Proyecto Amicitia: Trazas históricas de la amistad excepcional. Segunda parte: Modernidad. II. La amistad goethiana

22 HCH 21 / Marzo 2018

Proyecto Amicitia: Trazas históricas de la amistad excepcional. Segunda parte: Modernidad. II. La amistad goethiana, por David Cerdá

Goethe y Schiller, con todas sus diferencias y peculiaridades, son la versión romántica de Montaigne y La Boétie: una amistad fundante que fija un modelo no solo para la época, sino para las generaciones venideras. Recorren un trecho vital en común, y se constituyen en garantes de virtud recíprocos. Aquí la palabra virtud tiene siempre una relación primordial con el arte, que también fue una forma de elevación espiritual que ambos profesaron, y de la que intentaron destacarse como sumos sacerdotes.

Goethe establece [que, entre las bases de este tipo superior de amistad que le trabó a Schiller, se encuentra una comunidad de valores: «estamos unidos en los principios, y […] los círculos de nuestra respectiva manera de sentir, pensar y actuar en parte coinciden y en parte se tocan, y de ahí se derivarán para los dos algunas cosas buenas» (Rüdiger Safranski recoge estas citas en su Goethe y Schiller. Historia de una amistad). Esta comunión moral supone para ambos un punto de partida para la trascendencia. El autor de Werther no alberga dudas sobre el carácter marcadamente espiritual de la relación que mantiene con Schiller:

la bella relación que reina entre nosotros hace que para mí sea una especie de religión convertir su asunto […] en el mío, configurar lo que en mí es realidad como el espejo más puro del espíritu […], y así merecer llamarme su amigo en un sentido superior de la palabra.

Goethe describe su amistad en términos de mutua asistencia: «dos amigos tales siempre se hacen crecer el uno al otro en cuanto llevan aliento a su pecho en el momento adecuado». La importancia que se otorga a la convivencia, rasgo común a casi todas las aventuras religiosas del hombre, está aquí, como en Aristóteles, muy presente.

Goethe y Schiller son amigos que se aconsejan, se acrecientan, se estimulan, se llevan en volandas, se miden y se confrontan, se respetan, conversan, conviven, se cuidan, se siguen. Schiller se mira en el espejo de Goethe y viceversa; mutuamente se mistifican. El uno da la medida al otro, el toque de diapasón, el nivel ético e intelectual por el que ha de regirse.

Goethe hubo de afrontar la pérdida de Schiller, y lo hizo desde el ethos clásico, en el que una muerte así comporta perder la mitad de la propia alma: «Pensé que me perdía a mí mismo, y lo cierto es que pierdo a un amigo, y con él, la mitad de mi existencia». Y añade: «Fue una dicha para mí tener a Schiller. Pues, por diferentes que fueran nuestras respectivas naturalezas, nuestras direcciones iban hacia un punto común». A estos efectos, el epítome romántico venía a retomar su modelo clásico. Ya Estobeo refería que «Diógenes, cuando se le preguntó qué era un amigo, respondió: “Un alma que reside en dos cuerpos”».

david-cerda-y-daniel David Cerdá, Sevilla, 8 de febrero de 2018

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