¿Por qué los hombres pagan por tener sexo?

hch-freud-museum HCH 13 / Noviembre 2016 

¿Por qué los hombres pagan por tener sexo?, por Cruz Leal Rodríguez

Ha pasado otro 23 de septiembre y toca recordar de nuevo que ha sido el Día Internacional contra la Explotación Sexual y el Tráfico de Mujeres, Niñas y Niños. Y mientras escribo estas líneas, con retraso, veo pasar en las redes una micro-reflexión en ciento cuarenta caracteres, una de aquellas que visten bien un perfil y hacen que se disparen los dedos en un retuit —#MisiónAbolición—: entre todas las crueldades, la más repulsiva es aquella que tiene por fin la diversión, y me entusiasmo como abolicionista que soy. Pero resulta que hace referencia a la abolición de las corridas de toros. Me dispongo a cumplir con la reflexión rápida condicionada por el medio y al momento veo pasar un artículo que llama mi atención, cuyo titular dice: «Pagar por sexo, es normal entre los jóvenes»; en su interior leemos cómo se están naturalizando determinados hábitos justificados por el derecho al ocio y al consumo rápido de todo aquello que cada cual pueda pagarse al menor precio. Y en él se destaca algo más; por un lado, el aumento de la demanda de prostitución por parte de los jóvenes y adolescentes. Algo contrario a los pronósticos de los que creíamos en la libertad sexual y su destino al gozoso descubrimiento de la alteridad en una sociedad libre e igualitaria. Por otra parte, también averiguamos que cada vez es más habitual el consumo en grupo, lo que recuerda, tratándose de jóvenes y adolescentes, a los pintorescos rituales iniciáticos de la tribu. Y lo que es peor: que este uso de cuerpos ajenos para la satisfacción personal no les provoca duda ética alguna, ni una sombra que se contraponga a sus derechos como consumidores.

Resulta contradictorio que mientras nos sensibilizamos como sociedad cada vez más contra el maltrato animal, mientras sentimos cada vez más repugnancia ante la diversión que tales actos propugnan, normalicemos en cambio el uso del cuerpo de las mujeres como parte del ocio masculino sin afrontar ningún tipo de responsabilidad social al respecto. Si pueden pagarlo, parece que nos decimos, están en su derecho.

Establezco una relación entre estas dos cuestiones, ya que es notable el rechazo de la sociedad a la violencia de género, y el esfuerzo desde las instituciones para prevenirla y erradicarla. Esto contrasta con el aumento de esta modalidad de agresión: en sus formas de baja intensidad, con episodios de acoso; con el número de asesinatos y las violaciones, que también se han contagiado de la ejecución en grupo o camarilla, lo que empieza a asemejarlas peligrosamente con un ritual cultural de iniciación a la brutalidad, el abuso y el maltrato. Y también contrasta con la naturalización de este modo de iniciación a la prostitución como ocio por los jóvenes. Ya que, aceptando que no siempre implique violencia explícita, siempre será en sí mismo fronterizo al abuso y por supuesto a la vejación. Aceptar el consumo y la cosificación de cuerpos de mujeres como un derecho sagrado que se ejerce en el uso de un cuerpo ajeno, plantea severos interrogantes. Si nos asquea que un animal pueda ser torturado como entretenimiento, ¿por qué no nos conmueve que una mujer pueda ser penetrada por sus diferentes orificios por un montón de hombres desconocidos? La tradicional fiesta de la prostitución es justamente esto, no va de otra cosa.

Y sigo en mi reflexión interrogándome por el cómo en una sociedad hipersexualizada, una sociedad donde el sexo es un garante de éxito y de realización personal, donde la sexualidad se explicita sin tapujos y es mostrada, narrada y contada de mil maneras, estando presente de manera natural y desinhibida en las conversaciones más cotidianas, los medios y la cultura ¿Por qué ese empeño masculino en comprar sexo y hacerlo al más bajo coste posible? En todas las investigaciones se constata con datos que los consumidores, de dónde parte la demanda, son mayoritariamente hombres y cada vez más jóvenes. En cambio, la oferta de cuerpos para la prostitución es mayoritariamente de mujeres, también cada vez más jóvenes, y aumenta el porcentaje de adolescentes y crece la demanda sobre las niñas.

