A Agustín García Calvo, para que se ponga bueno (en el 4º aniversario de su muerte)

hch-freud-museum HCH 13 / Noviembre 2016  

A Agustín García Calvo, para que se ponga bueno (en el 4º aniversario de su muerte), por Juan Antonio Negrete Alcudia

Agustín, buen amigo,

me han contado que está algo pachucho el que lleva tu nombre y tu percha,

y que se anda mezclando en su paso el traspiés, y el trasmano en sus teclas,

porque, claro, es que es ya muy mayor, si se tienen en cuenta las fechas

que traemos, cual traen en el culo gravadas por ley las conservas,

y es normal (y tú mismo -o tú otro, que llevas tu nombre- recuerdas

tantas veces) que envases y botes, por ley, y también gentes buenas,

toda cosa que a ser individuo con nombre y medida se atreva,

aunque esté fabricada, y estemos, de cifras que son siempre eternas,

empachuchan al roce constante de aquello mismito que niegan:

el del agua del tiempo; eso ya dejó escrito que es ley justiciera

quien primero escribió sobre el todo y su ley (que de nombre y de tierra

se llamó Anaximandro milesio, mas fue, como todos, cualquiera):

que se dan justo pago las cosas al fin por osar salir fuera

de la nada en que todo lo había aunque justo por eso no era;

así es ley que lo que es imposible, aunque existe, al final allí vuelva;

pero lo verdadero, que es tiempo y no más (según tanto dijera

el que llevas por nombre) eso no, nunca nace, ni pasa ni queda,

o si nace y si pasa eso pasa y se fuga a tan fiera carrera

que ni el rayo incorpóreo de Einstein alcance de vista le diera,

como el rápido Aquiles no alcanza a la lenta tortuga, ¡tan lenta

es la luz si se quiere medir con lo que ni Dios mismo midiera!,

eso quiere y no quiere (según tu querido Her-aclito dijera)

ser llamado, sea Dios u otro nombre.

Y por eso no sé a ciencia cierta

a qué cosa deseo con estas palabras que se ponga buena,

si al que firma por ti los papeles, o al otro, al que no deja seña

(también tú estás así: que a la vez no conoces mi nombre quién lleva

pero sabes quién soy donde sabes que yo es solo uno); mas, venga,

no es preciso, quizá, conocer a quien hace uno ruego u ofrenda;

y yo quiero pedirte, maestro del ritmo y la voz, que sostengas

algo más esa voz, y ese no y ese sí, par e impar, dentro y fuera,

y que aguantes, por mí (y otros muchos que somos) un poco esta guerra.

Que es que siempre es amable (¿no crees?) tener alguien ahí que se atreva

a de veras decir la verdad, por más que esa verdad solo sea

que no hay Quien ni Tener; y nos gusta (¿no crees?) escuchar a quien sepa

dar del tiempo el latido, aunque al tiempo se pague por ello la prenda

de falsear lo que pasa, y quererle otorgar su sustancia y su esencia.

¿Eso es mucho pedir…? El que lleva mi nombre no se cómo pueda

sin tus genios vagar: sin aquel García Calvo, de voz honda y fresca,

profesor de latín complutense que ahí por los años ochenta

se atrevía a desmentir, de su amado Machado, el monótona-escuela

y lograba el milagro, mayor que el de hacer brotar agua en las piedras,

de que vida y pasión rezumasen las raíces indoeuropeas,

como si fuera cierto que Logos a veces de carne se hiciera,

mientras tedio e insidia plagaban el mundo del aula hacia fuera;

o sin ese Agustín García Calvo en canciones, proverbios y endechas

tan del pueblo que el pueblo, aturdido que está con señores y rentas,

casi no logra oír, o le duele cual duele la fuente muy fresca;

o Agustín García Calvo el que a griego y romano ha prestado una nueva

castellana garganta en que el paso más largo y más breve pasea

sin perder la canción; o el guerrero sofista, Agustín el de Elea,

contra la Realidad, contra el Tiempo, el Dinero, el Señor, la Pareja,

a argumento partido (cual lucha el amor cuando apenas da tregua),

cuya sangre hecha prosa he bebido mil veces y de mil maneras

con mis ojos y manos; o el componedor Agustín de comedias;

o, en fin, buen amigo, otros tantos sin fin, que en tu nombre tú llevas.

A esos todos lo pido, y a ti, seas quien seas que eres quien los congregas,

aunque dicen que está feo pedir (y es de gente, además, pedigüeña).

Porque no es nada fácil dejar que nos deje quien tanto nos deja,

o quedarnos sin ese que cuando se va mucho más se nos queda,

o ver cómo se apea el demon del tren de Zamora. Así que, ¡ea!,

¡que ese mono pelón que ha dejado el Señor hasta aquí que florezca,

Agustín, ¡no se canse en su buen corazón!, ¡que levante cabeza!,

pues no hay prisa en nosotros por ya no poder dirigirse al que eras.

Pero si un día lejano, como es ley de leyes, ya no amanecieras

con tu nombre de pila, mas libre de ello, de crisis, de haciendas,

sabes bien que tu canto y razón (que es al fin lo más puro que fueras),

estará en toda cosa que hay, como el dios de la nada de Eckhart,

y ya no al Ateneo, que las gentes te irán a escuchar donde sea

cómo cantas a alguna muchacha que a ser libre aun de ella se atreva

o nos vas recordando, en el aire, olvidar, mientras tú nos esperas

donde tú, buen amigo, y los otros sin cuento formamos madeja.

2016 137 Juan Antonio Negrete Alcudia, Sax (Alicante), 14 de agosto de 2012

Publicado en Dialéctica y Analogía el 14 de agosto de 2012