Contra el popurrí ideológico y el espíritu amurallado

HCH-12-MAIMONIDES HCH 12 / Septiembre 2016

Contra el popurrí ideológico y el espíritu amurallado, por David Cerdá

En este mismo número de Humano, creativamente humano Defensa de la religión en la escuela»), Víctor Bermúdez expone diversos argumentos en favor de la enseñanza religiosa en las escuelas. Me dispongo, a continuación, a exponer yo los míos, con los que llego a conclusiones diametralmente opuestas.

Por una vez, y sin que sirva de precedente, trataré de desmontar preventivamente el ad hominem que siempre sobrevuela a quien aborda el tema en estos términos, explicando que no me mueve animadversión alguna contra la religión. Para ello tendré que ofrecer algunas pinceladas biográficas, aun a riesgo de aburrir al lector. Fui bautizado, hice la comunión, me casé por la iglesia, jamás renegué de mis raíces cristianas. He escrito un ensayo que se titula «El ateísmo no existe»; y puesto que, en puridad y tal y como allí explico, ateos no hay, yo no puedo ser uno de ellos. He abogado en foros académicos por restituir su dignidad a la religión, a la que he dedicado innumerables y provechosas horas. He traducido por vez primera a nuestro idioma las memorias de un sacerdote católico. En la guantera de mi coche guardo, para cuando quedo varado en un atasco, tres volúmenes miniaturizados: los cuentos de H.G. Wells, los de Chejov, y un Nuevo Testamento. Soy de los que digo y escribo que el Nazareno fue una figura ética portentosa; y en cierto sentido, aunque no en el más convencional y chato, alguien podría llegar a calificarme sin equivocarse de aspirante a cristiano. Colaboro, con gusto y orgullo y sin ánimo de lucro, con entidades educativas de sólida base religiosa; y alguna de las editoriales con las que publico tiene idéntico basamento. Con eso basta, supongo, para no ser tenido por uno de esos laicos obtusos y beligerantes a los que parece referirse Víctor.

Vayamos ahora a los argumentos, que es lo que importa.

Creo que la interpretación que Víctor Bermúdez hace de la laicidad y la distinción entre lo público y lo privado es esencialmente correcta: quienes deciden qué se enseña son los ciudadanos, es decir, sus representantes democráticamente elegidos. España es un Estado aconfesional (que no laico), y eso quiere decir, exclusivamente, que no hay religión que tenga monopolio alguno en nuestro suelo, de modo que, mientras musulmanes y judíos y el resto puedan acceder a una educación similar en su credo, no hay ley ni principio constitucional que se conculque, y así pues nada, en efecto, que objetar a la situación actual.

No obstante, la presencia de la religión en las aulas no es un asunto meramente político y legal. Puede que el anterior sea incluso el menos relevante de los aspectos de la polémica. Mucho más importante es la pregunta por lo que debe formar parte del empeño educativo de un país; cuál entendemos que es el equipaje imprescindible para un ciudadano, para que pueda ejercer libre y provechosamente como tal. Todos convenimos en que los conocimientos han de concurrir; y la mayoría, incluso, apostaremos porque estén también presentes los valores. Pero son pocos, o deberían, los que optan por hacer sitio igualmente a las ideologías. Lo creencial es esencialmente distinto de lo epistémico y lo ético-valorativo. Lo epistémico tiene siempre valor (mayor o menor); lo ético-valorativo, solo si cuenta con el refrendo patente de los hechos y el raciocinio; el valor de lo creencial, en cambio, es del todo opinable, y está sujeto a disputa que unas creencias hayan de imponerse a otras, gozar de un superior rango. Esto es: la teoría de la relatividad es cierta, y por tanto merece la pena que la conozcamos y entendamos; puedo argumentar consistente y convincentemente que la generosidad nos conviene más que el egoísmo; pero no hay modo alguno de colocar la transubstanciación por delante de la Santísima Trinidad.