Hablo de prostitución y no de trata, porque el tráfico de personas por las mafia tiene una finalidad concreta que la hace doblemente criminal, y es mayoritariamente la actividad prostituyente. El tráfico entre fronteras es el previo al establecimiento en comunidades concretas. Las mafias movilizan mujeres migrantes permanentemente de un territorio a otro para ofrecer sensación de novedad constante. Es la venta de sus cuerpos lo que nuestros hombres consumen. Por lo tanto creo que es más realista presentarlo como algo que nos afecta porque sucede a nuestro lado y no situarnos ajenos al problema. Las mujeres y niñas traficadas lo son para abastecer el mercado de la prostitución. Son migrantes y es este hecho y las condiciones en las que son trasplantadas a otra comunidad lo que las deja en una situación de extrema vulnerabilidad y pobreza. Pobreza económica, ya que generalmente parten de deudas impuestas que intentan subsanar con la venta de sus cuerpos. Y pobreza de recursos, de conocimiento del entorno, desprovistas de sus normas y costumbres, sin redes familiares o comunitarias que las apoyen, totalmente dependientes de sus captores y de la sordidez de un submundo de explotación y esclavitud.

La realidad de la prostitución es conocida y divulgada en los medios, casi siempre en la sección de sucesos. Y todos tenemos construido un imaginario al respecto, en el que curiosamente la visión de las mujeres no coincide con la masculina. No me refiero a juicios de valor sobre la actividad o sus protagonistas, hombres o mujeres. Me refiero al hecho de que ser prostituta no es algo que sea deseado por la mayoría de las mujeres. Millones de mujeres libres no deseamos vender nuestros cuerpos y ofrecernos para ser usadas o penetradas por veinte o treinta hombres cada día. De ser así no existiría ningún debate al respecto y hace ya muchísimo tiempo que millones de mujeres de todo el mundo hubiésemos abrazado la prostitución como actividad recurrente. Pero somos empecinadas, sencillamente no queremos y solo acudimos a su ejercicio forzadas por las circunstancias a falta de una mejor opción. Y sí, cabe la posibilidad de que haya quien la ejerza de manera libre y deseada, todo es posible. Pero siempre que surge el tema, la argumentación gira sobre las mujeres y son las prostitutas las que son interrogadas por sus motivos, cuando la transacción económica justifica la necesidad obvia. Últimamente el debate centrado en la mujer prostituta se intenta capitalizar con la defensa del libre ejercicio, mayoritariamente por colectivos de mujeres que dicen hablar en su nombre y que nunca van a prostituirse o que de hacerlo aspiran a conseguir ventajas ocupacionales.

En cambio, en el constructo imaginario masculino el consumo de prostitución siempre es una opción posible y para algunos, quizá para muchos, incluso necesaria. Pero los hombres siempre están ausentes del debate, no se establecen dudas sobre su supuesta necesidad y tampoco sobre por qué acaban pagando en vez de acudir a la autosatisfacción, por ejemplo.

Por qué los hombres necesitan o creen necesitar la prostitución y por qué la sociedad acepta con total naturalidad esa necesidad imperiosa masculina, y por qué este hecho nunca se cuestiona: no son, en sí mismos, misterios insondables. Son explicables como hechos sociales resultantes de una sociedad que establece una desigualdad sistémica entre hombres y mujeres, una sociedad que otorga a la prostitución categoría institucional con la función básica de reafirmar su propio sistema patriarcal, que sale reforzado en cada una de las transacciones y encuentros. La prostitución, bajo esta mirada, es el fiel reflejo de esa desigualdad representada en el terreno sexual. Cada sistema social establece un marco de relaciones que le es propio, las expresiones sexuales no están al margen de la organización social y el sistema cultural en el que se asientan. Esa necesidad de la prostitución como ocio y divertimento está enraizada en una construcción concreta de la sexualidad masculina.

Cada comunidad regula sus modos sexuales y construye su deseo erótico y sus sistemas de control sobre los mismos. La prostitución es una institución relativamente reciente, en contra de lo que habitualmente se cree, y cumple una función en nuestra sociedad. Pero es imposible abordarla y pretender su erradicación sin cuestionar su significado y al servicio de qué intereses se mantiene. Y no solo en referencia a los intereses económicos, suficientemente claros, sino cuáles son los intereses en la construcción de los sujetos sociales.

