Dejen de motivar (hagan el favor)

 HCH 6 / Septiembre 2015

Dejen de motivar (hagan el favor), por David Cerdá

A finales del curso pasado, y despistados, seguramente, por las mil convulsiones políticas que zarandean el panorama patrio, a muchos se les escapó el inaudito espectáculo de ver cómo nuestro más bien adusto presidente del gobierno apelaba a que los españoles encarásemos el futuro con «ilusión, esperanza, motivación y autoestima». Acabáramos. Hasta aquí ha llegado la riada motivante: hasta la muy improbable abducción de un gris registrador de la propiedad que nos cuenta que si no notamos la recuperación económica es por un defecto de actitud. Todo va bien, es una cuestión de disposición: nos extravía la mirada sucia, que se decía en la ibérica serie de Los Serrano.

Llegados al punto en que el primer político de un país mediterráneo les dice a sus gobernados que todo el problema proviene de un puñado de malajes empeñados en «deprimir la autoestima de los españoles», creo que conviene pararse a reflexionar cuán hondo ha calado la dialéctica positivista. Ahora que nuestro Campoamor vuelve a campeonar («En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira»), acaso convenga echar la vista atrás para desnudar este discurso motivacional y autoestimante que nos asegura alborozado que un cambio de postura y motivación es justamente lo que nos va a arrancar de nuestras miserias.

Traza Barbara Ehrenreich en Sonríe o muere la genealogía de esta pseudoreligión o pseudoterapéutica que ha florecido en el siglo XXI, detectando las primeras semillas en los Trascendentalistas de Nueva Inglaterra (paradigmáticamente Emerson) y los primeros balbuceos de la ciencia psicológica en tierra norteamericana (William James). Cuenta que vino a contrapesar las tétricas inclinaciones de los pietistas que, como buenos puritanos, trataron de expandir esa especie de que todo nos está permitido mientras no disfrutemos de ello. En las raíces del positivismo hay una sana revuelta contra el calvinismo; pero también una extrema vigilancia de los propios sentimientos, un ascetismo de la negatividad que se niega la posibilidad de una fortaleza sobria, lúcida.

La raíz etimológica del vocablo «motivación» es motu, movimiento. Esto es: «motivar» es una forma de decir «empujar». Es el palo y la zanahoria de toda la vida, solo que ahora revestido de la pretensión de que uno mismo se auto-administre el remedio. Este veredicto seco pero cierto puede enmarañarse (se ha intentado) hablando de motivación intrínseca y extrínseca. Pero no hay caso: cada seminario de motivación, cada libro (de nivel, por lo general, cochambroso) que pretende motivarnos, apunta a impulsarnos en alguna determinada dirección aplicándonos el improbable método del barón de Münchhausen: tirando de nuestras propias barbas para salir del charco.

El auge de la industria motivacional es el correlato obvio de la progresiva desimplicación laboral. Si necesitamos motivarnos es porque uno, se ha quebrado una moral del trabajo, y dos, las vísceras enfermas de este sistema piramidal llamado capitalismo radical engatusan ya a pocos incautos. Cuando la gente acudía al trabajo convencida de que la virtud era un fin en sí misma y la honestidad —también la profesional— un rasgo personal indeclinable, no necesitaba ser motivada. Mientras la empresa mantuvo cierta proporcionalidad entre sus gestores —aún primus inter pares— y el resto de empleados, todos sus copartícipes se sintieron más o menos embarcados en la misma nave. Derruidos estos principios, nos hemos encomendado a un nuevo corporativismo espiritualista de corte motivacional.

El optimismo se ha transmutado en imponente parque de atracciones de las ánimas. Coaching y Prozac se han instalado con tanto donaire entre nosotros que apenas imaginamos que hace no mucho el mundo vivía y trabajaba sin tales muletas. Nadamos en el ridículo mar de consignas felicitantes que nos regala la prensa y nos inculcan nuestros jefes, los cuales, investidos del poder de siempre, insisten ahora en ser llamados «posibilitadores», «agentes de inspiración» y otras memeces varias. Cualquier día habrá rotura de stocks de seda, de tanta mona como estamos vistiendo últimamente.

La base ideológica de la nueva ola motivacional es una serie de estudios pseudocientíficos y un puñado de bestsellers de los que habitualmente solo se conoce la reseña. Un bagaje raquítico, pero al parecer suficiente, que da hasta para hinchar nuestras burbujas económicas. Todo un fuego de artificio que amenaza con perpetuar un punto ciego grave: las dinámicas del poder. La exportación mediática del sueño americano (un país, se nos miente, donde dan igual los orígenes de cara a trepar por la escalera social), hábilmente maridada con el tráfago consumista moderno y el justo descrédito de la propuesta política comunista, nos va sustrayendo una imprescindible mirada crítica sobre cómo se reparten aún los pasteles que en el mundo hay.

Por lo visto, ahora está todo en nuestra mano. «Solo hay límites en tu mente», cantan los nuevos predicadores del smiley. El aserto esconde una trampa que no ha sido removida de las bases calvinistas: la culpabilización. Hoy quien más quien menos todo el mundo barrunta que si no se triunfa es por culpa de una pobre actitud. Señores y señoras muy resueltos nos lo escriben desde todos los flancos. Al drama de la reestructuración o el cierre se le adosa la conciencia de que una pobre disposición personal está detrás. Ya no hay tragedias, solo oportunidades. El juicio crítico se pospone sine die, lo que cuenta es re-insertarse en la rueda, aunque sea a costa de una imbécil superficialidad.

El calvinismo se ha demostrado extraordinariamente exitoso. No solo supo empollar el huevo del capitalismo que la revolución científico-técnica había puesto: es que sus mismas bases religiosas —el dogma de la predestinación que explica que la marca de los elegidos es su éxito mundano— siguen vigentes en un mundo supuestamente secularizado. Esa es la gran paradoja de la felicidad auto-motivada de emoticono: nació para superar una ideología de la que conserva su instrumento de control más poderoso.

Emerson escribió que la confianza en uno mismo era el primer paso para el éxito. Su ensayo Autoconfianza está plagado de momentos sabios que matizan este aserto, pero la espiritualidad de mercadotecnia vive de cuatro eslóganes y no está para sutilezas. Desprovisto de lucidez, hasta el ánimo más arrojado resulta tenebroso. De lo peor que puede decirse de este género pseudoliterario (y sus voceros de YouTube), es que plantea unas consignas que, de puro fáciles, idiotizan. Ya explicó Nietzsche que una verdad simple es una mentira al cuadrado.

Políticos y directivos que en el mundo sois: dejad de motivar a vuestros súbditos. Intentad que os aúpen personas libres y críticas y más preocupadas por el bien que por la autoestima. Promoved una robusta sobriedad y trabajad para que rebroten los valores que enganchaban a las personas a las profesiones y a las instituciones. No es seguro que recolectéis los mismos réditos, pero este mundo será sin duda un lugar más sabio y mejor.

david-cerda-y-daniel David Cerdá, Sevilla, 16 de julio de 2015

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