Proyecto Amicitia: Trazas históricas de la amistad excepcional. Primera parte: Pre-modernidad. VI. Visiones de oriente. El ren confuciano. La virtud del bodhisattva y la hermandad total del jainismo

scan-for-Antonia HCH 19 / Noviembre 2017

Proyecto Amicitia: Trazas históricas de la amistad excepcional. Primera parte: Pre-modernidad. VI. Visiones de oriente. El ren confuciano. La virtud del bodhisattva y la hermandad total del jainismo, por David Cerdá

Salvando enormes distancias, y ciñéndonos a sus aspectos éticos, se dan varias concomitancias entre el pensamiento de Confucio y el de Aristóteles. Confucio tiene por norte una versión de la areté en la que lo crucial son las relaciones establecidas entre los seres humanos. Son dichas relaciones las que, de un lado, posibilitan una convivencia justa, y, de otro, las que vertebran los ritos y sacrificios que constituyen una vía de entrada a las experiencias trascendentes. Confucio habló de un gran principio que anudaba sus enseñanzas morales; fue tarea de su discípulo Zengzi explicar y desglosar dicho principio en dos grandes ramales, zhong (lealtad) y shu (perdón, compasión, empatía). La amistad es la única de las cinco relaciones confucianas regidas por shu que es no-jerárquica. En la amistad hay voluntad de equiparar y renuncia a toda superioridad, y en esto la melodía del sabio chino armoniza con la que escuchamos en Ética a Nicómaco.

Aunque Confucio no era, propiamente hablando, un maestro espiritual o un profeta religioso, no cabe duda de que fue un reformador moral que aspiró a un summum de humanidad. Tolerancia, benevolencia y bondad están muy presentes en sus distintos escritos, señaladamente en su Lunyu (Analectas). El protagonista de los mismos es casi siempre el pueblo, la colectividad; los consejos morales que Confucio pretendió ofrecer a los gobernantes tienen por fin elevar el desempeño ético de estos junto a sus gobernados. En última instancia, Confucio no fue un creador de nuevos principios o nuevos marcos conceptuales, sino un extraordinario compilador de la sabiduría que le precedió.

Supo combinar lo anterior con una cosmovisión muy cercana a la de los estoicos. Se refirió repetidamente al «Cielo» (Tian), aludiendo a una armonía universal y a un poder inefable que recuerda fuertemente al Tao, y que resulta igualmente próxima al Logos. Sacrificios, espiritualidad, moral y una apuesta por un sentido vital comunal, antiindividualista: tales son los arbotantes de la monumental propuesta confuciana. De modo que, como sugiere María Teresa Román en Sabidurías orientales de la antigüedad , «en realidad, la fuente misma de su reforma moral y política es religiosa». Me atrevo a extender el comentario de la profesora Román sobre la religiosidad de las reformas confucianas con esto: son religiosas en la medida en que son concebidas dentro de la estructura cósmica del Tian, de un modo parecido a como Marco Aurelio aprecia trazas de divinidad en la amistad.

En lo que respecta a la amistad, hay que hablar de uno de los dos pilares de la vía confuciana para el perfeccionamiento moral: el amor, la bondad o el altruismo (ren). Esta benevolencia o amor al prójimo es una virtud perfecta para Confucio; la rectitud de su camino, según Mencio. Es una rectitud en la que prima la justicia con la que se es capaz de tratar al otro. El método para esta benevolencia, este amor a los demás, se denomina, como hemos referido, shu: la regla de oro y el perdón universal. Consiste en respetar a los demás en la misma medida en la que nos respetamos a nosotros mismos.

Para Confucio, cualquier lazo de amistad entablado con otro ser humano debe su consistencia a la virtud. Es más: la virtud misma es la sola intención de toda amistad, que aspira a un reforzamiento virtuoso de carácter recíproco. Una vez más, estamos ante una cualidad propedéutica, pedagógica. Los valores supremos, en cuanto hace a la amistad, serán para los confucianos la sinceridad, el tacto en el trato, y la fidelidad a la palabra dada. En ocasiones, sus visiones propenden a cierto legalismo; no obstante, los testimonios que poseemos sobre su vivencia apuntan a que Confucio supo plasmar en la realidad los preceptos sobre los que escribió. Lo que nos ha llegado nos habla de una persona extremadamente leal y humanitaria.

La amistad, además, tiene en Confucio un rasgo superior a la piedad filial: su grado de libertad, el hecho de no estar sometido a una cadena hereditaria, inexorable. Su viabilidad queda fiada por completo al ámbito de decisión y al empeño de los contrayentes, que habrán de hacer frente especialmente, por ser muy dañinas, a las tentaciones de adulación, oportunismo y pretenciosidad que acechan a toda religación amistosa.

