La biblioteca perdida de Juan Tejeda

10 HCH 1 / Noviembre 2014

La biblioteca perdida de Juan Tejeda, por Juan Guillermo Tejeda

Cuando en 1972 falleció mi padre apenas con 56 años, nos dejó un departamento con muebles muy precarios, una máquina de escribir, un tocadiscos portátil, algunos discos de jazz, una radio, un reloj y unos pocos libros. Su biblioteca me la había pasado completa a mí cuando nuestra familia de disolvió al irse él ya definitivamente de casa, diez años antes.

Los libros te los regalo Juan Guillermo, sentenció con mirada evasiva y temblándole un poco el pulso, y yo pensé que era como mucho, un peso para mí, pero al mismo tiempo una gloria. Era como si Lanzarote del Lago me nombrara caballero cediéndome su espada y su cabalgadura. Aquello brillaba como un tesoro de diamantes, y desde mi Edipo triunfante disfruté, quinceañero, de esa adquisición inesperada y envuelta en una luz fría. Destruido ya e imposible el matrimonio de mis padres, conservé los libros en cuya compañía había transcurrido mi infancia juntándolos con los míos, muchos menos, en unas estanterías modernas que se sostenían en unas como largas rejas metálicas. Nunca entendí bien ese regalo, o esa cesión, quizá quería decirnos él que la biblioteca pertenecía a la casa o que quedaba allí como una sombra paternal, en tanto que él mismo se dejaría llevar a partir de entonces por una vida nómade e incierta en distintos domicilios, lo que fue así, estuvo viviendo en hoteles, departamentos compartidos o casas lejanas, incluso una temporada en Antofagasta, regresando luego a sus barrios de siempre en el centro de Santiago, hasta desfallecer de soledad, enfermar y morir.

Un año más tarde nos cayó encima el golpe de estado, los militares en traje de campaña pululaban por todas partes y el ambiente burbujeaba de bandos, delaciones y rumores atroces. Decidí irme, tenía una posibilidad en Italia. Muy necesitado de recursos, reservé unas decenas de volúmenes más queridos, y el resto de la biblioteca, que calculo en más de mil, lo vendí a un precio absurdo.

Pasé por diversas ciudades y por diversos idiomas. Me tocó entonces a mí arrastrar una vida nómade e incierta, y me resistí durante casi diez años a juntar libros. Los leía prestados o si no, cuando compraba, que los había muy baratos, si me habían gustado al leerlos los regalaba y si no los depositaba en algún basurero. Luego empecé de nuevo, tímidamente, a hacer mi segunda biblioteca, en Barcelona, sobre la estantería de un pequeño sobreático amueblado que arrendaba en el Putxet.

Finalmente fui regresando a Santiago, primero de viaje, y finalmente, en 1988, a instalarme con mi nueva familia y con mis nuevos libros, que ya eran muchos. Pero siempre me quedó dentro la llama negra de esa biblioteca vendida y dispersa de mi padre. De tal manera que visitaba mucho las tristísimas librerías de viejo de finales de los ochenta, por la calle San Diego, o cerca de las Torres de Tajamar, o en mercados persas, y empecé a recomprar los libros que habían sido de mi papá, no los volúmenes molecularmente suyos, sino otros ejemplares de las mismas ediciones, por ejemplo Las Cabezas Trocadas de Thomas Mann con tapa en colores ladrillo de editorial Sudamericana, o la Mitología Clásica Ilustrada encuadernada suntuosamente, o los dos pequeños tomos de La Peinture Classique y La Peinture Moderne con forro de tela roja, también obras de Chesterton, Huxley, André Maurois, las ediciones diseñadas por Amster para Zig-Zag, Universitaria, Ercilla, Editorial del Pacífico o Nascimento, en fin, todo ello que en el ambiente de inaudita violencia del 11 de septiembre de 1973 habíamos perdido.

No era una biblioteca muy grande la de mi padre, como digo estaría por los mil volúmenes o algo más, pero como toda biblioteca viva, construida pieza a pieza desde la proyección intelectual ágil de un sujeto ilustrado era, más que una colección de libros, algo así como un canon, un sistema de señales. Y según ese canon, transmitido por los libros pero también por ademanes, por comentarios o silencios a lo largo de años, hay autores que puede uno leer conservando la dignidad, y otros que no, por ser despreciables. Existen traducciones directamente realizadas a partir de la versión original en ruso o en griego o en alemán, y otras más dudosas que son traducciones de traducciones o traducciones piratas, quizá mutiladas. Jamás debe formar parte de una biblioteca una edición expurgada o resumida, eso es vergüenza pura. Es preciso tener cuidado con la Iglesia Católica, dedicada desde siempre a censurar y a quemar no sólo libros sino también, amorosamente, autores. Ciertas editoriales son serias y así lo establece su trayectoria, otras no. La tipografía o la disposición de las ilustraciones, si las hay, es mucho más relevante que la portada, y la encuadernación da un poco lo mismo. Los libros muy grandes son casi siempre vulgares, lo mismo las colecciones completas. Uno debe saber leer lo que dicen los créditos o el colofón. Un libro se puede empezar a leer por cualquier página, y no hace falta terminarlo porque en verdad una lectura sentida y personal no se termina nunca.

