parte del artículo: El Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro de Madrid, I)

Fuentes de los cuadros: Museo del Prado

Los retratos ecuestres de Velázquez

Simbolizan el discurso de carácter genealógico que aparecen en el Salón de Reinos junto a los de naturaleza territorial, mítica, bélica, etcétera. Se trata de cinco retratos que representan al monarca reinante, Felipe IV, su mujer, sus padres y su hijo; con ellos se subrayan los conceptos de monarquía hereditaria y continuidad dinástica. Estos retratos se situaron en los muros menores del Salón de Reinos, los muros este y oeste, de tal forma que eran lo primero que se veía al entrar al salón y lo último al salir. Debido a su extraordinaria importancia artística, esta serie de retratos ecuestres será tratada en profundidad en un artículo posterior. Aquí nos limitamos a hacer una breve presentación de los mismos.

En el muro se sitúan los retratos ecuestres de Felipe III y Margarita de Austria, padres de Felipe IV.

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El retrato Felipe III a caballo es obra de Velázquez, pero con mucha intervención de su taller. En el retrato de Felipe III, en concreto, el pintor es más minucioso en el detalle, lo que le diferencia claramente de Velázquez. Se cree que el maestro sevillano mandó corregir la posición del brazo del rey, y que efectuó personalmente numerosos retoques en el caballo y sobre la iluminación general del lienzo, añadiendo veladuras a la vestimenta del monarca. Al lienzo se le añadieron posteriormente unas bandas laterales para ajustarlo al espacio disponible.

Felipe III aparece con armadura de gala y en forzado escorzo, de ligero perfil, destacando sobre un bello paisaje tormentoso. Un fuerte viento agita las crines y arreos del caballo blanco al que monta, así como la banda del jinete. El monarca parece dominar la tormenta y la posición en corveta del caballo. Otras insignias de poder son la armadura, la banda roja que cruza su pecho y la bengala que sostiene con la mano derecha, que dan fe de su condición de jefe superior de los ejércitos. El Toisón de Oro atestigua su alto linaje. El caballo está ricamente engalanado y se recorta sobre un fondo costero, que se cree que puede corresponder a Lisboa, ciudad en la que Felipe III entró de forma triunfal en 1619. Casi todo el caballo, sobre todo su cabeza y pecho, revelan la mano de Velázquez.

La reina Margarita de Austria

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Frente al retrato de Felipe III que monta un poderoso caballo blanco en una imagen llena de energía, en el retrato de su mujer, Margarita de Austria, el caballo pardo que monta la reina tiene un gesto pausado y tranquilo. Como en el cuadro de Felipe III, en este se ha huido del riguroso perfil, apareciendo reina y montura ligeramente escorzados, lo que diferencia a esta pareja de la formada por los retratos ecuestres de Felipe IV e Isabel de Borbón. En el retrato de la reina Margarita prima el sosiego, y la montura se concibe como una especie de trono sobre el que se sienta la reina. La gruesa gualdrapa que protege al caballo y el riquísimo traje que viste la reina aparecen reproducidos en todos sus detalles, con una técnica detallada y precisa, tradicional en el retrato cortesano español anterior a Velázquez. Esa misma técnica se aprecia también en cara y manos. Pero el caballo y sus correajes, con sus brillos y dorados, revelan una técnica valiente y segura inequívocamente velazqueña. Transmite una sensación de vida y expresión individual que falta en Margarita.

La reina aparece situada en un contexto que subraya la calma. Al fondo se observa un paisaje con luz de atardecer y en primer término una superficie ajardinada con una gran fuente y pequeños cuadros vegetales. Se reconocen los jardines de la Casa de Campo. Y la fuente es la llamada Fuente del Águila que se encuentra ahora en El Escorial.

Retrato de Felipe IV, a caballo

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Velázquez se reserva la ejecución de este retrato, el más importante de la serie por tratarse del monarca reinante en ese momento. Es el único de los retratos ecuestres que tiene una declaración de autoría, indicando que Velázquez asume toda la responsabilidad de este cuadro.

Felipe IV aparece montando un caballo en corveta, como su padre. Y, como este, lleva bengala, banda y armadura, creándose una imagen llena de autoridad y firmeza. Al fondo aparece un paisaje abierto y ondulado, con mucho horizonte. Felipe IV se encuentra en riguroso perfil. El monarca dirige su mirada al frente, generando un ambiente de serenidad y majestad. Velázquez describe aquí el poder a través del sosiego, con una presencia tranquila y majestuosa del protagonista, que sabe refrenar los impulsos de su montura.

Retrato de la reina Isabel de Borbón, a caballo

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Isabel de Borbón fue la primera mujer de Felipe IV, con quién se había casado en 1615. La reina aparece montando un deslumbrante caballo blanco. Isabel se deja llevar por el tranquilo paso del caballo. La gualdrapa que protege al animal adquiere un gran protagonismo, como en el caso de la reina Margarita. El traje que viste Isabel es también muy importante. Estos fragmentos textiles revelan una mano diferente a la de Velázquez, pero también es distinta a la del pintor del taller que pintó las telas del retrato de la reina Margarita. El autor de este último retrata los tejidos de forma más abocetada.

Isabel de Borbón mira al espectador, al igual que sus suegros o su hijo. Velázquez pintó la cabeza y el pecho del caballo, junto con los correajes que lo adornan, con gran economía de medios, como es habitual en el artista sevillano.

Retrato del príncipe Baltasar Carlos, a caballo

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El lienzo de Baltasar Carlos se colocó entre los retratos ecuestres de sus padres, encima de la puerta central del lado oeste del Salón de Reinos. La obra hace referencia a la continuidad dinástica garantizada por el príncipe heredero. El niño, de unos seis años, aparece montando un caballo en corveta, como su padre y su abuelo. Ostenta banda, bengala y una pequeña espada, que hacen referencia a sus futuras responsabilidades militares. Se reconoce en el fondo algún paraje de los montes del Pardo. El estilo del cuadro es homogéneo, lo que revela que se trata de una obra de Velázquez al cien por cien. El tratamiento del paisaje cobra aquí una gran importancia.

Foto CV HCH M Cruz Wesolowski Mª Cruz Wesolowski, Madrid, 31 de agosto de 2017

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