Entrevista a Epicuro

10 HCH 1 / Noviembre 2014

Entrevista a Epicuro, por David Cerdá

Hoy entrevistamos a Epicuro de Samos, que amablemente se ha prestado a una distendida charla acerca de su vida y sus ideas, y lo que a día de hoy ha sido de ellas.

Entrevistador: Buenos días, y gracias por atendernos.

Epicuro: Es un placer. Un placer catastemático, para ser exactos. Pero no nos precipitemos.

Ent.:    Estoy de acuerdo, será lo mejor. Usted nace en la isla de Samos, allá por el 341 a.C. ¿Qué tal fue su infancia?

Epi.:    Pues lo habitual por aquellos tiempos y latitudes. Mi padre, Neocles, fue un maestro del montón, y mi madre, Queréstrates leía las manos y las entrañas de los pájaros (un oficio inquietante, se lo aseguro).

Ent.:    ¿Qué tal la escuela?

Epi.:    Un incordio, no se imagina. Con mi profesor, Nausífanes, que estudió a su vez con Demócrito, me inflé de discurrir acerca de los átomos. Desde entonces he sido bastante atomista, la verdad.

Ent.:    Tengo entendido que al cumplir la mayoría de edad marchó a Atenas.

Epi.:    Sí, para hacer la mili.

Ent.:    ¿De verdad?

Epi.:    Como se lo cuento. Cualquiera que me hubiera dedicado quince segundos de inspección visual se habría percatado que, planteada una guerra, yo no serviría más que para ser prisionero. Pero los atenienses de la época podían ser muy convincentes, y no sabían de objeciones de conciencia. Estamos hablando de cuando Alejandro Magno se abría paso a machetazos por Asia, nada menos.

Ent.:    Me hago cargo. Y de ahí…

Epi.:    De ahí paso a Colofón, Mitilene y Lámpsaco, de donde soy sucesivamente expulsado, hasta volver a Atenas en el 306 a.C.

Ent.:    Mucho cariño no parece que le tuvieran.

Epi.:    No, si yo popular nunca he sido.

Ent.:    ¿Y en Atenas encuentra ya un medio de vida, se casa, en fin, un poco lo que todo el mundo?

Epi.:    Que va, en Atenas fundo el Jardín, que básicamente fue la primera comuna hippie de la historia.

Ent.:    ¡Qué me dice!

Epi.:    Como se lo cuento. El Jardín fue un lugar para estar entre amigos y refugiarse de los estúpidos vaivenes de la fama, las batallas y la fortuna. Un sitio donde estar cool.

Ent.:    ¿Y se apuntaba mucha gente a eso?

Epi.:    Pues sí, unos cuantos. Mire usted, eran tiempos difíciles: desde Pericles a entonces, ser ateniense se había convertido en recibir de lo lindo de espartanos y macedonios, de modo que la gente lo que buscaba era estar tranqui, que se dice ahora (nosotros éramos más finos y lo llamábamos ataraxia). La Academia y el Liceo estaban ya fuera de onda, porque la gente no esperaba de la filosofía que actuase como polo de atracción intelectual o de educación e investigación superior, sino que ofreciese las claves para ser felices en la medida de lo posible. Un retorno a la vieja y mundana sabiduría, en realidad.

Ent.:    ¿Y a eso lo seguían llamando filosofía?

Epi.:    Pues claro, caballero. Philo+sophia, amor a la sabiduría. Ahí mismito lo tiene usted, si es un león le come.

Ent.:    ¿Sobre qué ideas organizaban ustedes la vida en ese Jardín? ¿Cuáles eran sus lemas?

Epi.:    Pues varios. Entre los más destacados, “vive en secreto”. A diferencia de otros, aspirábamos a no hacer demasiado ruido, ¿sabe? Luego, para nosotros, y no crea que eso abunda en la historia de la filosofía, la felicidad era lo más importante, hasta el punto de confundirse con la moral. Teníamos también nuestro puntito pesimista, ese algo chino, para entendernos. Pero, a un tiempo, jamás perdimos la esperanza de que el conocimiento pudiera endulzar o aliviar las penalidades de esta perra vida.

Ent.:    ¿Me habla de la ciencia?

Epi.:    Pues sí, pero sin perder la cabeza. Estudio sí, pero siempre que no perturbe la serenidad del alma. Lo justo, vaya.

Ent.:    ¿Qué me dice de los dioses? ¿Hablaban ustedes sobre ellos?

