Mira por dónde, Federico

 HCH 7 / Noviembre 2015

Mira por dónde, Federico, por David Cerdá

No sé si se acuerdan de Otto West. O sea, de Kevin Kline embutido en la piel de un criminal estúpido, ridículo, miserable, y también entrañable, de puro disparatado, en Un pez llamado Wanda. Una película divertidísima que ya ha cumplido, quien lo diría, un cuarto de siglo. Si me acuerdo repetidamente de ella es por, uno, el aluvión de carcajadas que me proporcionó, y dos, porque al citado personaje lo vistieron de intelectual fallido y para colmo «nihilista». Con su granada de mano siempre a cuestas, como quien lleva un llavero, le hicieron leer nada menos que a Nietzsche. Desde entonces y desde mucho antes, Friedrich Nietzsche, Federico para los amigos, permanece en el imaginario popular como la quintaesencia del filósofo inescrutable, aquel cuyos libros solo pueden sostener, sin que se les quemen las yemas de los dedos, los pedantes, los catedráticos o alguna otra materia gris lastimosamente descarriada. Incluso amigos míos medianamente cultivados, cuando a su pregunta de cómo iniciarse en el fascinante mundo de la filosofía les respondí mentando a la bicha, me han mirado en plan David, hermano, qué bueno lo tuyo. Y tal.

Y es una pena, porque más allá de lo difícil que sea pronunciar su nombre (vale algo así como «ni-cha», supongo), resulta que el bueno de Federico no sólo es fácil de leer, sino que además es uno de los filósofos más divertidos, provocadores y agudos con los que uno se pueda llegar a topar. Para hacernos una idea rápida, nuestro Friedrich viene a ser a la filosofía lo que Arturo Pérez-Reverte al panorama literario patrio —por lo que atañe a su vertiente ensayística en el ABC dominical —. Esto es: ambos escriben como los ángeles, ambos van sobrados de mala baba, ambos tienen la malhadada costumbre de cantarle las cuarenta a los poderosos, ambos se revuelven con fiero gesto ante las convenciones. Y aunque a los dos se les vaya, de cuando en cuando, la pinza (así a Nietzsche con el superhombre como a Pérez-Reverte con la guillotina), los dos suelen decir verdades como puños, y aciertan más que yerran. Y como quiera que a servidor le va la marcha, a ambos me los he zampado casi de cabo a rabo.

Déjenme entonces que defienda ante ustedes a Federico, que Arturo ya se defiende muy bien solito. Denme apenas tres páginas para que les aliente a leerle, a descubrirle, para retirar la capa de polvo que cubre al personaje, con todas sus extravagancias y sus lucideces. Permitan que les exponga por qué no ha perdido ni un ápice de actualidad.

Comienzo exponiéndoles muy sucintamente la demoledora crítica nietzscheana a la cultura de su tiempo; ya verán cómo, casi siglo y medio después, les va a parecer que no ha pasado ni media hora. Su tesis fundamental es que con la entente Ilustración-capitalismo-industrialización nos jorobaron y a base de bien el asunto de la ciudadanía y de la democracia real, es decir, la que consiste en participar del modelo de gobierno como si todos fuésemos efectivamente parte de una misma comunidad. El par liberalismo-capitalismo con el que nos emancipamos de la canalla de reyes y sus chupópteros y aristocráticos adláteres resulta que nos coló de rondón un mundo en el que los valores están de más, y donde solo importan los intereses. Que son otra cosa, aunque muchos ya no noten la diferencia. Tenemos como resultado —decía Nietzsche de su tiempo sin saber que también hablaría del nuestro— una sociedad donde la clase política es ya de hecho apolítica, y donde ya no interesa lo que Nietzsche llamaba una cultura de gran estilo, que viene a ser un preocuparse porque la gente crezca, mejore y ascienda, sino porque meramente se satisfaga. En román paladín: más créditos blandos para no perderse ningún año la romería del pueblo y descuentos en el Canal Plus para ver las pelis y el fútbol, y menos educación meritocrática y discusión de fondo sobre cómo vivir en común sin despellejarnos.

Surge así un Estado monstruo que suplanta a lo que el pueblo necesita y cobra significado en sí mismo. Un Estado en el que ya no cuenta lo bueno, sino lo conveniente. Un Estado que ejerce una «violencia legítima» y reparte diversión, en el sentido militar del término: señuelos. Una ponzoñosa Hidra cuyo afán no es sino ganar peso, agrandarse burocratizándose; hacerse fin en sí mismo. Toda esta ideología pujante da lugar a una aristofobia de rebaño donde el que destaca es siempre digno de sospecha (piensen en nuestros sistemas educativos, en la creciente actualidad de todo esto). Una charca tibia de vulgaridad en la que lo que prima es que cada cual siga comportándose como el engranaje bien engrasado que aquella bestia agigantada espera. Un revoltijo infame donde todo tiene su correspondencia en dinero o simplemente deja de existir; el lugar donde toda individualidad resulta, por definición, excéntrica y subversiva.

