Proyecto Amicitia: Trazas históricas de la amistad excepcional. Primera parte: Pre-modernidad. III. El epicúreo Jardín, templo de la amistad

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Proyecto Amicitia: Trazas históricas de la amistad excepcional. Primera parte: Pre-modernidad. III. El epicúreo Jardín, templo de la amistad, por David Cerdá

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(Busto en mármol de Epicuro. Copia romana de un original griego. s. III – s. II a.C. British Museum, Londres)

Epicuro produjo una filosofía tan incisiva que sus pasos, incluso diezmados por su mala prensa, su materialismo aparente y su hedonismo mal ponderado, aún resuenan con fuerza. Dejémoslo bien claro: Epicuro ha sido víctima de una de las campañas de difamación más virulentas y exitosas de la historia. Viene a cuento, a este respecto, el aserto de Fromm (La vida auténtica): «Los materialistas, en la medida en que buscan la autenticidad, la iluminación, la armonía y la salvación, son espirituales». Todo eso lo buscó Epicuro, sin salidas de tono reseñables, cultivando, además, la ciencia, y al frente de un grupo humano que se regía por la mesura y la paz.

La amistad ocupa un lugar centralísimo en la filosofía epicúrea, y entre lo poco que sabemos del Jardín —el lugar en el que el maestro impartía sus lecciones y compartía vida con sus seguidores—, está que se trataba de una comunidad nacida para y por la práctica de la amistad. El propio Epicuro escribe: «De todos los bienes que la sabiduría ofrece para la felicidad de una vida plena, el más grande es la adquisición de la amistad». Y también: «El hombre bien nacido se consagra ante todo a la sabiduría y a la amistad; una es un bien mortal, la otra es un bien inmortal». Para el maestro, philía y sophía van de la mano. Venerar es la vía para ser objeto de veneración; sacralizar, la forma de darse de bruces con lo sagrado. Epicuro, cuya cosmovisión jamás despega hasta lo trans-material (todo, hasta los dioses, está compuesto de átomos), parece apuntar a una forma de estar en el mundo en el que el cuidado y ensalzamiento del amigo procuran la propia trascendencia. El amigo es el trampolín para escapar más allá del sí mismo; el vaciamiento mediante el que se realiza la propia alma.

Son varios los principios y prácticas en los que toma cuerpo la amistad epicúrea. La parresía es una muy característica obligación de decir la verdad; una súper-honestidad que es también una forma de soteriología. En este y otros sentidos, la amistad epicúrea, como la aristotélica, es un modo de excelencia. En el Jardín, que forma parte de nuestro imaginario universal sobre lo que podría ser una convivencia amistosa, pocas reglas hubo de haber más aparte de esta: la de honrar nuestra humanidad a través del amor benevolente al amigo.

Epicuro predicó un Bien mayúsculo pero no metafísico, sino posible, material e incluso corriente, e inmensamente más elemental que el que vociferasen los que le crearon una mala reputación. Su fin, la autarkeia, puede situarse en los alrededores de algunas experiencias místicas, con las que guarda razonables —aunque solo tentativos— parecidos, rebajadas las pretensiones extáticas. Los exiguos fragmentos que nos hablan de su vida, lo poco que los censores dejaron escapar, constituyen un fresco muy vivo sobre la amistad como apertura a las formas de vida espirituales.

Epicuro y su Jardín emergen en una época socialmente desgarrada, en la que la amistad era en muchos casos un último asidero. Es por ello que los epicúreos insistirán en que los amigos se socorren y se atienden, ya que deben constituirse en una colectividad alternativa a la política, que ha dejado de ser fiable. André-Jean Festugière (Epicure et ses dieux) denomina al periodo de Epicuro como un gran «deriva moral». En tales tiempos convulsos, los epicúreos pretenden al menos cuidar «el espíritu de familia y de ciudadanía» de modo que la amistad asume, nos explica Luigi Pizzolato (L’idea dei amicizia nel mondo antico classico e cristiano), «un valor consolatorio frente a la despersonalización operada en la vida ciudadana, una compensación frente a la pérdida de la fe religiosa tradicional» entre los griegos. El epicureísmo debió de operar, efectivamente, como una verdadera fe para desilusionados. La época dorada de Pericles es ya solo un rumor; Grecia se desangra en conflictos y está a punto de ceder el testigo civilizatorio a Roma; los demagogos han proliferado hasta el punto en que sus miserias ya no pueden quedar ocultas. A este tiempo convulso y descreído le brotará la rareza de los epicúreos, con tal fuerza que aún hoy nuevos epicúreos se unen a esta aventura filosófica.