Epi.:    Pues no mucho, la verdad. Yo es que creo que los dioses nos pillan muy lejos, ¿sabe usted? A ver: hay cuatro cosas que nos atormentan: el tiempo que devora los placeres, el dolor que puede sobrevenir en cualquier instante; la espera de la muerte y el temor a los dioses que nos angustian. Y coger ansiedades así porque sí (cuando nosotros no teníamos ni ansiolíticos ni nada por el estilo), ¿no es una tontería?

Ent.:    Visto así… Pero oiga, ¿y qué hacemos con la muerte?

Epi.:    A mi parecer, el temor a la muerte nace de la angustia por la disolución del yo y la pérdida de la vida y por el temor a los castigos. Frente a esta angustia yo lo que digo es que la muerte no es nada, pues todo bien y todo mal toman pie en la sensación y la muerte es precisamente la privación de los sentidos. Es decir, que en cierto sentido somos inmortales mientras existimos. Concluyendo: lo que pienso es que no nos atemoriza la muerte en sí misma, sino su expectativa. Pero ello es necedad: si al presentarse no sentiremos ya nada, ¿cómo temer durante la espera? El deseo de eternidad es absurdo y no hay que temer los castigos de ultratumba pues el alma es corporal y material y no sobrevive a la muerte.

Ent.:    Lo tiene usted muy claro.

Epi.:    Mi tiempo me llevó convencerme.

Ent.:    ¿Y el alma?

Epi.:    Pues mire usted, yo soy mucho más de cuerpo que de alma. Yo es que soy muy básico, ¿sabe?, me quedo con lo que veo y percibo. Al final, casi todo lo que nos importa es una cuestión de placer.

Ent.:    ¡Por fin llegamos a ese tema tan suyo!

Epi.:    Pues sí, alguien tenía que ocuparse; y yo fui de los que más, y a mucha honra. Yo creo que no hay felicidad en rehuir el placer; es el placer, convenientemente escogido, el que mejor y más nos inserta en la realidad, y es por ello que su goce evita hacer mezquinos balances —por lo no conseguido— a la hora de morir.

Ent.:    ¿Y de ahí es capaz de sacar usted una ética?

Epi.:    Sin ningún problema. Se la expongo en cuatro principios básicos: uno, el placer es el comienzo, fundamento, culminación y término de una vida feliz; dos, la consecución del placer y la evitación del dolor guía nuestras elecciones y rechazos; tres, no hay otro objetivo trascendente, el placer es el prôton agathón (lo más de lo más, que dirían ustedes); y cuatro, la propia naturaleza de los seres animados fija este criterio básico de conducta. Enfrentar el placer es, por supuesto, indisolublemente, acatar el dolor. Pero no solo el dolor parece presentar una objeción importante a esta que le cuento mi filosofía del placer. La escasez, la miseria, la ambición y la explotación nos amenazan hinchando negros nubarrones de utopía sobre la perspectiva del placer como vehículo efectivo para la felicidad. Contra todo esto, yo fui el primero que dije, por estos parajes, eso de Keep Calm (and ataraxia).

Ent.:    Placer y punto, pues.

Epi.:    No me simplifique usted, que me aminora. También he dicho que la phroensis, la inteligencia práctica, es un importante contrapeso a la fugacidad de la sensación y del placer. Al final, la nuestra fue también una moral de la areté, de la excelencia. Lo que pasa es que, antes como ahora, tener palabras dulces para el placer y el gozo se paga con la descalificación y el oprobio. Sobre todo para quien como yo se enfrentó valientemente con quienes hipócritamente prescribían el sacrificio ajeno mientras practicaban el desenfreno propio

Ent.:    Hipócritas, ya veo. ¿También tuvieron ustedes de esos?

Epi.:    A paletadas.

Ent.:    Luego no es tan sencillo, lo del placer.

Epi.:    Qué va. Yo hablé de tres clases de placeres: los no naturales (que producen mayores dolores y cuya causa son las vanas opiniones); los naturales no necesarios (cuya causa reside en la propia naturaleza de los seres vivos); y los naturales necesarios, de una urgencia inmediata ligada a la conservación del propio individuo. De la definición de placer como algo enteramente individual y limitado temporalmente al presente se sigue que todo placer es en sí un bien, sin importar de donde proceda, y lo bueno y lo malo remiten siempre al placer. No obstante, también distinguí la existencia de placeres en movimiento (cinéticos) y en reposo (catastemáticos), de modo que el placer supremo no sería una agitación de la sensibilidad, sino el catastemático, que se opone al sentir dolor. Ya ve que dije un chorro de cosas sobre el placer, pero la gente, ya sabe, se queda con la caricatura de uno.

Ent.:    Muy interesante. ¿Qué me dice de su obra?

