Una reflexión internáutica

HCH-5-KATSU  HCH 5 / Julio 2015

Una reflexión internáutica, por David Cerdá

Apenas podemos medir los desafíos a los que nos exponen las nuevas tecnologías. Hay una armada —que merece los laureles— dedicada a proporcionarnos nuevas posibilidades para una vida buena, o cuanto menos más cómoda, y existe un volumen ingente de aplaudidores de estos ejércitos de la innovación. Pero son poquísimos los que se entretienen en aportar el imprescindible contrapeso crítico a todo ello. Nuestra premisa es que todo avance tecnológico, por su propio uso, no solo genera las ventajas patentes, sino que autocorrige sus inconvenientes.

Es un posicionamiento rayano en lo absurdo. No hay ninguna razón para que, por su propia dinámica interna, el progreso sea auto-curativo. Se trata de un mito que quebró hace demasiados años. Todo avance tecnológico plantea desventajas que fácilmente podemos, si no nos detenemos a analizarlas, descuidar. El verdadero bien para el ser humano requiere matizaciones y ajustes, y no hay ninguna instancia cultural que esté exenta de rendir cuentas; tampoco la ciencia o la tecnología. La inercia irreflexiva es, en todos los campos, perniciosa.

El mundo que sobrenada en la Red es esencialmente distinto del que le precedió. Estas diferencias fundamentales se han visto exacerbadas con el fenómeno de la movilidad, que ha convertido en ubicuas y omnipresentes a las nuevas formas de relación que Internet ha generado. Mientras la conectividad requirió el gesto de “sentarse al ordenador”, sus efectos se mantuvieron de algún modo contenidos; ahora que tablets y smartphones y futuristas gafas (y lo que vendrá) nos acompañan siempre, es especialmente urgente lanzar una mirada crítica sobre lo que todo este nuevo arsenal a nuestros pies nos supone, de cara a nuestro juicio y al modo en que entablamos relación con los demás.

No es una cuestión de soportes. La polémica en curso sobre libros en papel o en tinta digital es un tanto estéril. Lo que está cambiando es mucho más profundo: es nuestra textualidad. Al relacionarnos con otros seres humanos, hoy interponemos más que nunca una serie de pantallas, de interfaces que condicionan el modo en que nos vemos y podemos entendernos. Nuestra oralidad parece encaminada al fundido en negro (aunque se resista: de ahí la popularidad de los mensajes escritos de whatsapp), y eso conlleva sus riesgos, porque a través de la palabra proferida y oída es como desde siempre nos comunicamos. Nuestros modos de pensar tampoco salen incólumes de un reordenamiento de nuestros modos de acercarnos a la realidad, ahora hipertextuales y a un tiempo cuajados de imágenes, pero sobre todo colosalmente efímeros.

Julian Jaynes, psicólogo de la universidad de Yale, realizó a finales del siglo pasado un controvertido estudio sobre el origen de la conciencia. En él venía a decir que nuestra arquitectura cerebral solo recientemente se ha adaptado a la lectura; dicha capacidad nuestra aún estaría perfeccionándose. Durante la inmensa mayoría de nuestra historia evolutiva, hemos compartido sentimientos, relatos y conceptos de manera oral. Jaynes habló de una pretérita mente bicameral, sosteniendo que lo que los filósofos llaman meta-conciencia (ser conscientes de que somos conscientes) solo ha estado disponible desde hace unos 3000 años. En un proceso que tomaría unos 800 años, y en buena medida gracias al desarrollo de la escritura, el hombre se hace consciente de sí, y eso trastoca nuestra historia para siempre.

Las afirmaciones de Jaynes distan de ser cosa probada. Algunos autores han retrasado ese momento de “acaecimiento de la consciencia” al Neolítico o más atrás, y autores como Ned Block han sugerido que Jaynes confundió la emergencia de la conciencia con la del concepto de conciencia. En cualquier caso, es claro que el hombre que escribe y lee supone un salto importantísimo, y que la modernidad aparece ligada a la paulatina extensión del alfabetismo. El ser humano que mayoritariamente lee y escribe no solo piensa sustancialmente distinto que el que no: entabla relaciones que también son del todo diferentes con sus semejantes. El homo textualis se aleja a enormes zancadas de su predecesor.

Durante cientos de miles de años fuimos seres contextuales. Nuestro cerebro está sólidamente enraizado en un modo de vida táctil, auditivo y visual-no-textual. Tardamos mucho, y nos supuso mucho, pasar a un modo textual de relación. Casi todo lo que hoy tenemos por “moderno” (incluidas ciencia y tecnología) es fruto más o menos directo de esa textualidad. Se nos ha hecho tan consustancial que lo creemos inherente al ser humano; pero no lo es, en el sentido de innato e ineluctable. El hombre podría haber sido por siempre contextual y no ser menos hombre; y nuestra arquitectura cerebral dice claramente de esta realidad.

