Kinder Ja, Kinder Nein

HCH-3-JE-SUIS-CHARLIE HCH 3 / Marzo 2015

Kinder Ja, Kinder Nein, por David Cerdá

Tengo el recuerdo muy fresco, aunque de eso va para un cuarto de siglo. Era la primera casete a la que me enfrentaba en mi estudio del alemán. Se trataba de una conversación entre una parejita de teutones que platicaban, muy cerebrales ellos, sobre los pros y los contras de tener niños. Los niños te restan energías, te suman afectos, te restan ingresos, te suman responsabilidad; todo en ese plan. No sé si me chocaba más, desde mi latinidad pubescente incapaz de tales desapasionados análisis, el contenido de lo que fría y cabalmente enumeraban o el tono neutral y cansino con el que lo acompañaban. ¿Niños sí, niños no? Era un dilema que hasta entonces no me había planteado. Creía saber que quería un puñado de aquellos enanos, porque siempre me habían gustado, aunque hasta que no los tuve ni siquiera tuve una noción aproximada de por qué esa aventura podía reputarse como provechosa.

Es fascinante descubrir la ausencia casi absoluta, en cualquier librería, de textos que se pregunten sobre si deberíamos tener hijos o no, y en su caso, cuántos. Junto a un interminable catálogo de libros —unos pocos, bien guarnecidos, la mayoría, ñoños e insustanciales— sobre cómo educar a los hijos, cómo sobrevivirles o decirles que no, o cómo divertirse con ellos o divertirles o hacer que lean o coman verduras, apenas se divisa ninguno que se pregunte si es buena idea traerlos al mundo. Es como si hubiese un acuerdo tácito de que no hay que hablar de si se deben o no tener hijos, por lo menos entre los que ya los tienen, que quizá tratan de que los demás pasen por su misma experiencia a toda costa: si ha sido fructífera, por serlo, y si fue un desastre, por la misma razón (ya que algunos, para ser menos infelices, necesitan que el resto del mundo sea tan desdichados como ellos).

No existe una obligación cívica de tener hijos. En apenas dos milenios hemos pasado de trescientas a siete mil millones de almas; somos un animal muy prolífico y el mundo ya está superpoblado. No obstante, sostener que dar a luz es un acto irrevocable de egoísmo y una irresponsabilidad para con el planeta resulta una estupidez, porque una persona nueva es una posibilidad y no un parásito, una posibilidad de un ser que podría cambiar decisivamente para bien ese planeta. De modo que estimo que las posturas antinatalistas extremas, como las del Movimiento por la Extinción Humana Voluntaria, son poco cabales, y por supuesto manifiestamente anti-humanistas. Una barbaridad que he escuchado: que encargar a la cigüeña es un acto anti-ecológico.

Pero no hay que negar que una vida sin hijos sea una opción perfectamente defendible. Time Magazine le dedicó una portada, y una serie de artículos que generaron una jugosa polémica: The Childfree Life, lo llamaron (el término childfree figura desde hace más de un siglo en el Oxford English Dictionary). Un posicionamiento este, por cierto, reavivado por la precarización financiera y laboral que han sufrido muchas parejas tras el derrumbe parcial del Estado del Bienestar. Económicamente, antes los niños eran una bendición, y ahora una rémora. Y en más sentidos, el mundo es percibido como cada vez más amenazante e incierto, y surge el dilema de si merece la pena traer a él a otro ser que lo padezca. Las mujeres nulíparas por decisión propia tienen un caso que pueden defender con razones. Escribe Oriana Fallaci en el arranque de su Carta a un niño que nunca nació: “Siempre me he planteado esta atroz pregunta: ¿y si no te gustara nacer? Y si un día tú me lo reprocharas gritando: ‘¿Quién te ha pedido que me trajeras al mundo, por qué me has traído, por qué?’ ¡La vida es tan ardua, niño! Es una guerra que se repite cada día, y sus momentos de alegría son breves paréntesis que se pagan a elevado precio”.

Hacer nacer a alguien puede ser visto también como un acto de enorme prepotencia. Y en el sentido opuesto, cabe decir que la vida es un bien absoluto. A fin de cuentas, nada es peor que la nada. Toda vida es una esperanza, una nueva apuesta en esa ruleta cósmica de la que somos una ínfima parte, y solo en el caso de que todo conjure contra uno, de modo que, anegado de sufrimiento, esa esperanza sea una macabra broma, puede decirse que la vida es un mal. Por eso escribe Germán Dehesa (No basta ser padre), dirigiéndose a sus hijos, que “nadie nace en un momento particularmente propicio, pero a ustedes y a mí nos consta que ser es mucho mejor y más divertido que no ser”.

La idea de impugnar la idoneidad de traer niños al mundo, como otras revoluciones hedonistas, nació en los setenta con el movimiento Childless by choice. Y para cuando los yuppies hicieron su agosto, los States inventaron el concepto DINK (Double Income No Kids). Al fondo de este paisaje, permanece una demanda de libertad, el deseo de vivir sin ataduras; la opción de formar una pareja simbiótica. Tiene sentido, porque efectivamente un hijo es una gran responsabilidad, que no todo el mundo desea (o incluso está capacitado para) arrostrar. Puede ser escogida e incluso sabia, pero sí: toda criatura que uno trae al mundo, si desea ocuparse de ella como merece, comporta cierta esclavitud. En una aguda tira, Mafalda preguntaba ya a su madre: “Mamá, ¿qué te gustaría ser si vivieras?”.