En este punto, el argumento de Víctor Bermúdez deviene insostenible, al preguntarse en voz alta si es que acaso hay algo, entre lo que se enseña, que no sea ideológico. Por supuesto que lo hay; y le hace mucho daño a la filosofía que aún se dude sobre esto. El relativismo extremo es verdadero curare para la lucidez; es cinismo cochambroso. Extender una sombra de sospecha sobre todos los conocimientos es un modo muy efectivo y peligroso para depreciarlos. No es razonable situar en el mismo plano una verdad científica, una verdad moral y una verdad revelada; decir que todo es ideológico en la misma proporción es afirmar que todo es verdad, o que todo es mentira, tanto da.

Hay más mixtificaciones dañinas a esta altura del planteamiento. Para empezar, no toda la ciencia es ciencia positiva; y no por eso deja de ser ciencia. Las ciencias sociales son ciencia (disculpen la obviedad). Quiere eso decir que, pese a no poder aspirar al grado de certeza de la física, tienen método, tienen instituciones independientes y no dogmáticas, y, en fin, producen una clase de conocimiento que no puede compararse al que aportan los credos. Ni la psicología ni sociología cuentan con órganos que dicten lo que es apto creer (como hacen la Conferencia Episcopal o este o aquel Imán). Tampoco la historia, a caballo entre las ciencias sociales y lo que podríamos llamar, con propiedad, Humanidades. Ni siquiera estas (stricto sensu, la filosofía —incluyo la política y la ética en esta— y las artes) son equiparables a la religión, pues o bien representan un discurso de segundo nivel, jamás dogmático, sobre la verdad (es decir: son una vía para saber qué es verdad y qué no lo es), o bien son meras expresiones de pensamientos y emociones y apelaciones a los sentidos del ser humano, que difícilmente pueden comparase a cuanto proponen como «cierto» las religiones mayoritariamente establecidas. Adicionalmente, digamos que cualquier parecido entre un axioma matemático y un dogma religioso es pura casualidad; y que el contenido y alcance vital de los «dogmas estéticos» (que, por ejemplo, carecen de implicaciones morales) nada tiene que ver con el de los religiosos.

¿Significa eso que la ciencia sea «la única fuente legítima de la verdad»? Por supuesto que no. Lo único que sabemos es que sus conclusiones tienen una contrastación real; que se renuevan, por lo mismo, constantemente; que no están sujetas a veto ni al peso de autoridad alguna; y además que su verdad no ha requerido jamás de la violencia para defender sus derechos. La ciencia, como la ética, habita la tierra de lo refutable. Nada de lo anterior puede decirse de la ideología; y por eso, entre otras cosas, queremos que esta se ausente de nuestros centros educativos. No olvidemos que todas las amenazas que han existido para la viabilidad del mundo tienen una base ideológica, sea esta comunista, inquisitorial, yihadista o nazi. Ni siquiera el cambio climático tiene una causa científica: es el producto de una o varias ideologías (la del crecimiento económico irrestricto, el liberalismo sin frenos y el consumismo salvaje).

Se ha dicho que lo creencial carece de valor per se; hay que decir ahora que, como lo ético-valorativo, la discusión abierta, el debate informado y respetuoso sobre ello, sí tiene un valor intrínseco. Tanto más por cuanto las creencias, muchas de ellas, suelen ser refractarias a la discusión, proclives, en este sentido, a la agresión como mecanismo de defensa. En este sentido, sí sería buena idea enseñar religión en las escuelas, si tal enseñanza consistiese en confrontar las creencias y conocerlas todas (o, no siendo tal cosa posible, sí al menos las más relevantes). De ahí que una asignatura sobre historia —y actualidad— de las religiones sí sea una gran propuesta. Sería esto, y nunca una enseñanza confesional, lo que estimularía ese «capacidad crítica» a la que Víctor atinadamente se refiere. Y no solo por el potencial desactivador de los fanatismos que ese saber aportaría, sino además porque, uno, la religión es cultura y no hay prácticamente cultura sin algún nexo con la religión, y dos, porque abrir, sin decantarse por opción alguna, los poros espirituales de los ciudadanos, sí tiene visos de mejorar el bagaje de las generaciones que se están cultivando en la actualidad.