Epicuro estima que la amistad nace de un beneficio o utilidad (ophéleia); pero también que no puede quedarse en este. Es decir: no puede ser un puro medio, si es que la amistad quiere ser plena, merecer su nombre. La versión epicúrea es una relación transida de libertad. El culmen está en el encuentro (algo que puede remitirnos –en una posterior entrega se verá– a Emmanuel Lévinas); la vida en el Jardín era intensamente comunal. Sus comidas eran verdaderos sacramentos, celebraciones cultuales de la generosidad en las que está presente la especial personalidad de Epicuro, que fue, entre los filósofos clásicos, el más afectuoso. Basta leer sus cartas para asistir a un singular derroche de sympatheia, que tiene lugar en un medio frugal, en modo alguno sofisticado, en una práctica que es reducida a sus constituyentes esenciales para que la tranquilidad de espíritu pueda ocupar la centralidad que permita su culminación.

Diversas descripciones sobre la amistad en el Jardín apuntan a una práctica espiritualizada. Maite Larrauri (La amistad según Epicuro) describe cómo «los ritos, las efigies, la memoria del fundador, sus enseñanzas recogidas en manuales de máximas, todo esto configura algo parecido a una religión». Una religión en la que la amistad es nuclear, la razón misma de existir del Jardín. La sociedad epicúrea sustituye a la convencional; instituye otras reglas (las de la amistad). Los epicúreos «construyen un jardín, que no es sino una naturaleza refinada, y en él aspiran a vivir como dioses». ¿En qué consiste esta religión? En la práctica activa y concentrada de la sabiduría y la amistad.

La referencia epicúrea a los dioses tiene un doble carácter. De un lado, es poética y metafórica, una referencia a «lo más elevado», a nuestra mejor versión. De otro, Epicuro estima que la felicidad de los dioses reside en lo mismo que la de los hombres: en el placer entendido como ausencia de turbación del alma. Para no ser turbado el hombre ha de vivir «ocultamente», y lo mismo vale para los dioses, que ofrecen hasta cierto punto un modelo de esta sabia ocultación. El Jardín sería por tanto una especie de Olimpo al revés: el espacio escondido y por ello feliz que ocuparían unos dioses verdaderos, que no son, Epicuro creía, los frívolos personajes olímpicos, sino los humanos que sacralizan la vida.

Para ser efectivamente sacralizada, la relación entre los seres humanos es re-concebida. La pareja de amigos es la pareja sin distinción de poder; y esta dimisión del poder es el primer paso para la trascendencia. La concordia todo lo irriga; se inserta en el modo de vivir y lo determina, le da fuste y sentido, algo de la mayor importancia para una filosofía que apunta decididamente a la destrucción del miedo y la inquietud. «Hermosísima es la visión de nuestro prójimo si el primer trato implica concordia o al menos produce un gran impulso hacia ésta», dice Epicuro. Solo desde la supresión de intereses e inclinaciones, y de cualquier jerarquía, se pueden plantear relaciones humanas que conduzcan a la serenidad y la paz interior.

Matizando lo propuesto por otros autores, Francesco Alberoni entiende que la amistad propugnada por Epicuro es más una forma de comunidad y solidaridad que de amistad. «Por esta razón, toda amistad nace siempre de la colectividad, pero en contra de la colectividad, nace de un campo de solidaridad, pero en contra de ese campo de solidaridad». Alberoni dice en su libro sobre la amistad (L’amicizia) que esa solidaridad era un separarse, más bien. Lo cual no deja a su vez de ser una vía hábil para la autarkeia, puesto que la relación que plantean los epicúreos da pie a seres humanos menos manipulables, y una sociedad en la que abunde la amistad es más difícil de sojuzgar.

Ese gran comentador que fue Cicerón, que, al alinearse con los estoicos, y pese a su eclecticismo, fue muy crítico con los epicúreos, no dejó se apreciar la amistad propugnada por el maestro de Samos: «Epicuro nos enseña que de todas las cosas que la sabiduría reunió para vivir felizmente, ninguna hay mayor que la amistad», escribe en De finibus bonorum et malorum. Una idea que, aunque Cicerón la defendiese a su modo con mucha fuerza (más adelante lo revisaremos), no debió dejar de resultar extraña en tiempos del genio literario nacido en Arpino. Esto nos da una idea de hasta qué punto los seres humanos, sean cuales fueren nuestras circunstancias históricas y políticas, hemos llegado a apreciar el enorme potencial espiritual de la amistad.

Cicerón vivió un tiempo turbulento, y merodeó lugares en torno al poder que estaban cargados de peligros y sospechas. Pudo experimentar la soledad, y aunque con cuentagotas, llegó a saber que la amistad podría ser un modo último para trascender todas las inmediateces y sinsabores. Aunque en otros aspectos contendiera con los epicúreos, en lo que hace a la amistad, Cicerón los admiró, y es fácil imaginarle suscribiendo punto por punto las encendidas palabras de su célebre fundador: «La amistad recorre danzando el mundo habitado y, como un heraldo, nos trae a todos un mensaje por el que se nos exhorta a despertar a la celebración de la felicidad».

david-cerda-y-daniel David Cerdá, Sevilla, 12 de abril de 2017

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