Menos respuestas y más preguntas. Una reflexión desde la didáctica de las Humanidades y las Ciencias Sociales

hch-14-prioritaires HCH 14 / Enero 2017

Menos respuestas y más preguntas. Una reflexión desde la didáctica de las Humanidades y las Ciencias Sociales, por Mario Corrales Serrano

No sé si es algo general o me sucede sólo a mí; no sé si es una condena con la que tenemos que vivir los que nos dedicamos a las Humanidades y Ciencias Sociales, o es una característica propia de la época en la que vivimos. Lo cierto es que, a menudo, tengo la sensación de estar dedicando mi estudio, mi trabajo y mi esfuerzo a algo que para la mayoría de la gente es poco útil, poco productivo, poco rentable. Esta sensación hace que brote una pregunta a la que me gustaría saber responder: ¿para qué sirven las Humanidades?

El contacto con la realidad cotidiana del mundo de la enseñanza hace que, en numerosas ocasiones y desde diversas motivaciones, surja la pregunta acerca de la utilidad de las Humanidades. Los que nos dedicamos al estudio y a la enseñanza de las disciplinas que pertenecen a esta área hemos escuchado muchas veces esta pregunta, y, seguramente, nos la hemos hecho nosotros mismos. Dentro de los centros educativos, en ocasiones, tengo la sensación de que somos piezas de museo, que hacen recordar que existieron personajes importantes, pueblos poderosos, lenguas antiguas, pero que parece que no tienen demasiado que aportar al panorama actual de la enseñanza.

En el centro en el que trabajo hay saturación de alumnado en asignaturas como Física y Química o Biología, mientras que algunas de las optativas de Humanidades están preocupantemente despobladas. Como explicación a esta situación, en los comentarios de pasillo aparecía la famosa frase: ¿para qué sirve hoy estudiar Humanidades?

Si damos un paso hacia adelante en el proceso educativo, y nos fijamos en la elección de carrera de nuestro alumnado, observamos que el panorama de la Universidad es semejante; los primeros puestos de preferencia de estudios están copados por carretas de la rama tecnológica y la sanitaria, mientras las Facultades de Letras tienen cada vez más problemas para subsistir.

En la sociedad de lo útil y lo productivo, ¿pintamos algo los que tenemos respuestas para preguntas que ya nadie se hace?¿tenemos hueco los que aportamos un modo de ver la realidad que no se traduce en cifras y en beneficios inmediatos? A mi modo de ver, la pregunta por la utilidad de los saberes de tipo humanístico no es una pregunta ni mucho menos inoportuna. Pareciera que aquellos que se dedican a estos saberes fuéramos como los linces, en peligro de extinción, y con un hábitat difícil de sostener; o, peor aún, como aquella joya heredada de un antepasado que, a fuerza de haberse preservado intacta de generación en generación, ha pasado de moda, perdiendo el valor y el interés. Y es que, si nos fijamos en las motivaciones de fondo que influyen en la elección de estudios y de dedicaciones profesionales, uno de los elementos que más pesa es el interés, y el otro, la utilidad.

Una vivencia sucedida en clase la semana pasada me ayuda a mirar esta misma cuestión de la utilidad desde el punto de vista del alumno que se acerca al estudio de estas materias: abordando la cuestión de la epistemología de los saberes, la reflexión que un alumno expresaba nos llevaba a dividir las asignaturas entre asignaturas de pensar y asignaturas de memorizar. Afortunadamente, dicho alumno encontraba dificultades para encasillar la filosofía en uno u otro grupo. ¿Y si el problema es precisamente este? ¿Y si la enseñanza de las Humanidades y las Ciencias Sociales se ha ido reduciendo a una transmisión memorística de contenidos, olvidando la siempre necesaria mirada crítica sobre la realidad que se expone?

Esta visión parece recordar a aquella sensación que transmite Descartes, cuando habla de su poco satisfactoria experiencia educativa, que le embarcó en el periplo viajero por Europa en busca de un saber verdaderamente útil que proporcionase respuestas a sus preguntas:

«He sido educado en las letras desde mi infancia y yo tenía un deseo enorme de conocerlas, porque se me había persuadido de que por su medio podía uno adquirir un conocimiento claro y seguro de todo lo que es útil a la vida. Pero en cuanto hube acabado todo el ciclo de estudios al término del cual es uno recibido en las filas de los doctos, cambié enteramente de opinión. Pues me encontraba embarazado por tantas dudas y errores que me parecía no haber conseguido, tratando de instruirme, otro provecho que el de descubrir más profundamente mi ignorancia. Y sin embargo había estado en una de las más célebres escuelas de Europa, en la que yo pensaba que debía haber hombres sabios si los hay en algún lugar de la tierra. Había aprendido allí todo lo que los otros aprendían; y no contentándome aún con las ciencias que se nos enseñaban, había recorrido todos los libros que habían podido caer en mis manos que trataban de aquellas ciencias que se consideran más curiosas y raras. Además, sabía los juicios que los otros hacían de mí y no veía que se me estimase inferior a mis condiscípulos, aunque entre ellos hubiera ya algunos destinados a reemplazar a nuestros maestros. Y en fin, nuestro siglo me parecía tan floreciente y tan fértil en mentes preclaras como cualquiera de los anteriores. Lo que hacía que me tomase la libertad de juzgar por mí a todos los demás y de pensar que no había en el mundo doctrina alguna que fuese como la que se me había hecho esperar»[1].