La prostitución sirve para permitir a los hombres satisfacer su derecho incuestionable a una sexualidad sin compromiso, sin compromiso social. Una sexualidad de uso y autosatisfacción personal. Pero previamente se les ha convencido de su necesidad imprescindible como único modo de sexualidad satisfactoria. En la construcción de esa supuesta necesidad omiten que las mujeres también tenemos derechos, somos seres sexuales y también satisfacemos nuestro deseo sexual. Para ello, la prostitución nos interesa poco como consumidoras y absolutamente nada como prostitutas. Y lo más importante, olvidan mencionar que millones de hombres tampoco tienen mayor interés. Son muchos los consumidores, pero no todos lo son.

En la prostitución subyace una ideología patriarcal, la misma ideología que subyace en la violencia de género. Si después de años de lucha reivindicativa y de esfuerzo institucional, la sociedad se ha movilizado en contra de la violencia hacia las mujeres, ¿qué resortes impiden reconocer que la prostitución es un pilar básico del patriarcado? ¿Por qué se acepta sin más la necesidad de su existencia como algo inevitable y natural? La prostitución como institución refuerza los valores con los que el patriarcado construye la identidad masculina y la jerarquía del poder de los hombres sobre las mujeres, mediante la desvalorización de las mismas. La sexualidad así construida es unidireccional hacia la satisfacción del propio deseo masculino: la mujer es solo un recurso cosificado para su obtención, no hay otro modo de sexo o deseo. Es un modo de sexualidad basado en el ejercicio del poder, que ha de nutrirse de mujeres devaluadas y cosificadas. Por eso se demanda cada vez mayor juventud, inexperiencia, incluso la infancia de la prostituta, ya que todo ello propicia una mayor garantía de dominación.

En un momento en el que el propio sistema está cuestionado, la función que ejerce la prostitución es la de reforzar un modo de masculinidad embrutecida y un tanto psicótica que recurre al poder de los mercados y usa el fenómeno de la globalización para fortalecer la actividad de su industria y sus enormes beneficios. Es la razón por la que cada vez hay un mayor consumo y no menos, como cabría esperar de una sociedad libre e igualitaria. El derecho al consumo de sexo que reclaman los jóvenes se legitima en esa supuesta necesidad construida y naturalizada, que difícilmente podemos considerar un derecho si en su expresión debe realizarse en un cuerpo ajeno. Podemos desear libremente, pero los deseos no son siempre realizables y el hecho de desearlos no los convierte en derechos.

Como sociedad también podemos expresar nuestro deseo de una realidad diferente y una sociedad igualitaria. También podemos desear una sexualidad libre. Pero, previo al cambio, urge abordar el debate y el cuestionamiento de lo naturalizado e interiorizado como normal y natural. Debemos y podemos cuestionar el modelo de masculinidad cuando es disfuncional para una sociedad que aspira con todo su derecho a establecer relaciones entre iguales, sean éstas del carácter que sean. Podemos construir una sexualidad diferente y otra realidad de deseo.

En el análisis de la prostitución, de sus causas y consecuencias, caben diferentes narrativas, pero debemos admitir que en todas subyace el imprescindible debate ético. Ningún debate que aspire a incidir en la realidad social y que vaya más allá de la simple individualidad puede escapar al planteamiento moral sobre aquello que se considera más conveniente para la convivencia y el bien común. En la expresión y disfrute de la sexualidad la ética tampoco resulta ajena. Sin caer en el error maniqueo de confundir su debate con la imposición de una moral conservadora.

El debate ético se enfrenta exclusivamente entre la ética de los principios, a favor de la igualdad de las mujeres, una ética humanista y la ética liberal, preocupada por las consecuencias sobre la libertad de las mujeres que se prostituyen, que es también legítimamente humanizadora. Este debate se proyecta inevitablemente sobre las que deberían ser las políticas, obligadamente convergentes, de protección de las mujeres y erradicación de la prostitución. Unas políticas que necesitan hacer un esfuerzo de coherencia, pues no se pueden destinar recursos y esfuerzos para erradicar la violencia contra las mujeres y al mismo tiempo evitar el debate sobre las causas que la originan o los sistemas de pensamiento que refuerzan la organización patriarcal de la sociedad y los pilares que la sostienen, de los cuales la prostitución es el más eficiente.

hch-cruz-foto Cruz Leal Rodríguez, Madrid, 25 de septiembre de 2016

Publicado en El socialista digital el 25 de septiembre de 2016

Advertisements