Jacques Rancière: El maestro ignorante (1987)

hch-15-cervantes HCH 15 / Marzo 2017

Jacques Rancière: El maestro ignorante (1987), por Eugenio Sánchez Bravo

El hombre es un ser que sabe muy bien
cuando el que habla no sabe lo que dice.

Jacques Rancière: El maestro ignorante. Nuria Estrach (tr.) Barcelona: Laertes, 2010 (2ª ed.)

En estos meses en que los profesionales de la docencia nos hemos visto obligados a comprometernos con un Nuevo Orden Pedagógico, el de la LOMCE, con sus reválidas y estándares de aprendizaje, me ha parecido conveniente escribir una breve reseña sobre este clásico intempestivo del filósofo francés Jacques Rancière.

Este curso cumplo veinticinco años dando clases de Filosofía en Institutos de aquí y de allá. La primera reforma educativa que conocí fue la LOGSE, aprobada en 1990. Imitando lo que se hacía en Francia en aquella época, era una ley progresista que buscaba “reducir las desigualdades” y favorecer la integración. Fue el principio del camino hacia el desvarío de una “Sociedad Pedagogizada”. Los docentes fuimos asaltados por entelequias de las que nunca más se supo (contenidos conceptuales, procedimentales, actitudinales, ejes transversales…). En 2006 llegó la LOE y su irritante devoción por el descubrimiento de las “competencias básicas”. Hace dos años se puso en marcha la LOMCE que sustituía competencias por “estándares de aprendizaje”, prolongando hasta el absurdo esa triste quimera de querer convertir la educación en una “ciencia”.

Es sencillo realizar una crítica marxista a esta sucesión de reformas. Desgraciadamente, lo más llamativo que ha ocurrido en la política española desde los ochenta en adelante ha sido el progresivo sometimiento del poder político al económico: privatizaciones, “puertas giratorias”, rescates bancarios… Del mismo modo que en la última legislatura fueron un escándalo las leyes aprobadas para favorecer al sector eléctrico, también ocurrió algo parecido con la industria editorial. Las reformas educativas obligan a renovar los libros de texto, sobre todo si vienen acompañadas de una jerga metodológica abstrusa a la que hay que adaptar la práctica docente. Una buena planificación permitiría a los profesores organizarse para ofrecer gratuitamente materiales didácticos de calidad, pero lo que busca el poder no es eso. No.

En cualquier caso esa es una crítica demasiado fácil al “boom” pedagógico. Rancière ataca el problema inspirándose en un filósofo francés de principios del s. XIX, Joseph Jacotot. Cuando empezó a materializarse el ideal ilustrado de garantizar el progreso a través de la “instrucción del pueblo” Jacotot afirmó algo realmente extraño. Es evidente que hay que luchar contra el modelo egipcio-sacerdotal de concentrar el saber en unas pocas manos, pero creer que una pedagogía moderna y progresista tiene alguna posibilidad de evitar la eternización de la desigualdad es un error.

La razón es el mito pedagógico o principio del atontamiento. Consiste en pensar que todo individuo necesita a otro que le explique para poder comprender cualquier materia, desde un idioma a la química o las matemáticas. Lo que Jacotot constató en su época era la falsedad de esta hipótesis, que coloca la desigualdad al principio y la igualdad como un fin siempre alejándose en el horizonte. En realidad ocurre que hay que invertir la lógica del explicador: no es necesario remediar ninguna incapacidad de comprensión. La posición del profesor, por muy bienintencionada que sea, le traiciona: es él quien lanza un velo de ignorancia para luego levantarlo, cuando en realidad nada nos separa del conocimiento. La igualdad está  al principio de la ecuación del aprendizaje y los únicos obstáculos en el camino son la pereza y la comodidad del automenosprecio. Sólo pensar por uno mismo hace posible la emancipación a través del saber. De este principio de la igualdad de inteligencias se deduce que aquello que el maestro mejor puede enseñar es aquello que desconoce. Jacotot, en lugar de impartir sus clases de Derecho, enseñaba piano y pintura, disciplinas de las que no tenía ni la más remota idea. En lugar de asumir el rol de “profesor” se acercaba a los demás como artista, es decir, como aquel que supone en el público iguales que le ayudan a construir su obra. El artista necesita la igualdad para expresarse, esa es su lección emancipadora. El profesor explicador necesita la desigualdad para “encadenar” y entontecer, aunque no sea su intención.

Pero ¿cómo va a ser posible que cualquiera pueda aprender lo que desee sin una guía, sin un apoyo? ¿Cómo puede alguien internarse en los misterios de la armonía musical, las leyes de Newton o las tragedias de Shakespeare sin alguien que le explique? La respuesta de Jacotot es la misma que nos dio Anaxágoras: todo está en todo. “Toda la potencia del lenguaje está en el todo de un libro. Todo conocimiento de sí como inteligencia está en el dominio de un libro, de un capítulo, de una frase, de una palabra.” (p. 47). Si se quiere aprender griego se toma una edición bilingüe de la Ilíada y a repetir, memorizar, relacionar. Eso es todo. Y, a continuación, IMPROVISAR, aprender a hablar sobre cualquier tema, a bocajarro, con un principio, un desarrollo y un final: ¿qué sabes?, ¿quién eres?, ¿qué deseas? A quien cree que esta tarea es imposible, que no está a la altura, que no tiene la competencia suficiente, es mi deber hacerle saber que es orgullo y miedo lo que disfraza de humildad.

eugenio sanchez bravo Eugenio Sánchez Bravo, Plasencia, 12 de octubre de 2016

Publicado en Aula de Filosofía el 12 de octubre de 2016

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