Epi.:    Buff, apenas ha quedado nada, tres cartas y unos cuantos míseros fragmentos, más las historietas de Diógenes Laercio, que bueno, ya sabe usted, era más ameno que riguroso. ¡Y eso que fui un autor de lo más prolífico! Una lástima. A mí me da que a las sucesivas ortodoxias (cristiana, musulmana) no debía de hacerles mucha gracia una filosofía esencialmente materialista y una moral hedonista. Los censores se lo debieron pasar pipa quemando mis libros.

Ent.:    ¡Ajá! ¡Es que ustedes eran unos crápulas!

Epi.:    ¡En absoluto! Unos crían la fama, y otros cardan la lana. En nuestro caso, los que la cardaron fueron los cirenaicos, Aristipo y sus muchachos. Si quería usted una buena juerga en los siglos V y IV a.C., era con ellos con quien debía andar, y no en el Jardín, donde se iba usted a aburrir más que una marmota. En realidad, mi filosofía es una de las más tergiversadas de la historia. Quizás fuese un adelantado a mi tiempo, como suele decirse. El caso es que en nuestros encuentros había pan para quitarse el hambre y agua para quitarse la sed, y en los días de fiesta, un poco de aceite, vino o queso. Y pare usted de contar.

Ent.:    ¿Cuáles eran entonces sus prioridades?

Epi.:    Yo, lo que siempre puse por encima de todo, fue a los amigos. Estaba bastante harto de tanta política (y tan desastrosa), así es que, junto a ellos, me refugié en el afecto. En eso soy más oriental que occidental, como le he sugerido. Desde ahí pretendí buscar la suficiencia, la paz interior, la autarkeia, la libertad. Y la verdad, creo que lo conseguí.

Ent.:    ¿Fue usted un descreído de la sociedad?

Epi.:    Pues un poco, para qué engañarnos. Pero no le negué su dimensión social al hombre. Lo que dije fue que los pactos sociales no son innatos ni previos a la experiencia humana; que la justicia es convencional y relativa social e históricamente.

Ent.:    Pues vaya, en eso también estuvo usted adelantado a su tiempo.

Epi.:    Se lo he dicho, por eso me he llevado tantos palos.

Ent.:    ¿Y a qué conclusiones llegó a partir de ahí?

Epi.:    A varias, e importantes. La primera es que el hombre no es social por naturaleza, sino porque le conviene. Por lo tanto, la pólis es una realidad artificial y relativa. El sabio, consciente de ello, no desea intervenir en política, pues con ello pondría en juego su ataraxia y se expondría a un dolor y una turbación innecesarios. También me di cuenta de que las teorías de mis antecesores estaban llenas de restos mitológicos y nostalgias de tiempos dorados, cuando no de nacionalismos anacrónicos. Para mí no hay más que cuerpos que gozan o sufren. Pero bueno: yo, frente a ellos, tuve el dudoso honor de ver todo el tinglado caerse a cachos, ¿entiende?

Ent.:    Sí, me hago una idea. Por cierto, ¿de qué se murió usted?

Epi.:    De una piedra en el riñón. No se lo recomiendo, duele muchísimo. Y duele más cuando sabes que no ha sido de un atracón de marisco, puesto que has llevado una vida de lo más frugal.

Ent.:    Pues vaya faena.

Epi.:    A mí lo va usted a contar.

Ent.:    Bueno, como sabe, y si no lo sabe se lo digo, nos gusta terminar estas entrevistas preguntando al interfecto qué le parece el estado de su obra a día de hoy, y a quien recomienda leer para ser mejor entendido.

Epi.:    Pues estoy disgustado, no le voy a andar con paños calientes. Creo que mis ideas eran buenas, y merecían más espacio en los anaqueles y en las academias de ustedes en este siglo XXI. ¡No hacen más que atiborrar a la chavalería con Platón y Aristóteles! No me extraña que se les atragante, los pobres. En fin: diga usted que es una pizca de orgullo, pero me ha quedado un resquemor. En cuanto a los autores que mejor me tratan últimamente, pues yo le diría Farrington (La rebelión de Epicuro), Festugière (Epicuro y sus dioses), un autor portugués no tan conocido, Miguel Spinelli (Los caminos de Epicuro), o Emilio Lledó (El epicureísmo). Ya en plan clásico sobre clásico tienen al bueno de Carlos Marx (Diferencia de la filosofía de la naturaleza de Demócrito y Epicuro). Por ejemplo.

Ent.:    Muchas gracias, don Epicuro, han sido un placer.

Epi.:    El placer ha sido mío. Catastemático, recuerde.

david-cerda-y-daniel David Cerdá, Sevilla, 16 de octubre de 2014

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