¿Por qué no lo hablamos?

hch-14-prioritaires HCH 14 / Enero 2017

¿Por qué no lo hablamos?, por Manuel Fraijó Nieto

El diálogo ha costado críticas a los que lo han practicado, pero es la forma de avanzar. Nos enriquece, ilumina y nos hace más humildes. Ha sido el motor de lo mejor de la historia de Europa y de la Transición.

En una genial viñeta de El Roto, publicada por El País el 13 de mayo de 2014, un toro ensangrentado, a punto ya de desplomarse, mira fijamente al torero y le dice: “Maestro ¿por qué no lo hablamos?”. Nada impide, creo, leer esta viñeta en clave de una gráfica invitación al diálogo, es decir, a solucionar nuestros conflictos a través de la palabra, de la argumentación, de las buenas razones. Alguien ha dicho que la razón se ocupa de que “no nos timen”. Prescindir de ella es el camino más corto hacia el fracaso, hacia el timo. La palabra, el Logos, nos es común, es un bien compartido. La lengua nos une solo a los nuestros, pero el lenguaje nos emparenta, nos hermana con todos los seres racionales. Se trata, además, como quería M. Zambrano, de “una razón con entrañas”, una “razón que no humilla a la vida”, que conduce directamente a “la piedad”. El diálogo entre nuestro toro y su matador llega tarde: una de las partes está ya vencida, derrotada. Ya no hay espacio para la piedad, para el entendimiento, ni, por supuesto, para la simetría. De bien poco vale el diálogo cuando solo llega como epílogo de “la furia de la destrucción” (Hegel). Es muy probable, por ejemplo, que esta sea la opinión del pueblo sirio y de otros muchos que están corriendo su misma suerte.

El diálogo ha conocido con frecuencia encendidos elogios. Algunos nos son bien cercanos: “creo firmemente en el diálogo y la amistad”, proclamó Adolfo Suárez en una de sus últimas entrevistas; y Nelson Mandela recuerda con tristeza: “mi gente me acusaba de cobarde por tender la mano”. Mandela fue consecuente hasta el final: en su investidura como presidente de Sudáfrica sentó entre los invitados de honor a quien durante casi veinte años había sido su carcelero blanco. También el Papa Francisco admira al beato Fabro, compañero de San Ignacio y primer sacerdote de la Compañía de Jesús, “por su diálogo con todos, incluso con los más lejanos”. Y resulta difícil visitar la incomparable ciudad de Toledo sin recordar, con lejana melancolía, que allí convivieron y dialogaron tres religiones, tres culturas, tres formas de vivir y morir. Su Escuela de Traductores asombró al mundo por su denodado esfuerzo de crear entendimiento y diálogo.

Conscientes de que “pocas veces la idea de un hombre coincide con la de los otros” (J. Locke), nos hemos visto obligados a confrontar nuestros pareceres. De ese diálogo siempre se sale más enriquecido, más ilustrado, más humilde. Es aquello de A. Machado: “¿Tu verdad? No, la verdad y ven conmigo a buscarla”. La historia de la filosofía sabe algo de todo esto. En sus comienzos conocidos se alza la figura de Platón confiando al género “diálogo” la expresión de sus más elevados pensamientos. “El pensamiento -escribió- es un diálogo del alma consigo misma”. Sin diálogo interior, sin profundidad personal, tampoco es posible el diálogo con los demás. San Agustín lo sabía cuando insistía en que la verdad está dentro, en “el interior de la persona”. De especial trascendencia histórica continúa siendo el canto de Aristóteles a la amistad, que nace del diálogo: “Cuando los seres humanos son amigos, ninguna necesidad hay de justicia; pero, incluso siendo justos, necesitan de la amistad, y parece que los justos son los más capaces de amistad”. La verdad es que, cuando se echa un vistazo a los elogios con los que han sido obsequiados el diálogo y la amistad, uno contempla con perplejidad, casi con incredulidad, la triste historia de los desacuerdos humanos y de su plasmación en destrucción y violencia. Hegel se sintió obligado a comparar la historia humana con un “matadero”. Enseguida nos vienen a la memoria las guerras, las de religión y las otras, las santas y las profanas. Alguien ha dicho, no sin razón, que el diálogo es “un milagro”.

Pero, naturalmente, el diálogo y la amistad también han tenido días buenos. H. Küng recuerda, por ejemplo, que la Europa actual habría sido casi impensable sin el diálogo, sin el abrazo entre Adenauer y De Gaulle; abrazo que quedó solemnemente sellado en la catedral de Reims. Fue la forma de escenificar el perdón entre Alemania y Francia. Con cierta frecuencia, el último acto del diálogo tendrá que ser el perdón de los mutuos agravios. Sin aquel perdón, pocos se atreverían a aventurar qué aspecto ofrecería hoy Europa. Por suerte, dos grandes políticos, dos hombres de Estado, con generosidad y altura de miras, supieron perdonarse su pasado y mirar hacia el futuro.

De similar trascendencia fue la posterior reconciliación entre alemanes, rusos, polacos y checos. Los pactos entre ellos se sellaron cuando un gran canciller alemán, Willy Brandt, hombre no ajeno al diálogo interior, cayó de rodillas en Varsovia ante el monumento a las víctimas del nazismo. Aquella tarde, Alemania se dividió entre partidarios y detractores de aquel gesto histórico. Para no pocos alemanes la contemplación de su canciller arrodillado en Polonia era más de lo que su orgullo de gran nación les permitía soportar; otros, en cambio, comprendieron que aquel día había estallado el inicio de la paz, que empezaba un tiempo nuevo. Poco después, Willy Brandt recibía, con toda justicia, el premio Nobel de la paz. De nuevo: su gesto visionario marcó el futuro de Europa.

Y, más cerca de nosotros, la memoria nos retrotrae a los no tan lejanos días de nuestra transición política. También aquellas fechas fueron testigo de agotadoras sentadas, de palabras de honor, de apretones de manos, de palmadas en la espalda, de diálogos y mutuas concesiones que hicieron posible nuestro presente. Casi sin querer viene a la memoria la figura del filósofo W. Benjamin que, en repetidas ocasiones, instó a acudir al diálogo “como técnica de acuerdo civil”. Solo lo que él llamaba “la cultura del corazón” hace posibles “medios limpios de acuerdo” que nos encaminen a la solución de los conflictos, los internacionales y los domésticos. Para quebrantar –“interrumpir”, decía él – estériles monólogos autistas personales aconsejaba citar a los demás. Se convirtió en un coleccionista de citas; las citas, pensaba, impiden que solo se escuche al que más grite; la cita es recuerdo, es activación de la memoria; quien cita hace sitio a los citados, dialoga con ellos y -algo fundamental para lograr acuerdos – introduce titubeos en el pensamiento propio. Nietzsche tachaba de fanáticos a los convencidos sin fisuras.

Europa, ha escrito G. Steiner, es el “lugar de los cafés”. Si alguien deseaba ver a Pessoa, a Freud, o a Unamuno, le bastaba con montar guardia en sus cafés favoritos de Lisboa, Viena o Salamanca. Algunos cafés fueron también el apartado de correos de los desahuciados, de los sin hogar. Y es que los cafés son, sobre todo, lugares para la cita, para el encuentro, para el juego, para la conspiración, para los debates intelectuales –recuérdese el madrileño Café Gijón-, en definitiva, para el diálogo.

 Manuel Fraijó, Madrid, 16 de septiembre de 2016

Publicado en El País el 16 de septiembre de 2016

© MANUEL FRAIJÓ / EDICIONES EL PAÍS, SL 2016

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