A los comunistas también les dio don Federico lo suyo. Ahora que hay quien suspira por retornar al koljoz o sacarse una foto con líderes bolivarianos, puede resultar refrescante retomar sus críticas a esta idea. Los socialistas le parecían una caterva de mediocres, peligrosos propagadores de ideales antiindividualistas; vendedores de una patraña que asfixia al que quiere sacar la cabeza y proclamar su diferencia ganada a pulso. Lo de igualar al personal, teniendo en cuenta que siempre se iguala por abajo, nunca le apeteció a Federico. Supongo que hoy tendría que aguantar por ello, por lo menos en España, que le llamaran facha.

A las feministas les reprochó Nietzsche con valentía esa aún vigente y muy estúpida búsqueda de un lugar para la mujer por imitación al hombre, en lugar de procurar la liberación de la mujer en la mujer. En esto estaba con Rilke: el feminismo inteligente no es emulación masculina, sino primero, igualdad de derechos y oportunidades, y después, reivindicación y realización de lo específicamente femenino, diferencia que es trágico que se pierda.

Además de esto, y de ser un músico notable, Nietzsche nos legó un montón de frases clarividentes. Solo les pongo unas pocas, para que las degusten, aunque solo podrán hacerlo a pleno sabor y textura si se topan con ellas en los estupendos textos nietzscheanos, llenos de humor y justa indignación, con sus barrabasadas y sus arrogancias, pero siempre con el arrojo y la sagacidad que es privativa de las grandes mentes:

«La mediocridad es la más feliz de las máscaras que puede usar un espíritu superior, porque el gran número, es decir, los mediocres, no sospechan que en ello haya engaño; y, sin embargo, por esto es por lo que se sirve de esta arma el espíritu superior: para no irritar, y, en casos no raros, por compasión y bondad» — en Humano, demasiado humano.

«Soportamos más fácilmente la mala conciencia que la mala reputación» — en La gaya ciencia.

«El que apetezca la gloria debe despedirse a tiempo del honor y dominar el difícil arte de irse en el momento oportuno» — en Así hablaba Zaratustra.

«En toda espiritualidad independiente, en toda voluntad autónoma, en toda inteligencia elevada, se presiente un peligro, por ello ofende y engendra desconfianza» — en Más allá del bien y del mal.

«Cada logro, cada avance del conocimiento, depende de la resistencia contra uno mismo» — en Ecce Homo.

«La primera tesis fundamental es: hay que tener necesidad de ser fuerte, de lo contrario, no se es fuerte nunca» — en El crepúsculo de los ídolos.

«Nos vengamos de la vida imaginando con la fantasía “otra” vida distinta y mejor que esta» — en El crepúsculo de los ídolos.

«El camino más corto no es siempre el más recto, sino el que tiene el viento a favor de nuestras velas» — en El caminante y su sombra.

«…el hombre mismo tiene una invencible tendencia a dejarse engañar…» — en Sobre la verdad y la mentira en sentido extramoral.

«Las personas virtuosas quieren hacernos creer a nosotros (y a veces también a sí mismas) que fueron ellas las que inventaron la felicidad. La verdad es que la virtud fue inventada por las personas felices» — en Fragmentos póstumos.

Pero claro: si uno escribe un libro que se llama El Anticristo no puede esperar caer bien a la gente. Y si además de decir aquello de que «Dios ha muerto» (resaltando, por cierto, que tal noticia suponía «una aurora», y una enorme responsabilidad) reparte a la vez estopa a los «tontateos» (dícese del ateo que no se hace cargo del hecho de vivir sin Dios; lo que viene siendo «el ateo de autobús»), pues tampoco puede aventurarse uno a que nadie lo defienda. Cuando uno, en suma, critica y propone soluciones pero sin pagar diezmo a nadie, arremetiendo no sólo contra el clero, sino contra el comunismo, y motejando a todos los nacionalistas de provincianos, pues eso, que no ganará el premio a la popularidad de ese año ni de ningún otro. Él mismo dijo de sí: «Yo no soy un hombre, soy una carga de dinamita».

Pero mira por dónde, Federico: mientras otros han envejecido inmisericordemente, tú, el tarado, el desaforado, el loco, el supuesto nazi que hubiera llamado enanos mentales a los nazis, el presunto antisemita que se peleó con Wagner, entre otras cosas, por antisemita, el incomprensible e incomprendido, has sido tú quien ha terminado por ser reconocido entre los más perspicaces. Supongo que te reirías socarronamente, con un deje, quizá, de tristeza, al constatar cómo tantas de tus desoídas advertencias se han terminado materializando.

Así es que pasen mucho del cliché de Otto West, y atrévanse con cualquiera de los panfletos del autor del Zaratustra. Eso sí, tampoco lo tomen demasiado en serio (ni a este ni a ninguno), ni le adoren o idolatren (ni a este ni a ningún otro), no sea que se les atragante. Prueben con su Ecce Homo, con la Gaya ciencia o cualquier otro. Verán qué risa les entra y qué escalofrío les sacude el cuerpo.

david-cerda-y-daniel David Cerdá, Sevilla, 23 de octubre de 2015

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