Ruina y demolición del televisivo barrio infantil

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Ruina y demolición del televisivo barrio infantil, por David Cerdá

Circula por ahí un tropo pseudo-filosófico referente a la juventud y la mudanza de los tiempos que conviene ir descartando. No es que esté desprovisto de su chispa de sabiduría: es que ni es para tanto ni sirve para convalidar según qué cosas. Se suele poner en boca de Sócrates («Sócrates los jóvenes de hoy» es el lugar común googleado), al que oímos quejarse de que los jóvenes son unos disipados tiranos que desprecian la autoridad, contradicen a sus padres y no observan las más elementales normas de urbanidad. Platón repitió de sus labios lo mismo, y Les Luthiers, siempre al quite, lo versionaron en clave eminentemente sexual. El tropo se airea con la doble pretensión de exculpar a los jóvenes de cualquier tropelía —somos sus rezongones mayores los que nunca entendemos de qué va la vaina— y el de dar por bueno cualquier giro que tomen los tiempos. Es el argumento ad novitam, que de puro manido se está quedando paradójicamente anticuado: todo lo nuevo es bueno; el mundo se divide entre modernos y aguafiestas. La contemporaneidad es una profecía autocumplida de progreso.

Dicho tropo forma también parte del ideario básico de los programadores televisivos y sus palmeros, y de los aborregados entusiastas de la telerrealidad. A quien osa discutir la parrilla a la que se somete a los televidentes (sí: aunque existan sopetecientas cadenas), sugiriendo, por ejemplo, que sus inmundicias tengan el emplazamiento que les corresponde —a la hora que pasa el camión de la basura, por ejemplo—, o que contenidos de otras cotas encuentren cabida, se le tacha de carca, de paleto ignorante de las leyes de la oferta y la demanda, de debelador de las libertades esenciales, o de cosas peores. Y ello con especial crudeza cuando de los programas para niños se trata (ese suculento mercado); con redobladas fuerzas si hay un intento sincero de reforma. A los niños, se nos dice, le gusta lo que les gusta, y no hay manera de evitarlo. Por lo visto, el niño es el único ciudadano libre que tiene la sartén del mercado por el mango; parece que son infantes los ejecutivos que deciden qué se va o no se va a producir. Por lo tanto, no se puede sugerir, por ejemplo, que sea un problema que la mayoría de los programas emitidos presenten a los padres como idiotas y/o sistemáticamente ausentes, como seres histéricos y derrotados que darían lo que fueran por ser niños otra vez. Todo lo que no sea el recurso «libre» a lo facilón y empobrecedor es intervencionismo de corte estalinista; un distópico amago de volver a inaugurar koljós.

Así las cosas, menos aún se podría hacer lo que me dispongo a hacer: denunciar el propagandístico modo en el que la visión de la sociedad está siendo alterada por dichos programas infantiles. Lo haré, de todos modos, a riesgo de que me atribuyan devaneos ideológicos contra los que combato sin resuello.

Mi generación —que todavía no es antediluviana; soy un padre y no un abuelo— creció con programas como Barrio Sésamo. Tanto en su versión norteamericana como en la española, y seguramente en la del resto de países, Barrio Sésamo era eso, un barrio: una versión de una comunidad integrada, en el que había fines compartidos, convivencia activa, un bien común. Tales programas escenificaban vivencias comunes y la conciencia de pertenecer a un todo, y eran por tanto una invitación a la solidaridad y a la polis. A edades del todo decisivas, los televidentes de entonces comprendíamos que no se llega muy lejos cuando se camina solo, y que hay fines que coexisten con el interés propio haciendo de la vida algo más digno y grande. Nos sentábamos frente a la televisión y recibíamos nuestras primeras lecciones de política, pero de política sin colores ni consignas; éramos educados en la urbanidad y la civilidad.

En unos pocos años le hemos dado la vuelta a la tortilla, permitiendo que la dieta televisiva básica de los más pequeños esté plagada de concursos que animan a la competitividad individual. Pasar de la Gallina Caponata, de Espinete y Chema a los concursantes de Master Chef Junior, altera el paisaje de valores de un modo que apenas comprendemos, a juzgar por lo poco que nos espanta. Asumimos con una bárbara dejadez que es así como ha de ser su mundo, porque así es ya todo el mundo: un erial civil en el que todo lo común se reduce a lo emotivo, y todo lo que importa es asunto de cada cual. No faltarán escenas de abrazos y llantos compartidos, que los chicos malinterpretarán como generosidad verdadera. Ya no verán vivencias comunales, sino ráfagas emotivas de euforia y tristeza que sintonizan en el mismo lugar.

Que todo lo bien que te vaya en la vida depende de tu esfuerzo y tu talento es, uno, una valiosa verdad individual, y dos, una peligrosa mentira social. Colocándonos a todos en fila india, enseñándonos que «solo puede quedar uno» («the winner takes it all», cantaba Abba), se nos quiebra como conjunto armónico. Por supuesto que, como remarcaba Freud, el mundo no es una guardería. Tales consensos, esa trama compartida a la que llamamos sociedad civil, no están exentos de problemas y descarrilamientos. Pero escamoteando a nuestros hijos la existencia del barrio solo los abocamos a una asepsia civil que no solo es falsa, sino que apunta a lo terrible, a unos futuros Juegos del hambre —ese contest definitivo— donde recuperar la entraña civil solo sea posible a través de muchas muertes y nuevos héroes. Cuando lo cierto es que la mejor sociedad sería aquella que no requiriera mártires.

