Fernando y la lucidez

HCH-17-GAY-pride-OK HCH 17 / Julio 2017

Fernando y la lucidez, por David Cerdá

Fernando Robles, a quien da vida Federico Luppi, es escritor y profesor de literatura en Lugares comunes (2002), la película dirigida por Adolfo Aristarain que aquel año se llevó en Donostia el Premio al Mejor Guión y la Concha de Plata para su protagonista femenina, Mercedes Sampietro. Es una de esas cintas en las que cuesta resaltar un solo tema de los que trata, dada su hondura y su riqueza: la amistad y el amor, las raíces y la vejez, la autenticidad y las elecciones vitales van desfilando por la pantalla, con un tono cálido, áspero a ratos, pero siempre impregnado de una sinceridad extrema que da cabida al sentido del humor.

No vi la película en su estreno, sino cinco años después y en la intimidad de mi salón. Me alcanzó en un momento en el que no tenía claro si solo quería ser lo que siempre creí que sería y estaba siendo hasta la fecha (un mando medio en una multinacional). Seguía alimentando vocaciones diversas, escribiendo y dando algunas charlas en institutos y similares, pero trataba estrictamente como un hobby todo lo que se alejase del plan principal. Especialmente lo relativo a la filosofía, que, pese a ocupar un lugar central en lo que yo era, apartaba de mi «carrera» con pudorosa pulcritud.

Y entonces llegó Fernando, una tarde lluviosa, tras unos meses laboralmente frustrantes y embrollados, la clase de situación que propicia replanteos. Llegó con su discurso sabio, no siempre templado, pero en todo momento veraz. Fernando es profesor hasta la médula, un amante y practicante de la verdad que se aleja de lo políticamente correcto y no está dispuesto a venderse al mejor postor. La crisis de su país (¿y cuándo no estuvo en crisis la Argentina?) lo lleva a una prejubilación forzada; los años comienzan a jugarle malas pasadas; la relación con su hijo es tensa, y en ocasiones, descarnada.

La fortaleza esencial de Fernando, la que lo mantiene en pie, es la lucidez, «ese don y ese castigo» que proviene de arrojar fría luz a la realidad. Explica el profesor que «lucidez» comparte raíz con Lucifer y el lucero del alba, y que consiste en una luz que permite la visión interior, para contemplar «el bien y el mal, todo junto». Ser lúcido, por lo tanto, es hacer honor a los matices, alejarse de la polaridad chabacana que por ejemplo abunda en las redes sociales, saber ver y reflexionar. Es encarar lo difícil y complejo sin escaquearse; mirar de frente y con ánimo entero lo intrincado y lo adverso.

«Despierten en sus alumnos el dolor de la lucidez», encomienda Fernando a los futuros profesores. Porque pensar duele, y es mucho más sencillo adoptar ideas ajenas, seguir la corriente, quitarse de en medio, contentar a la autoridad competente. La cuestión es que la comodidad debilita; traicionarse, le insiste Fernando a su hijo, es roerse el alma. El opuesto del lúcido es el necio, el que no solo no sabe, sino que renuncia, arrogante, a saber. Hay muchas clases de tonto: el tonto mayúsculo, imperial, es el que se vanagloria de serlo.

La lucidez es especialmente necesaria cuando hay que afrontar cambios vitales, que a menudo comportan escoger entre el menor de varios males. Fernando y Liliana han de vender su piso, pues con la pensión no les llega; se hacen con una chacra en Córdoba, recrudecen su vida que ya era austera, estudian, a su avanzada edad, para hacerse emprendedores. Todos los que vivimos bastante pasamos por eso: por la incertidumbre y la amargura, por los empellones con los que la diosa Fortuna te saca de tu zona de confort. La lucidez nos ofrece una suerte de resiliencia razonada, sin dejar de ser emotiva; y por ser de constitución recia es una fortaleza que puede acompañarnos toda la vida.

Fernando expone que esta luz de costado, tan distinta de la de los focos, es la de los formadores, y en eso también me inspiró poderosamente. En la escena más visitada de la película les explica a sus alumnos, futuros docentes, que el profesor no adoctrina, sino que solo muestra, porque «lo que se impone a la fuerza, es rechazado y en poco tiempo se olvida». El oficio del maestro (responsable de equipos, conferenciante o coach) es cuestionar, porque «las respuestas no son la verdad». Las mejores preguntas, explica, llevan veinticinco siglos sobre el tapete. «Muchas son ya lugares comunes, pero no pierden vigencia». Las palabras de Fernando me despertaron: pude ver en cuántas cosas me había equivocado al separar artificialmente dominios que se tocan y complementan, negándome la posibilidad de emplear todas mis bazas para crear algo distinto, no parcelado, de valor profesional y personal.

Fue el ejemplo del viejo profesor, entre otros, el que desmontó mis artificiales muros. Desde entonces he sido lo poco que soy en todas partes y con la misma intensidad. Respondí a la abrasadora pregunta que Fernando le lanza a su hijo —«¿te apasiona tu trabajo, o es un trabajo y punto?»—, y puse todo en todo cuanto hacía: muchos libros y artículos y un centenar de conferencias después puedo decir que dejé que la vocación fluyera, haciendo de cada nueva amenaza una posible aventura. Y lo que es más importante: la misma pasión por la verdad en la que me sumergía filosofando, la llevé a las organizaciones en y con las que trabajaba y trabajo. El resultado, siendo justos, tendrían que evaluarlo aquellos a los que sirvo; yo solo puedo decir que esa luz que ahora ya nunca apago me sigue haciendo, día a día, un inmenso bien.

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Fernando Robles (Federico Luppi) en Lugares Comunes (2002)

david-cerda-y-daniel David Cerdá, Sevilla, 16 de junio de 2017

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