Móvil, iPhone, iPod: las neurosis del siglo XXI

HCH-5-KATSU  HCH 5 / Julio 2015

Móvil, iPhone, iPod: las neurosis del siglo XXI, por Antonia Tejeda Barros

Siempre pienso en Freud cuando veo, día a día, a jóvenes, adultos, ancianos e incluso niños con la neurosis del móvil, iPhone & iPod (m-i-i). ¡Qué diría Freud si pudiera respirar nuestro hermoso siglo XXI! El sistema consumista en el que estamos sumergidos es tan inteligente que realmente hace creer al ser humano que sin m-i-i está perdido.

Veo a madres y padres en el parque, empujando cochecitos y enviando mensajes al mismo tiempo. Apenas pueden observar a sus hijos, pues hay tantas cosas que descubrir en internet, tanta gente a la que llamar, tanto Facebook que leer, tanto Twitter que twittear … Veo a jóvenes en el autobús hablando y chequeando su e-mail al mismo tiempo. A socorristas en piscinas embobados con su pequeña pantallita, la cual les impide vigilar a los niños que no saben nadar, a gente caminando y tecleando al mismo tiempo … Sí, ya lo sé, la vida es corta, el mundo gira deprisa, el tiempo se nos escapa, y es imprenscindible no perderse ni un segundo de lo que ocurre en el mundo cibernético…

Pero lo más importante es la inmensa utilidad de los m-i-i. Siempre sonrío cuando escucho las imprescindibles llamadas y alertas en los trenes españoles: “estamos casi llegando”; “ves calentando el pollo”; “Acabo de salir del dentista”. Desde luego, los m-i-i son imprescindibles… ¡Qué haría el ser humano sin ellos! Tendría tiempo para leer, observar el cielo, pensar, disfrutar del silencio, conversar tranquilamente, disfrutar de la vida …

En casa, no vemos la TV hace más de 10 años. Los anuncios, las marcas, los programas basura son como extraterrestres para nosotros. Después de Holanda, en todas las casas españolas en las que hemos vivido (Barcelona, Sevilla, Madrid) lo primero que hemos hecho es desconectar el cable de la TV. A nosotros nos gusta el cine (y los DVDs); tenemos un proyector en casa, nos gusta decidir lo que vemos y lo disfrutamos enormemente. Tampoco tenemos móviles. Mis amigos solían preguntarme: “¿Cómo nos encontraremos, si no tienes móvil?”. “Como se encontraba la gente hace 10 años”, contesto yo, “quedamos a las 18.00 h, nos vemos a las 18.00 h”. “¡Qué suerte tienes de vivir sin m-i-i!”, me dicen a menudo, “A mí me encantaría”. Yo pienso, ¿no escogemos cada uno, siguiendo a Sartre y a Viktor Frankl, nuestra propia vida? Si tanta tortura es, ¿para qué tener m-i-i?

Hay quien pregunta: ¿y por qué internet y no m-i-i? Porque internet se usa en solitario, en casa o en la oficina, sin alterar conversaciones ni relaciones humanas. Recuerdo que cuando la gente empezó a tener móvil –yo entonces vivía en La Haya–, mis amigos se disculpaban cada vez que el móvil sonaba. Entonces se consideraba una mala educación estar con alguien y hablar al mismo tiempo. Hoy ¡cómo ha cambiado el panorama! Pareciera ser que si no te llaman cuando estás con alguien, eres impopular… Luego están las redes sociales: frías e hipócritas por un lado, pero que parecen acercar a la gente que vive en la distancia, aunque sea cayendo en una terrible superficialidad.

Lo que más me preocupa es: ¿podrán nuestros hijos sobrevivir sin los m-i-i? Tendrán, inevitablemente, que ir a contracorriente. En la clase de mi hija Yael, que tiene 9 años, ya hay varias niñas que tienen iPhones. Y eso que va a un colegio muy artístico, intelectual y creativo. Mis hijos ya saben lo que pienso de los m-i-i, y juntos nos reímos cuando vemos a gente caminar embobada con su m-i-i. Yo les pregunto: “¿a vosotros os gustaría tener un iPhone?”. “¡Sí!”, me dicen. Y, “¿por qué?”. “Porque se pueden ver animales en internet”, me dice Itay, que tiene casi 7 años. “Y porque se pueden hacer fotos”, me dice Yael. Yo les he prometido que cuando tengan 12 años les compraré un ordenador para que puedan trabajar en su habitación (no caminando ni merendando en el VIPS con sus amigos) y una buena cámara de fotos reflex Nikon para que hagan buenas fotos. Por ahora les parece bien, pero veremos cuánto tiempo podemos aguantar el muro consumista y neurótico que se nos viene irremediablemente encima.

En nuestro último viaje a Israel, fuimos unos días al Mar Muerto y volvimos a Jerusalén en autobús. El camino tenía muchas curvas, era de noche y la carretera estaba mal iluminada, y el conductor, por alguna extraña razón, tenía muchísima prisa por llegar a Jerusalén. Con una mano conducía y con la otra sostenía su móvil o su iPhone, hablando distraídamente, al mismo tiempo que mi hijo Itay casi vomitaba y yo me concentraba en no pensar en un accidente inevitable, producido gracias a las tecnologías del siglo XXI.

La neurosis del m-i-i es un fenómeno impresionantemente autodestructor. Va destruyendo la humanidad lentamente, atrofia el diálogo y crea estrés y ansiedad. Los m-i-i pretenden comunicar al ser humano con el mundo, y lo sumen en un aislamiento terrible. La gente necesita hoy mil estímulos para poder disfrutar. Muchos niños, hijos de padres con el síndrome de la neurosis del m-i-i, son niños que se aburren constantemente, lo tienen todo y no saben disfrutar de nada. Conozco a niños que saben enviar mensajes y navegar por internet, con el iPhone de sus padres. Su concentración les dura un minuto y no saben apreciar las cosas más simples y bellas. Son el fruto de nuestro maravilloso sistema consumista, superficial y neurótico.

Escucho ahora a Billie Holiday, observo a mi hijo Itay jugar con un globo, a mi hija Yael dibujar, y a mi hija Dalit hacer puzles, y me considero muy afortunada de no haber sucumbido a la neurosis del m-i-i.

yael-antonia-1-B-N Antonia Tejeda Barros, Madrid, 7 de junio de 2015

Primera versión en el Blog de Antonia Tejeda, 29 de septiembre de 2012

PARA LEER EN PDF (pp. 59–61): HCH-5-JULIO-2015