Ciertamente, sabemos ahora que tenemos unos cerebros sumamente plásticos, y estamos bastante pagados de nosotros mismos sobre nuestra impresionante capacidad de adaptación. Pero ni somos para tanto en términos individuales y cognitivos ni nuestros usos sociales mudan tan rápido. Es perfectamente posible que nuestra capacidad de innovación tecnológica quede desacompasada de nuestras capacidades para integrar todo ello de modo que nuestras vidas queden en última instancia mejoradas. Del iceberg de los retos que afrontamos, aun solo vemos una somera punta sobre las aguas; está por ver si seremos un nuevo Titanic.

Sopesemos qué nos ha pasado y qué desafíos afrontamos con una analogía sombría. Imaginemos que el planeta ha sido devastado por una guerra nuclear, a resultas de la cual la corteza terrestre ha quedado abultada en multitud de sitios. El mundo se ha vuelto orográficamente muy abrupto: algunas poblaciones pequeñas se encajan en los escasos terrenos llanos, pero, si uno quiere conocer más mundo que el enclaustrado en unos cuantos cientos de metros, y puesto que no existen medios de transporte propulsados ni animales que nos acarreen, hay que saber escalar. De pronto, las habilidades del escalador suponen un elemento diferencial para acceder a experiencias distintas, para conocer a otros pueblos, para escapar a nuestra reducida experiencia particular. Quienes se entrenen y desarrollen esas habilidades de escalada accederán a una riqueza de vida que no estará al alcance de los demás.

Eso es lo que está pasando: las capacidades de expresión textuales se hacen a cada paso más críticas. El drama que se nos escapa es que las estamos descuidando. Paradoja tenebrosa: las inercias tecnológicas nos arrastran a una vida hipertextualizada, al tiempo que nos sustrae, por exceso de estímulos, el aprendizaje profundo de la expresión y comprensión por la vía de nuestra textualidad. En tal sentido, la tecnología nos aligera la vida en el peor de los sentidos; nos superficializa.

Está bien extendida (aunque no siempre bien comprendida) la tesis de que somos lenguaje. Si, como ya apuntaba Humboldt, cada idioma comporta un sistema de coordenadas y una forma de encarar el mundo (de modo que, por ejemplo, hablar alemán lo sitúa a uno en cierta “alemanidad en el pensar”), más aun si cabe nos determinan nuestra riqueza léxica y las vías para su expresión. Un léxico empobrecido revierte en una vida empobrecida. Muchos aspectos de la existencia quedan vedados a quienes, por incomparecencia comunicativa, no pueden acceder a ellos, lo cual adquiere muchísimo calado en nuestra hiperconectada e hipertextualizada contemporaneidad.

Ahora que somos más textuales que nunca, la expresión escrita ha pasado a ser materia cognitiva de primera necesidad. Paradójicamente, las humanidades, tanto en la expresión (literatura) como su fibra reflexiva (filosofía), están en retirada de las escuelas. Cuanto más nos relacionamos por escrito, más injusto resulta el acceso estratificado a una literalidad avanzada. Estamos generando un nuevo elitismo basado en el socavamiento general de las humanidades, cada vez más mermadas en la instrucción pública. Entender lo leído y ser capaz de plasmar textualmente lo que desea expresarse han alcanzado una cima de importancia crucial. Y es bueno recordar que las minusvalías expresivas suelen degenerar en frustraciones que dan paso a su vez a la violencia. Cuentan que Jobs y otros gurús del ramo no querían que sus hijos pasasen más tiempo del imprescindible con tabletas y ordenadores, entregándolos jubilosos a los libros de toda la vida. No me extraña.

La vida siempre encuentra caminos por los que seguir discurriendo: la pobreza expresiva de los más jóvenes está propiciando que la imagen sea ya mucho más que un cauce informativo; empieza a reinar como canal de comunicación. Las nuevas hornadas se alejan de Facebook y Twitter: prefieren Instagram y Snapchat. Pensemos en lo que esto significa. Primero, como retorno al predominio de nuestros modos comunicativos y cognitivos visuales; y segundo, como empobrecimiento textual. En muchos sentidos, es mentira que una imagen valga más mil palabras. A la imagen le falta un millón de matices a los que solo puede accederse mediante las palabras. La más perfecta foto de una madalena y la descripción que hiciera Proust están a una distancia sideral en cuanto a densidad expresiva (emociones, historias, evocaciones, derivaciones reflexivas).

Un mundo en el que la gente despache sus amores, filiaciones, intenciones políticas y propuestas vitales a base de imágenes (un mundo en el que ya no hay cartas, sino selfies) es algo cuanto menos inquietante, y en todo caso supone un cambio en cuanto al devenir del mundo que todavía somos incapaces de calibrar. Piénselo detenidamente, y no se fíe de quienes siempre le sonríen respondiéndole que Dios —perdón, la tecnología— proveerá.

david-cerda-y-daniel David Cerdá, Sevilla, 4 de junio de 2015

PARA LEER EN PDF (pp. 54–58): HCH-5-JULIO-2015