En fin, hay libros que entran a una biblioteca y otros que salen, se producen continuamente agrupaciones, ordenamientos nuevos, así como ciertos autores son de pronto más apreciados, en tanto que otros no se vuelven a leer y sus libros deben desaparecer en el olvido. Los libros de consulta –diccionarios, enciclopedias, historias, el Grand Memento Larousse– van en un lugar importante, como los clásicos, en tanto que las revistas también cuentan tratándose de publicaciones literarias o artísticas, y los libros de arte franceses, especialmente de Skyra, son lo más bonito, lo más apetecible.

Y tal como una biblioteca se ordena y vive y respira a través de estos protocolos, así también los temas y los autores tejen una compleja red de lo aceptable, o lo inadmisible, lo relacionado y lo fantástico. Jonathan Swift era tan relevante como Hyeronimus Bosch, y para Simenon o Conan Doyle había un respeto que no existió jamás hacia Agatha Christie o hacia, peor, las novelitas de vaqueros, indios y bisontes que no debieran entrar a formar parte de una biblioteca. Los pesos pesados en novela eran Dostoievski, Proust, Thomas Mann, Balzac, también John Dos Passos, François Mauriac, Sartre, Camus, y en ensayo estos dos últimos así como Huxley, Chesterton o Bertrand Russell. Simpatías especiales de mi padre había para Molière, para Oscar Wilde, H. G. Wells o Alejandro Dumas, como las había también, en música, para Mozart o para Duke Ellington o Louis Armstrong. Y estaban los escritores de segunda a los que admitía de corazón sin olvidar jamás que eran lo que eran: Stefan Zweig, André Maurois, Louis Bromfield, Somerset Maugham.

Los clásicos entraban por derecho propio, aunque de Homero se burlaba un poco y de hecho publicó algunas imitaciones humorísticas sobre él, muy logradas. El Dante lo aburría, lo que le daba risa, y disfrutaba en cambio con Plauto o con Dickens, y mucho con Voltaire, con Shakespeare, con Stevenson, con Joyce. Gulliver y Robinson Crusoe eran personajes indispensables para entender el mundo. Entre los autores juveniles brillaban Salgari, Julio Verne o Mark Twain y no mucho más que eso, si bien los libros de la colección Robin Hood de tapas amarillas y de la colección Ulises de Zig-Zag con ilustraciones de Coré tenían entrada libre.

Filósofos no había demasiados, de sociología casi nada, en cambio abundantes volúmenes de ciencia o de divulgación científica, alguna cosa erótica, libros de animales, tratados sobre las abejas, sobre las razas humanas, mucho de historia y de historia de Chile, adoración por don Francisco Antonio Encina y su estilo demoledor, o por las cartas de Portales, colecciones de cuentos y leyendas de pueblos diversos, y algunas series que leía en tono festivo, ligero, como la de los misteriosos hermanos Kramm escrita por un impreciso Gustave Le Rouge, o las novelas policiales de Simenon o Ellery Queen. También se sentía muy atraído mi padre por la Revolución Francesa, por la figura de Napoleón (al que por otra parte detestaba) y las dos guerras mundiales. Rimbaud le interesaba más como personalidad que como poeta, y es que la poesía no era mucho lo de esa biblioteca, aunque Huidobro y Anguita estaban presentes, también Quevedo.

Los autores, las historias, los estilos, los personajes, tejían un bosque lleno de sombras y de luces, de seres vivos, palpitantes, y mi padre anotaba en los márgenes de las páginas, se burlaba, se reía, admiraba, comparaba, fotografiaba imágenes, comentaba con sus amigos y allí, en ese mundo tan cálido que cesaba suavemente al cerrar uno las tapas de un libro, yo era también acogido, como todo aquel que se interesara y entendiera mínimamente las reglas de aquel juego ilustrado y gozoso.

Recibí de manera primero natural y cotidiana y luego trágica esa herencia. La perdí tras los bombardeos y la cacería humana, y al mismo tiempo la he conservado con extrema nitidez en la memoria, en la experiencia. A cada tanto recupero, infinitamente, otra vez, algún volumen que regresa a su lugar.

GUI-ANTONIA-ITAY Juan Guillermo Tejeda, Santiago de Chile, agosto 2013

Publicado en El Mostrador el 29 de agosto de 2013

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