Con esto enlazo a otro argumento, que el articulista no toca, que quiere detenerse en la idoneidad de la materia dado el entorno y las edades en las que la enseñanza religiosa se plantea. Es el siguiente: enseñar entre los seis y los dieciséis años, el contenido fijado y no discutible de una sola vía espiritual, cualquiera que sea, podría ser la peor manera de desarrollar el gusto por lo espiritual. Lo que sugiero es que adoctrinar (RAE: «Inculcar a alguien determinadas ideas o creencias») es una pésima maniobra de cara a que la persona desarrolle un gusto efectivo por lo que concierne al espíritu. Encaminar a una persona, a esas tiernas edades, a un laberinto amurallado en el que solo existe una salida (el credo X), propicia, más que evita, que se le cauterice el espíritu. La trascendental es, sin duda, una de las dimensiones existentes en el ser humano: pero no se desarrolla como se desarrollan los músculos. Es, de largo, la dimensión que más madurez exige del ser humano. De ahí que quien verdaderamente trasciende sea siempre un explorador: le puedes y quizá debes proveer de instrumentos, pero jamás le convendrá que le acordones la zona para que no extravíe la meta. En cuanto hace al espíritu, la meta es el camino: y ninguna exposición concreta e inamovible, ninguna senda balizada, espolea al genuino descubridor.

La «pluralidad religiosa» por la que Víctor Bermúdez aboga —a la que me sumo sin reservas— no se consigue abriendo las compuertas de la escuela para que ideologías de diverso pelaje aneguen esta institución. Y que nadie piense que esto va de la ciencia humillando a las religiones. Diría incluso que la mayoría de quienes entienden el valor y el alcance de la ciencia no son «cientifistas positivistas». Este tipo de etiquetas falaces no mejora el diálogo, y confunde a los incautos. El «positivismo cientifista» existe (existe, en el campo ideológico, cualquier monstruosidad que pueda concebirse), en la escuela como en todas partes; pero igualar la ciencia en sí a dicho credo es una barbaridad. Si el profesor de química, en sus horas lectivas, tratase de convencer a sus alumnos de que el amor es una sopa química agitada en el matraz del cuerpo humano; o si el profesor de física ensuciase el encerado con una supuesta prueba cuántica sobre la inexistencia de Dios, lo que habría que hacer es reconducirles, y si persisten, despedirlos sin paños calientes. Pero retengamos que ni uno ni otro son profesores enseñando ciencia, sino laicos sacerdotes que pervierten y denigran la función que se les encomendó. Afortunadamente, y como cualquiera sabrá reconocer, tales ejemplos no abundan. Cuando a Marx se le nombra en la escuela, en clase de filosofía, no es para enunciar una verdad revelada: sino para exponer su verdad, como una verdad potencial más entre muchas otras, y para que se le confronte con Russell, con Locke, con Ortega y von Mises.

La ciencia es verdad constatable, y por tanto universal; el resto es verdad abierta, y ha de enseñarse como tal: mostrando toda la paleta de opciones plausibles, y equipando críticamente a los alumnos, cosa que la religión misma no puede hacer, y que además es el cometido específico de la filosofía. Por añadidura, enseñar una sola verdad espiritual, una única versión restringida y acotada, como verdad absoluta, es el beso de la muerte para la genuina espiritualidad, que es siempre una aventura madura, intransferible y personal. En consecuencia, la religión en la escuela resulta ser una mala idea; aunque no sea a día de hoy, ni de lejos, el más acuciante de los problemas que acechan nuestras aulas.

david-cerda-y-daniel David Cerdá, Sevilla, 10 de julio de 2016

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