Es verdad que hay inconvenientes seguros, a título individual y para los amantes padres como entidad entrelazada: los rigores del parto y el embarazo, la pérdida de libertad (¿o de ocio?), el empobrecimiento del lenguaje (los niños pueden puerilizar), los trastornos del sueño, los nuevos miedos sobrevenidos, la desgana sexual por las fuerzas detraídas (que están detrás de algunas rupturas), la fatiga crónica, las agendas condicionadas, … No hay que tomarse a la ligera ninguno de estos peligros; no son destinos ineluctables, pero sí trampas que hay que aprender a sortear. Porque además, cuando la maternidad o la paternidad son afrontadas como una mera fuente de sensaciones psíquicas positivas, el desencanto está asegurado. Como fuente de afecto simple y en términos de sus necesidades de mantenimiento, un niño apenas puede competir con un perro.

Más allá de quienes consideran que son el bien absoluto o justo lo contrario, la mayoría de nosotros decide de un modo más o menos consciente cuántos hijos va a tener. Y echando cuentas, y en términos generales, habría que decir: niños SÍ, pero.

No consta que haga falta tener niños para ser feliz. Todos hemos conocido personas plenamente felices que no habían tenido hijos, ya fuese por decisión o accidente. En realidad, se puede ser feliz casi de cualquier manera, siempre que se tengan unos mínimos (seguridad, salud, libertad, etc.) y a la vez se tenga un por qué vivir. Hay muchos porqués más allá de los niños, y en realidad, me parece que los hijos como razón por la cual vivir son una muy mala idea. Ese azote de la maternidad llamada Corine Maier tiene razón cuando escribe que “el ‘deseo de hijo’ da alas a los adultos faltos de perspectivas (que no son pocos)”.

Hay quien tiene niños por inercia, por tradición, porque los demás los tienen, e incluso (error infausto y relativamente frecuente) por “sanar” una relación. Otros tantos se convierten en padres cediendo simplemente a la presión social. El resultado suelen ser parejas rotas e hijos infelices, multitud de problemas evitables, vidas a la deriva.

Lo que no se puede ser es feliz sin amar. Nein. Aún no se ha visto aun la persona que fuese feliz sin amar. Justamente, la mayor ventaja que podríamos encontrar al hecho de tener niños es que multiplica las opciones de amar. Empleando una metáfora empresarial, podría exponerse así: cada persona a la que amas es una sucursal nueva con la que poder querer. Tu pareja, por ejemplo, es como un desdoblamiento de tu sede central. Y cada hijo, como cada amigo, es como otra gran sede. Si quieres crecer en este metafórico “mercado del amor” —si quieres pasar a comerciar a lo grande— te conviene una estrategia expansiva, y ahí entran los hijos, que además te exigen una intensidad y un compromiso superiores a los de la amistad.

Por supuesto, se me recordará, eso de abrir sucursales incrementa tanto las posibilidades de éxito como las de fracaso. Cuanto a más personas quieres, más posibilidades de sufrir enfrentas. Porca miseria. Así somos y por eso también nos resistimos tantas veces a amar hasta el fondo. Love hurts, y todo eso. ¡Qué se le va a hacer! Las rosas siempre brotan pertrechadas de espinas; los hijos ofrecen la oportunidad de una ternura y un dolor exponencial.

Se puede conseguir lo mismo de otras formas. Se ha mencionado la amistad (en su sentido más genuino y elevado); también cabe recurrir a involucrarse en proyectos sociales. Sea repartiendo cafés de madrugada a las prostitutas, curando en Burundi o asesorando a toxicómanos o mujeres maltratadas, debe haber un millón de formas de amar profundamente sin tener hijos. Por lo tanto, esta no es ni de lejos la única forma de contribuir al bien ajeno, y seguramente no es ni una de las más eficientes. Tan extraordinario es dar la vida como mejorar la que ya existe; y las formas de amor anónimas y masivas son especialmente grandiosas.

Los hijos te dan muchas otras cosas, que enumero atropellada, brevemente. De un lado, perspectiva; una cierta relativización benigna del resto de asuntos que te preocupan, inmediatamente relegados ante cualquier mal, por menor que sea, al que se expongan tus hijos. Es también un modo de revivir tu propia vida; una especie de rebobinado que permite, al que está presto, recuperar al niño que fue sin comprender serlo. También son un modo de recuperar la inocencia, con la ventaja de hacerlo a salvo de una indeseable ingenuidad. Y, naturalmente, puesto que no hay mejor manera de aprender que enseñando, tener niños también reeduca. Sobre todo, en cuanto hace al entusiasmo: ese rasgo infantil imprescindible —esa radical curiosidad como vía de enfrentarse al mundo— que con tanta facilidad olvidamos reeditar.

En última instancia, conseguir que nuestros hijos lleguen a la conclusión de que nacer les ha merecido la pena, por ser en buena parte culpa de unos buenos padres, es fuente de orgullo, de identidad y de sentido vital. Termino con una aportación que, dos milenios y medio después, recoge aún lo esencial del dilema, con sus pros y sus contras. Nótese que quien la escribe no se decanta ni pontifica, y cómo expone sus argumentos con un arte insuperable que permite que cada cual entienda hasta donde quiera entender: “Para todos los hombres, los hijos son la vida. Quien, inexperto de ellos, lo censura, sufre menos, pero es feliz gracias a una desgracia” (Eurípides, Andrómaca).

david-cerda-y-daniel David Cerdá, Sevilla, 9 de febrero de 2015

PARA LEER EN PDF (pp. 32–37): HCH-3-MARZO-2015

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