La virtud confuciana requiere práctica, esfuerzo, habituación. El hombre superior da su medida a través de una práctica de shu que es fuertemente cultual. Todo el sistema confuciano está erigido a partir de una serie de ritos que han impregnado la cultura china desde que, hace casi veintiséis siglos, Confucio cambiase con su presencia la historia. En las Analectas, leemos que xin, que podríamos traducir, entre otras acepciones, por «fe», «fidelidad», es la base de la amistad. También en ese aspecto denotamos que la posibilidad de trascendencia ronda a la amistad confuciana. Como se cita a comienzos de la misma obra, el péng, el amigo, ofrece la oportunidad de potenciar el placer de aprender y enseñar, y el modo en que los amigos nos confrontan y completan aporta fuste para la vida y sus muchas pruebas. A la altura de Confucio, el concepto mismo de amistad va a experimentar una evolución importante, paralela, en varios sentidos, a la que se produce en Grecia con Aristóteles casi dos siglos después. Pierde matices de gregarismo, adquiriendo esa capacidad única para ser parte decisiva de un camino de virtud, un modo más de acceder a ese gobierno personal que constituye la piedra de toque de la propuesta espiritual confuciana.

Como se ha apuntado al hablar de Confucio, y se hará aún más patente ahora, al adentrarnos en Oriente nos encaminamos a un modo filosófico distinto. Hay que entender que la aproximación oriental a la religiosidad, paradigmáticamente en el hinduismo, es muy distinta a los monoteísmos en general y al modo religioso occidental en particular. Así, como explica Alan Watts (Budismo. La religión de la no-religión), «el budismo, a diferencia del judaísmo y el cristianismo, no se halla obsesionado por la idea de la bondad sino de la sabiduría y de la compasión y con el desarrollo de una profunda simpatía, comprensión y respeto». Con ello probablemente quiere aducir que, aislada por completo, espigada del resto de consideraciones éticas y propiamente espirituales, tendría muy poco sentido, para estas religiones, hablar de amistad.

Estas dificultades se extienden al propio modo de entender lo sacro y lo divino, y sus relaciones con la esfera humana. Alan Watts explica que «según la visión hinduista, cada uno de nosotros es la divinidad que se pierde por el mero goce de volver a encontrarse». Puede decirse que las orientales no son solo religiones distintas de las occidentales, sino fenómenos que, aunque comparables, transitan por universos humanos distintos. Son mucho más que adscripciones culturales u opciones metafísicas; son caminos de vida [no es un rasgo extraño a la religiosidad occidental, aunque sea en esta mucho más infrecuente, sobre todo en términos históricos]. En cuanto hace a la amistad elevada que aquí venimos analizando, surgen de manera natural espacios de realización que no generan una tensión apreciable con estas creencias.

Las distintas escuelas budistas otorgan a la amistad una importancia igualmente diversa. En el caso del budismo zen, la relevancia es máxima, y se espera de los amigos que sean un acicate efectivo para la realización espiritual. La amistad es concebida como algo restringido y excepcional que requiere de un alto grado de madurez y concentración para poder contribuir a la trascendencia personal. Pese a ser inusual, se considera muy arduo aspirar a una vida plena que esté desprovista de una amistad de la clase más distinguida.

El budismo clásico conoce el término Kalyāṇa-mittatā, que podríamos traducir como «amistad espiritual». No es solamente aplicable a la vida monástica, sino también a la laica. Incorpora, como en otros casos, un fuerte componente virtuoso. También para la comunidad o Sangha constituye un elemento nuclear. Es igualmente parte de su entramado ético, pues la relación del practicante budista con el resto de seres vivos depende precisamente de una consideración especialísima, amorosa, hacia ellos.

En el Upaddha Sutta, obra del Canon Pali, encontramos que Ananda, discípulo del Buda Shakyamuni, declara que la admirable amistad (igualada por él a la camaradería y el compañerismo, pero ambos en su acepción suma, venerable) constituye la mitad de la vida santa. Por el contrario, el Buda le responde que no es la mitad, sino la vida santa entera, por tratarse de una vía suficiente para completar el Óctuple Noble Sendero. Dicho camino, que constituye la guía espiritual de los budistas, tendría su mejor asidero precisamente en la amistad. Ningún otro factor aislado, piensa el Buda, puede hacer más que la amistad por la vida del monje. Es ese vínculo noble con las mejores almas el que le acerca a su culminación espiritual.

El Dalai Lama habla de una compasión que es profunda interconexión y, por lo mismo, dependencia entre todos los seres humanos. La tradición Vajrayana, a la que se adscribe el budismo tibetano, se sitúa entre la más ortodoxa o Theravada y la Mahâyâna. Para el Theravada, el exponente máximo es el santo, el arhat. Frente al ideal del arhat del Theravada, el Mahâyâna destacará al bodhisattva, una figura en la que la compasión es equiparada a la sabiduría. Esta compasión budista cabría situarla entre la agapé y la amicitia. Pero lo decisivo no es su taxonomía, sino el centralísimo lugar que ocupa en esta variante del budismo, para el que toda santidad consiste en comunicar santidad a los demás. Es una forma de entrega total en la que lo que importa no es la salvación de uno, sino la del resto. El propio Buda Shakyamuni vivió una amistad decisiva con el citado Ananda, primo hermano suyo, que fue también su discípulo y desempeñó un papel principal en la transmisión de su doctrina.

Por su parte, los jainas apuestan por una hermandad universal que comprende no solo a todos los hombres, sino a todas las criaturas. En una religión que lo fía todo a la fragilidad y a la ausencia más extrema de dolor generado, y que promueve la ausencia de relaciones sensuales entre sus practicantes, por fuerza ha de jugar la amistad un rol destacado.

david-cerda-y-daniel David Cerdá, Sevilla, 14 de octubre de 2017

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