Hay un añadido que remacha el mensaje: todo lo que se refiere al desempeño es en definitiva una cuestión sentimental. Si de cantar se trata (La voz Kids y otros engendros), el asunto no son las clases ni los años de Conservatorio ni el empeño constante ni cualquier otra inversión a la larga para construir capacidad y orgullo de oficio, sino transmitir. Y sobre todo, emocionar a la audiencia, no con el arte mismo, sino con el drama personal, la lacrimogenia, toda esa sobreactuada parafernalia. Los llamamos talent shows, cuando son más bien concursos de espontaneidad. Con viento de popa: sometiendo a los chavales a una presión infame, a un escrutinio innecesario por temprano y volátil, es seguro que recabarás una dosis copiosa de llantos. Y las audiencias dictan que el espectador espera el arrebol y el moco, antes que la afinación o la melodía.

Todavía habrá quien se escude en que una sociedad liberal como Dios manda, y en pleno siglo xxi, no puede meterse a transmitir sentimientos de comunidad que constituyen una visión sesgada y no connatural a la vida en democracia. Se equivoca. De un lado, la solidaridad y la existencia de un bien común no son partidistas, no remiten a esta o aquella opción política, sino que son nucleares a nuestro sistema de convivencia (ahora en entredicho). Como explica Martha Nussbaum en Emociones políticas,

“La cuidadosa neutralidad que un Estado liberal observa (y debe observar) en materia de religión y doctrinas comprehensivas no es extensiva a los fundamentos de su propia concepción de la justicia (fundamentos tales como la igual valía de todos los ciudadanos y ciudadanas, la importancia de determinados derechos fundamentales y el rechazo de diversas formas de discriminación y jerarquía)”.

De otro lado, como la propia autora refleja en su clarividente libro, solo preocupándonos en educar a nuestros hijos en la persecución de objetivos compartidos (y esto no es el empresarial «hacer equipo», sino el político «hacer democracia») lograremos que el concepto cuaje y perdure.  Demasiado bien sabemos que no es una idea que brille en el mundo entero; y ya empezamos a vislumbrar el verdadero precio que habría que pagar por permitir que se apagase. Toda esta asepsia sobre la esencia comunitaria de nuestra convivencia nos lleva al descuido de nuestras responsabilidades educativas, esas que con tanto celo asumimos, por ejemplo, al abordar lo que nuestros niños han de comer o a propósito de las drogas que han de evitar. Nos importa infinitamente más que chapurreen el alemán a la clase de sociedad en la que emplearán ese idioma; y así nos va.

Bien mirado, tanto en su versión española como en la estadounidense, Barrio Sésamo no dejaba de ser un barrio obrero. Y ya sabemos que a día de hoy eso es la peste. Como bien ha expuesto Owen Jones en su libro Chavs, hoy todo lo que no sea hablar de la clase media o la alta es hablar de un submundo depauperizado y de una bestia inculta de la que mejor no hablar. En Sesame Street hay carpinteros, panaderos, gente que arregla cosas y anti-climáticos empleos similares, y hay policías y bomberos que hasta dan los buenos días y se preocupan por el desarrollo de la buena vecindad.

Yo entiendo que todo eso es muy naif y tiene poco lustre; que a lo mejor ni las criaturas que deambulan por Gran Hermano lo iban a ver ni ninguna modelo lo iba a querer presentar. Que tampoco da juego para vender espaguetis de grano auténtico ni cedés. Y que según para quién resulta mucho más conveniente encaminar los anhelos y los modelos de nuestros hijos hacia el artisteo (si es que los pobres no valen para futbolistas o modelos, o al menos como carnaza de otros realities), o hacia el glamuroso empeño de servir deconstrucciones de pollo a 30 euros el plato. Y encaminarlos, sobre todo, a esa falacia asfixiante que de puro frecuente amenaza con verificarse: el mundo que es una selva donde todo se reduce a saber competir. Aunque para ello haya que cocinar un huevo non nitrógeno líquido, bailar un tango con una sensualidad que uno no comprende o ponerse a hacer gorgoritos en plan Lady Gaga.

No hay, huelga decirlo, planes establecidos ni complots en la sombra. Todo esto nos pasa sobre todo por estupidez, por cansancio, por inercia y por codicia. Y a fin de cuentas entiendo que haya que ir preparando al personal para que cuando crezcan les cuadren las versiones seniors de los chef contest y las operaciones para triunfar y el resto de luchas a muerte en OK Corral. Solo así podrán enfrentarse, cuando toque, a sus variantes más chuscas, al aluvión de concursos de nado, de regates a la báscula, de cambio-integral-para-quedar-igual-de-idiota-pero-monísimo/a; de peleas con los puños, que todo llegará. O a El jefe infiltrado, estomagante producto con toneladas de condescendencia empresarial (o directiva, que no es lo mismo) en la que el capitán del barco hurga en las vidas ajenas, se permite toda clase de juicios de valor que exceden lo estrictamente productivo, y acaba, una vez destapado que es el jefe, en un aquelarre de amenazas veladas mezcladas con poses a lo Papá Noel ante los temblorosos trabajadores. Y que el cielo nos asista si en esto va a quedar la invadeable tensión entre quienes manejan el cotarro y quienes ponen su empeño y su vida como empleados.

david-cerda-y-daniel David Cerdá, Sevilla, 1 de diciembre de 2015