La muerte de la filosofía

HCH-5-KATSU  HCH 5 / Julio 2015

La muerte de la filosofía, por Delia Aguiar Baixauli

En medio de este sopor veraniego, una llega a poner en duda el sentido de pensar, y más después de haber leído a autores como Nietzsche o Cioran, que se han atrevido a declarar, con la más estricta elegancia, el final de la filosofía. Nietzsche lo hizo con su crítica a la razón, sobre todo en su duro ataque a Sócrates; Cioran, en su Adiós a la filosofía, un texto terrible que no deja aire para que un solo literato respire a sus anchas. “Otro que se pierde”, dirá de los nuevos escritores que se entregan a lo que él considera una caída, la escritura, la ventilación de lo más secreto, el exhibicionismo y el pecado original. “¿El literato? Un indiscreto que desvaloriza sus miserias, las divulga, las reitera”. Pero también él guarda unas palabras contra la razón, como Nietzsche, o más sutil en este caso que Nietzsche, cuando se apoya en el ejemplo de la vida y la muerte y demuestra que nos interesa la vida precisamente porque carece de sentido y de razones de ser (no sabemos por qué estamos aquí), mientras que la muerte, cuyo sentido conocemos de sobra, deja de ser objeto de nuestra atención (porque no resulta difícil comprender, y tiene su lógica, que unos seres desaparezcan para que lleguen otros).

La razón y la lógica han perdido todo su prestigio, y, sin embargo, ahí están los dos filósofos haciendo filosofía contra la filosofía. Gran paradoja. La verdad es que es un verdadero juego de manos el atacar algo con las mismas herramientas que nos proporciona aquello que se ataca: en este caso, a la razón con argumentos racionales; porque, aunque esos argumentos estén dotados de una gran belleza poética, no dejan de ser racionales. Y la cosa funciona. Me pregunto si esta fórmula de derribar con los mismos recursos de aquello que se derriba será válida en otras ocasiones, en otros campos, en otras materias o circunstancias de la vida. Quizá para verlo claro sea conveniente saber a fondo de qué se trata.

En el Nuevo Testamento se cuestiona el ojo por ojo, se aboga por el ofrecimiento de la otra mejilla y por no devolver el golpe. Esto, lejos de ser una falta de respuesta, es una respuesta en toda regla: la respuesta es el silencio más absoluto, la resignación y la aceptación. Nada más alejado de atacar con las mismas herramientas (en este caso, un golpe). Porque, de hacerlo, la violencia que tanto nos ha disgustado seguiría viva de algún modo, alumbrada o desplegada por una mano o por otra, es lo mismo. Si la filosofía nos ataca con sus poderes lógicos, si la misma lógica nos gobierna y nos hace sentir presas, nuestra respuesta, o la de algunos, es atacar con sus mismos elementos, con la razón. ¿Por qué no quedarse quieto y contestar con la indiferencia? ¿Por qué seguir dando libertad a esa razón para elaborar un contraataque con el correspondiente despliegue y “beneficio” para esta, si ella tanto nos atormenta? ¿Por qué no hacer como en el ejemplo de la Biblia?

El silencio sería la respuesta más coherente, pero nunca sucede así. Parece imposible quedarse quieto. La bofetada es externa, es carne contra nuestra carne, es violencia a la que podemos responder con más violencia o no, eligiendo que muera en el mismo instante en el que nos afecta; pero la razón en nuestro cerebro es una facultad difícil de anular, aunque sepamos que a lo que nos lleva su ejercicio no siempre sea la verdad, aunque la usemos para que se ataque a sí misma, como sucede en algunas enfermedades autoinmunes. Y es que la razón, el pensamiento por conceptos, es nuestro sello más característico, el de todos los seres humanos, y esto se evidencia en que, ante el sentimiento de opresión y de limitación, no respondemos con otra cosa que con ella, con la razón (y en la poesía también hay mucha razón). No podemos elegir entre ser racionales o no serlo, la animalidad o la locura no son disfraces que podamos vestir a nuestro antojo. Lo mismo con la sensibilidad: un sentimiento (ajeno o propio) siempre produce otro.

Si la razón ejerce una violencia sobre mí y siento que me coarta, me limita, me engaña, me disminuye o me robotiza, siempre tendré que responder con ella, lo escriba o no lo escriba, me lo calle o lo grite. Estará en mi pensamiento y en el mismo momento de ser consciente de esa violencia. Vivimos presos de la razón, y de una manera o de otra hay que seguir usándola. ¿Para atacarla? Aunque sea eso, si es que ya no queda nada más. O quizás atacando a los que atacan a la filosofía, y luego atacando a estos, y así hasta el infinito. Inventemos lo que inventemos, siempre vamos a seguir pensando. Decretar la muerte de la filosofía es una bonita sentencia para los que descubrieron que no hay verdades absolutas, que no hay verdades, si se quiere. Pero eso a la razón no le importa. Ella sigue su camino sin mirar atrás, erguida y solemne, como esos vaqueros del oeste que jamás temían que un bandido les atacara por la espalda. Ella funciona majestuosamente a partir de unas premisas, incluso aunque estas sean falsas.

DELIA-AGUIAR Delia Aguiar Baixauli, Madrid, 10 de junio de 2015

PARA LEER EN PDF (pp. 81–83): HCH-5-JULIO-2015

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