Recordemos que, en la historia del pensamiento, Descartes supone todo un hito en lo que se refiere a la evolución del método de conocimiento, y que muchos estudiosos piensan que precisamente esa sensación de insatisfacción que acabamos de describir es el punto de partida de la evolución epistemológica que el pensador francés representa.

A la luz de esta reflexión, si nos preocupa el futuro de los saberes humanísticos y sociales en nuestro sistema educativo y en nuestra sociedad, parece que no podemos eludir una pregunta: ¿estamos siendo capaces de mostrar el conocimiento de las ciencias humanas y sociales como un conocimiento útil, productivo y atractivo para quienes se acercan ahora a su estudio?

Algunas de las más interesantes publicaciones que reflexionan recientemente sobre la utilidad de las Humanidades, como la utilidad de lo inútil, de Nuccio Ordine o Sin fines de lucro, de Martha Nussbaum, apuntan algunas reflexiones valiosas. Los dos argumentos que me parecen más interesantes en este sentido son los siguientes:

  • Por una parte, los saberes de tipo humano presentan una utilidad diferente a la que habitualmente le atribuimos a otro tipo de ciencias, una utilidad que no se cuenta en parámetros cuantitativos, económicos o de productividad empresarial, sino más bien en lo cualitativo, en la capacidad de construir un tipo de persona capaz de afrontar las necesidades de nuestra época.
  • Por otro lado, el camino que proponen para poner de manifiesto la importancia y la significatividad de las ciencias humanas y sociales en nuestra época no es tanto el camino del cómose resuelven los problemas técnicos concretos, sino el camino de los porqués, el camino que lleva a preguntarse al ser humano por las motivaciones de fondo de cada uno de los pasos que el progreso científico nos lleva a dar.

Apoyado en estas ideas, me pregunto si no deberíamos presentar las ciencias humanas y sociales como una herramienta útil, no tanto para dar respuestas hechas, si no, sobre todo, para suscitar preguntas, para bucear en el sentido último de la acción humana, para aportar elementos que nos posibiliten construir personas activas, críticas y protagonistas de un mundo cada vez más tecnificado y mecanizado.

Los saberes que tenemos entre manos siguen teniendo utilidad y sentido si aprendemos a darle valor a lo que aportan a nuestras sociedades democráticas modernas. Algunas claves que pueden ayudarnos son las siguientes:

  • Necesitamos despertar, caer en la cuenta de que el mundo en el que vivimos necesita todo lo que el saber humanístico y social puede aportar como cimiento para nuestra sociedad y como herramienta de búsqueda de sentido para la vida.
  • Debemos entender las Humanidades como un saber activo que se renueva, que se retroalimenta con las circunstancias del presente, y no como un mero conocimiento de las cosas que sucedieron en el pasado.
  • Debemos encontrar nuestros nichos de utilidad y productividad en el contexto actual, es decir, poner en valor aquello que podemos aportar para humanizar la sociedad de consumo y productividad en la que vivimos. Aportaciones de pensadores como J. Habermas pueden sernos muy útiles en este sentido.

Tal vez si somos capaces de utilizar los saberes filosóficos, históricos, humanísticos y antropológicos como una brújula que nos ayude a buscarnos a nosotros mismos, como una carta de navegación en medio del océano globalizado en el que vivimos o como la transmisión de esa experiencia que necesitamos para dar respuestas nuevas a preguntas nuevas pueda seguir habiendo motivos para profundizar en estos saberes. Tal vez si somos capaces desde las ciencias humanas de servir de GPS a las ciencias técnicas para conducir sus avances por los caminos mejores para los últimos de la humanidad veremos la utilidad de las Humanidades.

En definitiva, a lo mejor nuestro papel es el de suscitar preguntas y no el de dar respuestas prefabricadas y de otras épocas. Sería mejor ser capaces de suscitar preguntas que todavía nadie se ha hecho a dar respuestas a preguntas que ya nadie se hace.

Ciertamente, no tengo una respuesta definitiva que explique el porqué de la pérdida de utilidad de las ciencias humanas, ni tampoco tengo una respuesta definitiva para la cuestión de cómo podríamos poner de manifiesto su auténtica utilidad y significatividad. Simplemente, propongo que probemos a hacer caso al título de esta reflexión: Más preguntas y menos respuestas.

mario-corrales-foto Mario Corrales Serrano, Badajoz, 10 de octubre de 2016

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